CAPÍTULO 23
Pasaron tres días. Tres malditos días en los que el centro de Puerto Magara se sentía lento, donde el aire pesaba más de lo normal y el ruido de los carros era solo un zumbido allá lejos.
Decidí que la mejor forma de demostrarle que no era un capricho era, precisamente, dándole el espacio que mi presencia le robaba.
Me obligué a no buscarla. Mi tío no se había enterado de la pelea en el callejón ni de las fotos; para él, mi repentina seriedad y que estuviera metido de cabeza en el inventario eran señales de que finalmente había sentado cabeza.
—Me alegra ver que has recobrado el juicio, Malik—me dijo esa mañana, mientras revisábamos los nuevos relojes—. Un hombre de nuestra clase sabe cuándo una inversión no vale el riesgo. El honor es como estos mecanismos: si una pieza falla, se bota antes de que arruine todo el reloj.
Solo asentí. Por fuera era el heredero perfecto, el sobrino trabajador que mantenía la espalda recta y la mirada en los libros de cuentas. Por dentro, estaba hecho mierda.
Cada vez que me tocaba salir a acomodar los exhibidores de la fachada o cuando bajábamos las persianas metálicas al cierre, el mundo se reducía a esos pocos metros que nos separaban.
Desde la entrada, fingiendo que revisaba los marcos de la puerta, la veía.
Veía a Génesis llegar temprano, con la cabeza gacha, evitando mirar para acá.
Ya no había esas miradas cómplices de antes.
Pero también veía otra cosa que me hacía apretar los puños hasta que me dolían los nudillos: veía a Damián.
Damián estaba aprovechando cada hueco que las fotos habían dejado.
Aparecía en las tardes, se recostaba en el marco de la puerta de ella y se quedaba ahí, ocupando mi lugar.
Lo veía llevarle café, moviendo las manos como si fuera el gran señor.
Ella lo escuchaba, a veces le sonreía por compromiso, pero desde mi distancia yo notaba algo que Damián, en su arrogancia, no veía: los ojos de Génesis seguían apagados.
El tercer día, al cierre, la presión en mi pecho se volvió insoportable. No iba a buscarla para reclamarle nada, pero necesitaba que supiera que mi ausencia no era porque me hubiera olvidado de ella, sino por el respeto más puro que había sentido en mi vida.
Esperé a que los locales bajaran las rejas.
Damián no llegó esa tarde; al parecer, el trabajo en la mueblería lo tenía ocupado.
La vi salir, caminando rápido como quien quiere escapar de los recuerdos.
Llevaba el bolso de cuero que yo le regalé; verlo colgado de su hombro fue como un bálsamo para mi orgullo herido.
No la intercepté. Salí del almacén y caminé por la acera de enfrente, manteniendo una distancia de unos diez metros, como un guardaespaldas invisible.
Ella se detuvo antes de llegar a la esquina para buscar el transporte.
Lo supo. Sintió que yo estaba ahí, esa conexión que siempre teníamos incluso cuando no nos hablábamos. Se giró despacio.
Me detuve en seco bajo la luz amarilla de un poste. No traté de acercarme. Tenía los hombros relajados y las manos en los bolsillos de mi pantalón. Ya no era el Malik que la acorralaba; era el Malik que esperaba.
—¿Por qué me sigues? —preguntó ella. Su voz cruzó la calle vacía, sonando más cansada que brava, con una decepción que me dolió más que un golpe.
—No te sigo. Te cuido de lejos, porque de cerca te hago daño—respondí, y la sinceridad me raspó la garganta como arena—. Damián te trajo pruebas de quién fui, Génesis. Pero no pudo traerte pruebas de quién soy cuando estoy contigo, porque ese hombre solo nace cuando tú me miras.
Ella bajó la vista al bolso. Tocó el cuero con una tristeza que me devolvió el aire.
—Él dice que solo eres un mentiroso con suerte, Malik. Que usas a las mujeres hasta que te aburres.
—Él dice lo que le conviene para ganarte—respondí, dando un paso al frente, pero quedándome bajo la luz de la lámpara—.
Yo no necesito decirte nada. Por eso no me acerqué en estos días.
Si fuera el mujeriego que él dice, ya te habría reemplazado por otra hace mucho tiempo.
Si fueras un trofeo más, ya me habría rendido al primer "no".
Génesis me miró un buen rato. En la oscuridad, se notaba que estaba peleando con lo que sentía y con el recuerdo de cuando la tuve en mis brazos.
—No sé quién eres, Malik —dijo finalmente, con un hilo de voz, dando un paso atrás—. Y eso es lo que más miedo me da. Que seas tan bueno fingiendo que ni tú mismo sepas qué es verdad.
Se dio la vuelta y se fue, y por un segundo, creí que el aire volvía a entrar en mis pulmones.
La conversación se había terminado, o eso pensé, hasta que la vi detenerse en seco.
No se dio la vuelta, solo se quedó ahí, dándome la espalda, y sentí que el pecho me dejaba de latir.
Me quedé helado, esperando cualquier cosa, aunque en el fondo sabía que no volvía para arreglar nada.
—¿Sabes qué es lo peor, Malik? —soltó, y su voz me atravesó como si me hubiera dado un golpe en seco.
Me quedé esperando, con la garganta apretada.
—Que una parte de mí todavía quiere creerte —dijo, y esa frase me dolió más que si me hubiera insultado.
Cerré los ojos, sintiendo que el mundo se me venía encima.
—Y por eso mismo no puedo volver contigo —siguió, sin mirarme—. Porque si vuelvo… y todo era mentira… ya no voy a saber cómo levantarme otra vez.
No esperó a que yo dijera una sola palabra. No me dio ni el chance de defenderme o de cagarla más. Cruzó la calle, con ese paso firme, y desapareció entre la gente antes de que pudiera reaccionar. Me quedé ahí, solo, inmovilizado bajo la luz amarilla del poste, sintiéndome como un imbécil.
Fue ahí, en ese silencio de mierda, cuando por primera vez entendí algo que nunca me había pasado por la cabeza.
El amor no se termina porque una mujer deje de mirarte.
Se pierde cuando la obligas a dudar de todo lo que sentía por ti.
Y eso, maldita sea… eso no se arregla con palabras, ni con regalos, ni con toda la labia que yo creía tener.