Mi Ángel nº 1 CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

Los almacenes estaban bajando sus persianas metálicas al mediodía. Yo ayudaba a mi tío a asegurar las vitrinas de los relojes cuando el teléfono fijo del local sonó. No era común que llamaran a esa hora. Atendí con desgano.

—¿Diga? —solté, con la voz ronca.

Hubo un silencio del otro lado, solo se oía una respiración agitada y el ruido de fondo de una cabina pública.

—Malik… —Su voz me cayó de golpe. Estaba quebrada, chiquitica—. Tenías razón. Todo lo que me dijiste… tenías razón.

Sentí que el mundo se detenía. Mi tío me miró con curiosidad, pero le di la espalda para que no me viera la cara.

—¿Génesis? ¿Qué pasó? ¿Dónde estás? —pregunté, apretando el auricular con fuerza.

—En la esquina de la plaza principal… Damián… él anoche… intentó… —No pudo terminar la frase. El sollozo que soltó me incendió la sangre de una vez.

—No te muevas de ahí. Llego en dos minutos.

Colgué sin darle explicaciones a mi tío. Salí a la calle, encendí la moto y arranqué con todo el enfado del mundo. Damián finalmente había mostrado lo cobarde que era.

La encontré junto a la cabina de Telecom, abrazada a su bolso, viéndose más frágil que nunca bajo ese sol de las dos de la tarde. No le pedí explicaciones ahí; el parque estaba lleno de gente y las paredes en este pueblo tienen oídos. La ayudé a subir a la moto.

En un momento ya la tenía sentada detrás de mí.

Sus manos apenas me tocaban la cintura, como si tuviera miedo de que alguien nos viera.

Metí los cambios y arranqué duro. El viento nos tragó y dejamos atrás los murmullos del centro.

La llevé hacia un camino que se pierde entre los árboles, un sendero oculto que yo conocía y que nunca le había mostrado a nadie.

Cuando llegamos a un claro tapado por la maleza, detuve la moto. El silencio nos envolvió. Ella se bajó despacio, soltándose el pelo que el viento le había enredado.

—¿Dónde estamos? —preguntó, mirando para todos lados con susto.

—Lejos de todo —respondí, mirándola fijo—. Aquí no hay ojos, ni gente metiéndose donde no la llaman. Solo tú y yo. Cuéntame, Génesis. Mírame y cuéntame qué pasó.

Ella se cruzó de brazos como para protegerse del recuerdo.

—Él me invitó a comer anoche… dijo que quería pedirme perdón por lo de las fotos.

Pero en el camino empezó a decirme que yo le debía una oportunidad, que tú solo me ibas a usar y que él era el único que me iba a "dar mi lugar".

Cuando le dije que no, que solo lo veía como amigo, se puso como un loco.

Me agarró… me apretó tanto que creí que me rompería el brazo.

Intentó besarme a la fuerza, Malik. Me dijo cosas horribles…

que yo solo era una empleadita y que debía estar agradecida de que él se fijara en mí.

Sentí un odio puro, de esos que dan ganas de ir a buscar al tipo y acabarlo, pero me aguanté por ella.

—Ese no es nadie, nena. Solo es un tipo que no vale nada tratando de sentirse importante porque tú no lo quieres —le dije, acercándome un paso.

—Me asustas un poco… —admitió ella, bajando la cabeza.

—¿Por qué? —le pregunté.

— Es que a veces no sé qué esperar de ti—dijo rápido, pero luego dudó.

Me reí bajito, aunque no tenía ganas.

—Eso es bueno. Quiere decir que no soy como el resto. Y dime, ¿acaso quieres a otro igual a todos? ¿Alguien que te diga mentiras bonitas pero que te trate como si fueras de su propiedad?

Ella negó con la cabeza de una vez.

—No… no quiero eso.

Me acerqué tanto que podía sentir su respiración.

—Entonces no me tengas miedo por eso. Damián te ve como una empleada porque él es un imbécil. Tú eres mucho más que esta ciudad.

