Mi Ángel nº 1 CAPITULO 24
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CAPITULO 24

No me iba a quedar con esa espina clavada.

Valeria creía que me había ganado porque logró que Génesis me mirara con desprecio, pero no sabía que a un tipo como yo no se le juega sucio y se sale invicto.

Me pasé toda la semana tragando veneno, planeando cómo borrarle esa sonrisita de reina de discoteca.

No tenía ni idea de con quién se había metido.

—Kamil, necesito un favor —le dije, bajando la voz—. La Valeria anda suelta. Necesito que le hagas creer que el premio mayor está esperándola en el Hostal El Oasis.

Él soltó una carcajada, expulsando el humo hacia el cielo con lentitud.

—¿La nena de los rizos? Esa está loquita por ti, Malik. ¿Qué vas a hacer?

—Dile que ya me cansé de las indirectas. Dile que el jueves, a las siete, la espero en la habitación 12. Dile que por fin me decidí que quiero estar solo con ella. Métele el cuento de que le voy a dar la vida que siempre ha querido.

Kamil me miró, dudoso un segundo, pero luego sonrió, esa sonrisa cínica que nos une.

—El Oasis es un hueco, Malik. Ella va a ir de cabeza. Es una trampa obvia.

—Exacto. Y por eso mismo va a caer. Porque se cree el centro del universo.

El jueves llegó lento, con un calor sofocante. Kamil me confirmó el plan a mediodía: ella había picado el anzuelo como una principiante. Estaba emocionada, hasta le pidió permiso a su jefe para salir una hora antes. Pobrecita, no sabía que esa hora extra era el comienzo de su fin.

A las cinco y media ya estaba yo en El Oasis.

El sitio olía a desinfectante barato y a humedad, el olor perfecto para lo que venía.

Me escondí en el baño de la habitación 12, dejando la puerta abierta apenas unos milímetros.

Tenía el corazón golpeándome las costillas como un condenado y las manos me sudaban tanto que casi se me resbala la cámara.

¿Y si ella gritaba al descubrir el engaño?

¿Y si Kamil se pasaba de listo y se propasaba antes de tiempo?

Un sudor frío me bajó por la espalda; por un segundo, la idea de que todo este plan terminara en un desastre total me dejó sin aire.

Tenía en la mano mi cámara, una Sony Cyber-shot.

El escenario estaba listo; mi papel era esperar a que ella bajara todas sus defensas.

A las siete en punto, escuché los tacones en el pasillo.

La puerta de la habitación se abrió y luego se cerró con un chasquido seco al pasar el seguro.

Contuve la respiración. A través de la pequeña rendija, vi cómo el rostro de Valeria se transformaba de la expectativa a la furia pura cuando se encontró con él, y no conmigo.

—¿Qué haces tú aquí? —espetó ella, sin ni siquiera mirarlo, con la rabia brillando en sus ojos. Sus uñas se clavaban en sus propias palmas—. ¡Dime dónde está Malik! No soy una estúpida, Kamil, no me hagas perder el tiempo. Si me traes para jugar a juegos de niños, sácame de una vez de este lugar.

Me mantuve inmóvil. Kamil no perdió el tiempo. Soltó una carcajada lenta, casi musical, y se levantó despacio, con esa calma que solo da la experiencia de quien ya ha jugado este juego muchas veces. Se acercó a ella, invadiendo su espacio personal hasta acorralarla contra el borde de la cama.

—Malik está lejos, Valeria. Está ocupado —respondió él, bajando el tono hasta convertirlo en un susurro grave, ese tono que usa cuando quiere convencer a alguien de una mentira—.

Pero mírame y mírate a ti... obsesionada con alguien que no te determina.

¿De verdad crees que te va a parar bolas siendo la sombra de la gente?

Valeria retrocedió un milímetro, a la defensiva.

—No es asunto tuyo —respondió ella, aunque su voz flaqueó—. Yo sé lo que tengo que hacer. Exijo que me saques de aquí.

—No sabes nada —insistió Kamil, sus manos empezando a explorar los hombros de ella con una lentitud calculada—.

Tú quieres el poder. Quieres el respeto que tiene Malik.

¿Qué diría el pueblo si supiera que ya no eres la mujer que persigue sombras?

Si decides estar conmigo ahora mismo, entras en otro nivel.

Yo no juego a ser el héroe de nadie, yo doy resultados.

