Mi Ángel nº 1 CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

Sentía el tiempo encima. Sabía que mi papá estaba por aterrizar en el país después de mes y medio de ausencia y cada segundo que pasaba era una cuenta regresiva para que se me acabara la libertad.

Ese tiempo había sido mi tregua; el tiempo en el que pude dedicarme a rondarla, a esperarla en las esquinas.

Lidiando con sus desplantes y con la mirada pesada de su jefe en ese almacén ajeno, pero esa libertad de buscarla a mi antojo se terminaba.

Llamé a Génesis al callejón de al lado, el único sitio donde podíamos estar juntos sin que nadie nos estuviera juzgando. Llevaba una cajita en la mano y apretaba los dedos más de la cuenta por los nervios.

—Quiero darte algo —le dije, más serio de lo normal.

Ella me miró con esa desconfianza que siempre tiene.

—¿Otra sorpresa, Malik? Ya te dije que no me traigas tantas cosas, me haces sentir apenada—me reclamó nerviosa.

—No es cualquier cosa —le respondí de una vez, acercándome hasta que sentí su olor a jazmín—. Es para que hablemos cuando no podamos vernos.

Le entregué la caja. Ella la agarró con las manos temblorosas y, cuando vio el Nokia de pantalla azul, moderno y brillante, abrió los ojos; no se lo podía creer.

—¿Un celular? —susurró casi sin voz—. Malik, esto es una locura. En mi barrio, si salgo con esto, mi mamá va a pensar lo peor. ¿Qué le voy a decir? ¿Por qué te arriesgas así?

—Dile que te lo ganaste en una rifa del almacén o inventa cualquier cosa, pero quédate con él. No me importa la mentira, Génesis —le dije, pegándome más a ella—. Lo que me importa es no perderte ahora que mi papá está por llegar.

Ella se puso pálida. Ya conocía de sobra el peso de mi apellido.

—¿Tu papá ya viene? —preguntó, apretando el teléfono contra el pecho—. ¿Entonces esto se acaba hoy?

—¿Tú quieres que esto se apague cuando suenen las doce? —le pregunté bajito—. ¿Quieres que volvamos a ser dos extraños que se miran de lejos como estas últimas semanas?

—No —murmuró, y me desarmó con esa sinceridad—. No quiero que me dejes.

—Entonces no hay nada más que hablar —le dije, cerrándole los dedos sobre el celular—. Acéptalo. Es mi promesa de que vas a seguir conmigo.

Ella bajó la mirada y tocó el plástico frío del teléfono como si fuera algo prohibido.

—No creo que pueda olvidarte… aunque quisiera. Me dejaste marcada, Malik.

Esa frase me dolió en el pecho. No supe si era algo bueno o una despedida por lo que venía.

Le acaricié la cara con el pulgar y la obligué a que me mirara fijo.

No podía contarle lo de Damián; no quería ensuciarla con el rastro de la pelea que tuve para protegerla.

Ese era un secreto que me iba a llevar a la tumba, una de las tantas sombras que ella no tenía por qué ver.

—Entonces deja que esa marca sea lo único que nos mantenga unidos cuando las cosas se pongan difíciles —le susurré, y le di un beso con ganas—.

Úsalo. Llámame a medianoche, cuando todo el mundo esté haciendo ruido por el año nuevo.

Llámame cuando me necesites, pero por favor, no te vayas de mi vida.

Ella se quedó mirando el teléfono en silencio. En ese rincón entendí que nuestro destino ya estaba echado. El año nuevo traería al hombre que venía a mandarme, pero ahora tenía un hilo de plata invisible que me mantenía amarrado a ella, sin importar cuánto intentaran separarnos.