Génesis cerró los ojos un segundo, peleando con ella misma.

Y cuando los abrió, supe que ya se había rendido.

La tomé por la cintura y la senté de lado sobre el asiento de la moto, para tenerla frente a frente.

La escuché hablar de su familia, de lo sola que se sentía en esa casa donde siempre se sentía ignorada, de cómo no confiaba en nadie porque de alguna forma le fallaban.

Yo solo asentía, pero en cada palabra me daban ganas de tenerla más cerca.

—¿Y en mí confías? —le solté de pronto.

Se quedó helada, como si le hubiera dado un golpe.

—No lo sé… —dijo en voz baja—. Quiero hacerlo, pero me da miedo que seas como dicen. Que yo sea solo una más para ti, como Valeria.

Me incliné y le rocé la cara con la mano.

—El miedo es necesario, Génesis. Eso demuestra que lo que sientes importa. —La miré a los ojos sin parpadear—. Confía en mí, aunque sea solo por este ratico. Olvida el almacén, a tu familia, a mi tío y a la loca de Valeria. Solo somos tú y yo.

Todo se quedó quieto en ese claro. Génesis miraba sus manos, nerviosa con el dobladillo de su blusa. El sol de la tarde le daba un poco en la cara y se veía más bonita que nunca.

—Malik... —empezó ella, con la voz que casi ni se oía—. Me duele. Me duele acordarme de esas fotos.

Sentí una presión en el pecho. Sabía que ese reclamo venía tarde o temprano.

—Dime —le respondí, tratando de no sonar desesperado mientras le agarraba la mano—. Pregúntame lo que quieras. No te voy a mentir está vez.

Ella levantó la vista con los ojos aguados.

—¿Qué tienes con ella? ¿Qué es Valeria para ti? ¿Por qué ella pudo tocarte y estar así contigo... mientras que a mí me tratas como si tocarme estuviera prohibido?

Suspiré pesado. Me aparté un poquito para pensar bien qué decir sin que sonara a la excusa de siempre.

—Valeria es... una equivocación. Alguien para pasar el rato y ya—le dije buscándole los ojos—.

Escúchame, Génesis: cuando empecé a hablar contigo, no supe cómo reaccionar.

Nunca me había pasado que alguien me importara tanto, que me sacara de mi sitio de siempre.

Me desarmaste por completo, y como fui un estúpido que no supo manejar eso, la cagué.

Ella no me quitó la mirada de encima.

—Lo de Valeria fue una estupidez, y ya. Algo que hice porque no sabía qué hacer con lo que me estaba pasando contigo.

Me dio miedo que alguien como tú se metiera tanto en mi vida, así que busqué lo que ya conocía para no sentirme tan perdido.

Con ella no hubo nada, solo fue la costumbre de estar con alguien que no me importa.

Te juro que ella no me mueve nada, en cambio tú me tienes que no sé ni quién soy.

Génesis bajó la cabeza y el pelo le tapó la cara. El silencio duró una eternidad. Pero después, despacio, buscó mi mano otra vez.

—Me dolió —susurró—. Me dolió porque me hiciste creer que yo no era suficiente para ti, mientras por otro lado te ibas con ella. Sentí que me usabas para sentirte bien.

—Tienes razón —admití, sintiendo una culpa que nunca había sentido con nadie—. Fui un idiota y un cobarde. Pero te aseguro que desde esa noche no ha habido nadie más. Ni la habrá. No quiero a Valeria, ni nada que me distraiga. Solo no quiero perderte a ti.

Ella me miró fijo. Se veía un poquito de esperanza en su cara. Se acercó más, rompiendo la distancia que quedaba.

—No quiero ser un juego más, Malik —dijo con la voz temblorosa—. No aguanto que me rompas el corazón.

La atraje hacia mí y la rodeé con mis brazos, sintiendo cómo por fin se apoyaba en mi pecho.

—Nunca vas a ser un juego para mí, mi amor —le prometí, y en ese momento no me importaba nadie más en el mundo—. Eres lo único que he decidido cuidar de verdad. Sin trampas.

