CAPÍTULO 26
Habían pasado dos días desde que estuvimos en el claro.
Génesis ahora era mi novia, un secreto que guardábamos para que nadie en los almacenes se enterara.
Pero yo seguía muy rabioso por lo que Damián le había hecho.
No podía dejar que ese infeliz caminara por las calles pensando que tocar a mi mujer no tenía consecuencias. Pero ella no podía ver esa parte de mí.
Esperé a que fuera jueves por la noche. Sabía que Damián solía ir a un estadero a las afueras, un sitio rústico junto al río donde la gente iba a beber cerveza bajo el ruido de unos ventiladores viejos.
Llegué en la moto y la estacioné lejos, donde no hubiera luz.
Me quedé escondido vigilando. Lo vi salir borracho, riéndose con sus compañeros.
Se despidió de ellos y fue a buscar su bicicleta, que estaba encadenada en la parte de atrás, cerca de un camino oscuro.
Era el momento. Antes de que se montara, salí de la oscuridad. Damián se quedó quieto al verme; sus ojos se abrieron desorbitados y retrocedió un paso, chocando con el metal de la bicicleta.
—Malik… ¿qué haces aquí? —tartamudeó, intentando forzar una sonrisa nerviosa que se le borró al ver mi cara—. Oye, si es por lo del otro día, yo...
No lo dejé terminar. Lo agarré del cuello con una mano y lo arrastré varios metros hacia la zona más oscura de los árboles. Él pataleaba y trataba de soltar mis dedos de su garganta, pero yo tenía mucha más fuerza. Lo tiré contra un tronco grueso, donde nadie pudiera oírnos.
—¿Te acuerdas de lo que hiciste el sábado? —le pregunté en voz baja. Estaba temblando, pero de la rabia que me quemaba—. ¿Te acuerdas de cómo la apretaste? ¿De cómo intentaste besarla a la fuerza?
—Fue un error, Malik… estábamos discutiendo… ella me provocó… —balbuceó, tratando de recuperar el aliento.
Al oír eso, sentí un estallido de fuego en la sangre. Le apreté el cuello hasta que se puso morado, pegando mi cara a la suya para que sintiera el odio en mis ojos.
—¿Que ella qué? —le solté con un susurro venenoso—. Ella no tiene que cargar con tus porquerías, Damián. Si no eres capaz de controlarte, el problema eres tú, no ella. No vuelvas a usar esa excusa de cobarde para tocarla, porque la próxima vez te arranco la lengua.
Lo solté y le di un golpe seco en las costillas que lo dejó sin aire.
—Escúchame bien, malparido. Génesis ahora es mi novia. Y en mi cultura, faltarle al respeto a la mujer de uno es firmar una sentencia.
Damián se dobló, ahogando un quejido, y cayó de rodillas.
—¡Espera! ¡No me pegues más! —suplicó con la voz rota, levantando una mano para cubrirse la cara.
No le di tiempo. Antes de que pudiera protegerse, le solté un derechazo directo en la mandíbula.
El sonido del impacto me recorrió el brazo y sentí cómo su cabeza salía volando hacia un lado.
Escupió un hilo de sangre espesa que manchó el polvo.
Lo agarré del pelo con odio, tirando de su cabeza hacia atrás para obligarlo a mirarme.
—Mírame bien, infeliz —le solté, mientras le estrellaba el puño otra vez, ahora en medio de la cara, sintiendo cómo el cartílago de su nariz cedía.
—¡Ya para, Malik! ¡Me vas a matar! —gritó entre sollozos, con la sangre bañándole la boca y las manos.
—Si te vuelves a acercar a ella, si le hablas o si te veo cerca de donde ella camina, te va a ir muy mal —le advertí muy serio—. Te vas del pueblo o te escondes, pero a ella no la vuelves a buscar. ¿Entendiste?
—Sí… sí, lo juro… ¡no la vuelvo a ver, te lo juro! —chilló, temblando por completo.
Lo solté de golpe y, antes de que terminara de caer, le planté la bota pesada sobre la mano que tenía apoyada en la tierra. Presioné con ganas, despacio, disfrutando el sonido de sus dedos crujiendo contra el suelo seco. Damián soltó un alarido de puro dolor que se cortó cuando me incliné sobre él.
—Cada vez que pienses en escribirle o se te ocurra ponerle una mano encima, vas a sentir este crujido —le dije con los dientes apretados—. La próxima vez, me aseguro de que no te queden dedos para tocar nada.
—¡Agh! ¡Por favor, suéltame! —gimió, retorciéndose en el suelo.
Lo solté con asco. Saqué mi pañuelo, me limpié la sangre de él que me había salpicado los nudillos y se lo tiré en la cara mientras él seguía lloriqueando en el suelo.
Caminé de regreso a la moto; ya había hecho lo que quería.
Antes de ir a verla, me lavé bien en el lavamanos de un estacionamiento y revisé que mi ropa estuviera bien.
Poco después, llegué al restaurante detrás de la iglesia. Génesis ya estaba ahí, viéndose chiquita y hermosa. Al verme, corrió hacia mí y me abrazó con fuerza.
—¿Dónde estabas, Malik? Te noto... diferente. Como más tranquilo.
—Solo dando una vuelta para despejarme —le respondí, besándole la frente con una ternura que solo ella conocía—. Quería asegurarme de que nada empañara lo nuestro.
Ella cerró los ojos, entregándose a mi abrazo.
No sabía que el precio de su tranquilidad habían sido los gritos de alguien que, hace media hora, estaba suplicando por su vida.
Mientras la rodeaba, noté una mancha oscura en mi manga.
Sangre de Damián. Me desabroché el gemelo rápido y me arremangué el puño de la camisa para esconder la evidencia.
—Estás temblando un poco, Malik —murmuró ella.
—Es el frío del lugar, mi vida —mentí, sintiendo cómo el calor de su cuerpo me envolvía.
La besé, y por un momento el mundo volvió a ser sencillo.
Ella era mi única verdad reclamada con sangre, lo único que me importaba defender, aunque tuviera que ensuciarme las manos para lograrlo.
Mientras la gente hablaba bajito y olía a comida, entendí que no me arrepentía de nada.
Aquella mancha en mi camisa no era nada comparado con verla sonreír otra vez.