Desde ahora en adelante, todo el mundo te va a respetar...

hasta el mismo Malik. No podrá ignorarte cuando vea que tienes el poder que él mismo busca.

El silencio en la habitación se volvió espeso.

Vi a Valeria dudar. El conflicto en su mirada era evidente; el deseo de subir de nivel, de ganar esta absurda guerra contra mí usando mis mismas armas, empezó a nublar su juicio.

Vi cómo su respiración cambiaba, cómo la rabia se transformaba en esa ambición gélida que siempre la ha definido.

—¿Un nivel superior? —susurró ella, desafiante, mirándolo a los ojos—. ¿Estás seguro de que puedes darme eso?

—Mírame y decide.

Ella dejó de luchar. Sus manos, antes cerradas en puños por la tensión, se posaron sobre los hombros de Kamil.

Fue un movimiento lento, casi coreografiado por la necesidad de probarse a sí misma que podía estar por encima de todos.

Kamil comenzó a desabotonar su blusa, cada botón cayendo como una pieza de ajedrez.

Cuando finalmente la dejó totalmente sin ropa, Valeria no lo apartó.

Se quedó ahí, aceptando el trato implícito, seducida por la promesa de estatus.

Él también se despojó de su ropa. Cuando la realidad de la situación debió haberla golpeado, ya no había marcha atrás, y, de hecho, ella no la buscó.

Cuando la penetró, Valeria no se dejó vencer por las circunstancias; ella tomó las riendas.

El ambiente cambió drásticamente. Lo que empezó como una transacción de conveniencia pasó a un ritmo salvaje, uno que buscaba llenar el vacío de todo lo que ella no había conseguido conmigo.

Desde la oscuridad del baño, la vi tomar el control.

Terminó montada sobre Kamil, moviéndose con una urgencia y un hambre que venían de años de querer ser alguien en este puerto.

Sus senos se mecían en un vaivén al ritmo de sus gemidos, una mezcla de placer y desafío.

Estaba ahí, gozando, entregada, creyendo que por fin había escalado a la cima, que había vencido al sistema y que me había superado.

No esperé más. Abrí la puerta de golpe.

El clic de la cámara sonó como un disparo en el cuarto. Valeria se quedó congelada, con las manos todavía sobre los hombros de Kamil. Tenía la cara desencajada, una mezcla de placer y pánico puro al verme ahí, de pie en el umbral.

Bajé la cámara despacio, con una sonrisa que no me llegaba a los ojos.

—Sigue, Valeria —le dije, con la voz seca—. No te detengas. Acabas de probar tu "nuevo nivel", ¿no? Sigue gozándolo. Porque mañana, todo este pueblo va a ver exactamente cuánto vales cuando la luz les dé en la cara.

Kamil soltó una carcajada cínica, confirmándole que todo había sido una trampa desde el primer segundo. Valeria salió del shock y se lanzó contra mí como una loca, intentando quitarme la cámara. La sometí de una, inmovilizándola contra mi cuerpo, y le puse la pantalla justo frente a la cara.

—Mira bien —le siseé—. Mira tú nuevo estándar.

Las imágenes eran clarísimas: su cara de éxtasis y su cuerpo desnudo. Sus ojos se abrieron como platos, pasando del odio al terror más absoluto.

—Escúchame bien —le solté, apretándola más fuerte—.

Mañana mismo, estas fotos van a estar en cada rincón de la zona centro.

El escándalo va a ser fatal para tu familia y conocidos.

Tienes hasta el atardecer del día de mañana para largarte de Puerto Magara.

Si no lo haces, vas a ver tu cara en cada poste y vitrina de cada local comercial.

La vi desplomarse, derrotada. El terror le ganó a la rabia. Fue la victoria más dulce que he probado en mis diecisiete años. La dejé ahí, temblando entre las sábanas sucias del Hostal El Oasis, y salí cerrando la puerta con una calma que me sorprendió hasta a mí.

Kamil salió detrás, riéndose.

—Eso fue de nivel, Malik —me dijo, golpeándome el hombro—. La nena se lo creyó hasta el final. No tuvo ni idea de que todo el cuento del "ascenso social" era solo el anzuelo.

No le respondí. Me subí a la moto y arranqué, sintiendo el viento frío en la cara mientras mi mente trabajaba a mil. Ya no se trataba solo de deshacerme de ella; se trataba de darle el golpe final.

En mi cuarto, conecté la cámara al portátil.

Las fotos se veían increíbles; el flash había capturado todo con una claridad que me dio escalofríos.