Ella soltó un suspiro largo, como si se estuviera quitando una carga del pecho, y recostó la cabeza en mi hombro. En ese claro, mientras el sol se iba ocultando, por fin todo se calmó.

◈ ◈ ◈

En el claro no se movía ni una hoja; era como si el tiempo se hubiera detenido de golpe. Ella suspiró profundo, cerró los ojos y, sin alejarse ni un centímetro de donde estaba sentada en la moto, dejó que yo hiciera lo que me moría por hacer desde que la conocí: besarla.

Fue lento al principio, como si los dos tuviéramos miedo de romper el momento.

Pero apenas sus labios me respondieron, se me olvidó todo.

El beso cambió de golpe; ya no era solo ternura, eran unas ganas que yo ya no podía controlar.

Era como si por fin estuviéramos en el mismo lugar, sin que nada más importara.

Cuando nos separamos, ella estaba sin aire.

—Esto no está bien… —murmuró, aunque no se quitó.

—Claro que está bien —le dije de una vez—. ¿Acaso habías sentido algo así con alguien más?

Ella me miró, dudando.

—No… —susurró al final.

—Entonces no me lo niegues. —Le acaricié la cara, hablándole bajito, pero con toda la seguridad del mundo—. No me olvides. No después de esto.

Ella bajó la mirada y asintió. En ese silencio, supe que ya no había vuelta atrás. Solo se oía el ruidito de las hojas secas debajo de mis pies y el golpe de mi corazón que me martillaba el pecho.

Ella seguía sentada en la moto, con las manos apretadas en su regazo. La miré y me acerqué otra vez. Sabía que el siguiente paso iba a cambiarlo todo.

—Mírame… —le pedí.

Levantó la cara despacio. No lo pensé dos veces: la agarré del rostro y volví a besarla, pero esta vez con más ganas, sin pedir permiso.

Ella soltó un sonido casi imperceptible, pero que me sacudió entero.

Se agarró de mis brazos con fuerza, apretándome, como si necesitara sostenerse de algo para no perder el equilibrio ahí mismo en esa moto.

—No sabes lo que me haces sentir… —le dije contra los labios.

—No deberíamos… —susurró ella, temblando, pero no hacía nada por soltarse.

—Dímelo otra vez, pero mirándome a los ojos —le exigí, rozándole la boca.

No dijo nada. En vez de hablar, me dio otro beso, más profundo, como queriendo borrar su propio miedo. Mi mano bajó por su cuello hasta su cintura. Sentí cómo se estremeció entera, y eso solo me dio ganas de pegarla más a mí.

—Eres mía aquí… —le susurré al oído mientras la recostaba un poco sobre el asiento—. Nadie más va a tener esto.

—No me digas esas cosas… —me respondió con la respiración agitada.

—¿Por qué no? Si es la verdad. Si lo sientes igual que yo.

Ella cerró los ojos, pero me buscó la boca otra vez, como si se le estuviera acabando el tiempo.

Mis manos ya no se quedaban quietas; bajaron por sus brazos apretándola, queriendo sentirla toda a través de la ropa.

Cuando ella arqueó la espalda, sentí que me faltaba el aire.

Fue como si me soltara una cuerda, y ya no pude frenar nada de lo que estaba sintiendo.

—No sabes cuánto esperé esto… —le confesé besándole el cuello, ahí donde el pulso le iba a mil—. Desde la primera vez que te vi, supe que este momento iba a llegar. GIMENA

Ella soltó el aire de golpe, soltando toda la tensión. Me agarró del pelo para empujarme más cerca, obligándome a hundir la boca en su piel con una sed que no se me quitaba con nada.

—Me da miedo… —volvió a murmurar, y sentí cómo vibraba contra mí.

—No pienses… solo dame esto —le dije, apretándola un poco más, dejando que mi necesidad hablara por mí.

La seguía besando, hasta que nos faltó el aire. Mis manos descendieron por su espalda, ya no con cuidado, sino con una necesidad que me estaba volviendo loco. Ella temblaba, pero, en lugar de apartarse, se pegó a un más.

—No puedo parar… —murmuré con la voz ronca—. No me pidas que lo haga.

Ella me miró con la boca entreabierta y esa mirada que no sabía si me estaba pidiendo que siguiera o que me detuviera de una vez. Se veía confundida, pero no se alejaba.

—Es que… no sé si estoy lista —dijo al fin, con un hilo de voz.

Me detuve un segundo. Solo un segundo, pero bastó para que ella tomara aire y apartara la cara. Me puso la mano en el pecho, firme, marcando distancia.

—Por favor… —susurró, y esa súplica me dolió.

Yo quería seguir; lo sentía en la tensión de cada músculo, me estaba quemando por dentro.

Pero la forma en que me miraba, con ese miedo peleándose con las ganas, me frenó en seco.

Me di cuenta de que ella estaba en mis manos, y que, si daba un paso en falso, si la forzaba, aunque fuera un poquito, la perdía para siempre.

Tragué saliva, tratando de recuperar el aire.

—Está bien, ya —dije, cerrando los ojos para contenerme—. No pasa nada.

Ella bajó la mirada, sintiéndose culpable por haberme parado, y me tocó la cara con los dedos temblorosos.

—No es que no quiera… —confesó casi sin voz—. Es que… me da miedo.

Sonreí con amargura, atrapándole la mano contra mi mejilla.

—Puedo esperar. No importa cuánto, pero voy a esperar. —Me incliné y le di un beso suave, apenas rozándola—. No hay afán.

Ella cerró los ojos y suspiró, como si le hubiera devuelto la vida. Se recostó en mi pecho y yo la abracé sin pedirle nada más. El deseo seguía ahí, vibrando, pero lo guardé bajo llave. Entendí que, si quería tenerla de verdad, tenía que aprender a no perderla por mis propias ansias.

Nos quedamos ahí, sintiendo cómo su corazón latía contra mis costillas. Era un ritmo rápido que me recordaba que ella todavía era un misterio para mí.

—Malik... —susurró contra mi camiseta—. Gracias.

—No tienes nada que agradecer —le dije, mirándola bajo la luz del atardecer—. Solo te estoy haciendo caso.

Ella levantó la mirada y soltó un suspiro. Se acomodó el pelo rápido, dándose cuenta de que la burbuja se estaba rompiendo y que allá afuera nos esperaba el desastre de siempre: los contratos, las sospechas de mi tío y el estúpido de Damián.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó, sin quitar la vista del camino de tierra—. No podemos entrar al pueblo y pretender que esto no pasó. Si alguien se entera... nos van a acabar, Malik. Tú familia, todo el mundo. Esto no va a terminar bien.

Le acaricié el brazo, sintiendo su piel suave.

—Nada va a ser como antes, te lo aseguro —le dije, obligándola a que me mirara—.

Si necesitas que vayamos despacio, lo hacemos.

Si te da miedo, dímelo y vemos cómo lo resolvemos.

Pero escucha, Génesis: esto es de los dos y de nadie más.

Me importa una mierda lo que piensen los demás; yo me voy a encargar de que nadie se meta entre nosotros.

Ella miró sus manos, pensativa.

—Hablas como si pudieras controlarlo todo —dijo con una sonrisita triste—. Pero los dos sabemos que no es así.

—Ya veré cómo hago —respondí, dándole un último beso de promesa—. Por ti, voy a encontrar la forma.

La ayudé acomodarse en la moto. Esta vez, cuando me abrazó la cintura, no hubo dudas; se pegó a mi espalda con una fuerza que me sacudió entero.

Encendí el motor y, mientras volvíamos, el ruido del viento nos ahorró las palabras.

Sabía que al llegar a la ciudad nos íbamos a estrellar contra la realidad y todos los problemas que me estaban esperando, pero sintiendo su respiración contra mi nuca, me juré que me importaba un carajo el resto.

Por primera vez, tenía claro por quién estaba dispuesto a quemarlo todo.