Ahí estaba ella: la que se creía superior, la que me retaba en público, reducida a una simple imagen de pocos kilobytes que pronto sería su boleto de salida de este pueblo.

Me quedé mirando la pantalla un buen rato.

No sentía ni un gramo de remordimiento. En este puerto, o aplastas o te aplastan, y Valeria había intentado jugar en una liga que no le correspondía.

Empecé a revisar las imprentas del centro.

Sabía quiénes hacían trabajos rápidos y sin preguntas si el dinero era el correcto.

Amaneció con un cielo plomizo, pero yo me sentía extrañamente ligero.

El mensaje estaba claro y la cuenta regresiva había empezado.

Si seguía pisando el suelo de este pueblo al atardecer, todo el mundo —empezando por sus padres— vería quién era realmente Valeria Duarte cuando el ego tomaba el control.

Me serví un café y miré por la ventana. Ya casi era la hora. El verdadero golpe llegaría cuando ella viera el primer cartel pegado en una vitrina.

◈ ◈ ◈

Me terminé el café de un trago, sintiendo cómo el amargor me despertaba los sentidos.

No era solo cafeína; era la adrenalina de saber que el juego había cambiado de bando.

Agarré la USB donde copié las fotos y salí.

El aire de la mañana en Puerto Magara se sentía distinto, pesado, como si el pueblo supiera que hoy iba a rodar una cabeza.

Llegué a la imprenta del "Gordo" Lucho, un tipo que vivía de imprimir publicidad para discotecas y que nunca hacía preguntas, siempre y cuando el dinero fuera en efectivo.

—Lucho, necesito esto —le dije, deslizando el USB sobre el mostrador metálico.

Él miró el archivo en la pantalla, alzó una ceja con una sonrisa pícara y asintió.

—Tú sabes cómo es esto, Malik. Cuesta el doble por la rapidez.

—Hazlo, pero escucha bien, Lucho —le dije, apoyando las manos en el mostrador y bajando la voz hasta que solo él pudiera oírla—.

No quiero que hagas ni una sola copia extra.

Si me entero de que esto sale de aquí antes de que yo lo diga, o que alguien más ve estas fotos, te juro que le digo a mi tío Ibrahim quién fue el que se prestó para el trabajo.

Y tú sabes que el tío no tiene paciencia para las filtraciones.

Lucho tragó saliva y asintió rápido, dejando de sonreír. Me quedé ahí, parado como una estatua, vigilando cada movimiento. No me despegué del mostrador hasta que las cincuenta hojas estuvieron en mis manos y el archivo del USB fue borrado frente a mis ojos. Solo entonces me sentí seguro.

Salí a la calle sintiendo el peso del sobre debajo del brazo. A los pocos segundos, el celular me vibró en el bolsillo. Saqué el aparato, y leí el mensaje de Kamil: "El pajarito ya está volando. La vi con una maleta camino a la terminal. Parece que el susto funcionó".

Solté una carcajada seca. Tan rápido. Tan patética.

Guardé el teléfono y caminé hacia el callejón detrás de la imprenta.

Saqué el sobre con las cincuenta copias, saqué el encendedor que siempre llevaba en el bolsillo y, sin pensarlo dos veces, les prendí fuego.

Vi cómo las imágenes de Valeria ardían hasta convertirse en cenizas negras que la brisa se llevó en un segundo.

No necesitaba que nadie las viera; solo necesitaba que ella supiera que existían.

Regresé a casa en la noche, después del trabajo en el almacén y me encerré en mi cuarto.

Conecté el USB una última vez, transferí el archivo original a una carpeta oculta, protegida por una contraseña que solo yo conocía, y borré todo rastro del dispositivo.

Me recosté en la cama, mirando al techo con una sonrisa de satisfacción.

Valeria ya no era mi problema. Se había largado, justo como quería. Y se iba con el miedo clavado en los huesos, sabiendo que en cualquier momento podía desenterrar ese archivo si se le ocurría regresar a joder. Ella sabía perfectamente que, en este pueblo, conmigo no se juega.

Ahora, el verdadero trabajo empezaba: tenía que volver a ser el Malik que Génesis merecía. Ya no había sombras, no había Valeria, y estaba a punto de encargarme de que Damián tampoco fuera un obstáculo.

El plan había salido perfecto y, por primera vez en semanas, sentí que tenía el control de todo. Lo había logrado. Valeria ya era historia. Por fin, estaba tranquilo.