CAPÍTULO 22
Las palabras que ayer me dijo mi tío me seguían taladrando la cabeza.
Preservación. Linaje. Herencia. Salí al andén de atrás necesitando que el aire caliente de Puerto Magara me quemara los pulmones.
No podía creer que mi propia sangre estuviera dispuesta a echarme lejos por un sentimiento que ni yo mismo entendía bien.
Sentía que el mundo se me cerraba sobre mí: por un lado, el contrato de matrimonio y el apellido; por el otro, el miedo de quedarme sin nada.
Y como si no tuviera suficiente mierda encima… vi a Damián.
Cruzaba la calle directo al local de Génesis.
No caminaba tranquilo como quien va a saludar; iba rígido, con la cara apretada y un sobre de manila agarrado contra el cuerpo como si fuera algo sagrado.
Miraba de reojo para mi almacén, pero no con el miedo de la otra vez, sino con una seguridad que me prendió todas las alarmas.
Con la furia que yo traía, verlo fue como echarle gasolina al fuego. Mi instinto de cuidar lo que consideraba mío se activó de una vez. Me le atravesé justo antes de que llegara a la puerta de ella.
—¿Otra vez tú? —le solté con una sonrisa que era puro veneno—. Parece que los golpes del otro día no te sirvieron para aprender. Lárgate de aquí antes de que pierda la paciencia.
Él tragó saliva, pero esta vez no dio ni un paso atrás. Apretó el sobre con los dedos.
—No vengo a pelear contigo, Malik. Vine a abrirle los ojos, para que por fin vea la mentira en la que la tienes.
—¿Abrirle los ojos? —me reí en su cara, sin ninguna gracia—. ¿Y qué traes ahí? ¿Cartas de amor que no eres capaz de decirle de frente?
—Vine a decirle quién eres de verdad —respondió él, mirando hacia dentro del almacén de Génesis—. Se te cayó la farsa, príncipe. Ella cree que eres sincero, pero no sabe la clase de tipo que tiene al lado. Y traje pruebas de lo que haces cuando crees que nadie te ve en La Cava.
El aire se me congeló en los pulmones. El pánico me dio un golpe frío en el estómago. Me acordé del flash en la discoteca y de la sombra que salió corriendo. No eran vainas mías. Era verdad.
—Dame ese sobre —le ordené. Ya no gritaba, era un susurro de esos que dan miedo.
—¿Tienes miedo, Malik? ¿Miedo de que ella vea que mientras le hablas de amor, te revuelcas con Valeria en los reservados?
—Damián intentó esquivarme, pero lo frené en seco metiéndole la mano en el pecho—.
¡Génesis! —gritó él con todas sus fuerzas—.
¡Génesis, sal! ¡Mira lo que hace el que tanto defiendes cuando lo pillan!
Lo agarré por el cuello de la camisa y lo arrastré con rabia hasta reventarlo contra la pared de ladrillos del callejón que daba al río Magdalena.
El golpe sonó seco. Antes de que pudiera reaccionar, le solté un puñetazo directo a la boca que le echó la cabeza hacia un lado.
Después le hundí otro en el estómago y uno más en las costillas.
El sobre se le resbaló de las manos y cayó al asfalto, abriéndose apenas.
Como era domingo, la calle estaba casi sola, pero el escándalo ya estaba armado.
En ese momento, Génesis salió corriendo del local, pálida y asustada. Detrás de ella salieron las otras empleadas, que no se perdían ni una.
—¡Malik! ¡Suéltalo! —gritó ella, tratando de quitarme las manos de encima de Damián—. ¿Qué te pasa? ¡Lo vas a matar!
—¡Pregúntale qué hay en el sobre, Génesis! —jadeó Damián, buscando aire mientras yo lo tenía contra la pared—. ¡Pregúntale por qué prefiere romperme los huesos antes de que tú veas esas fotos!
Miré a Génesis. El pánico en mi mirada y la culpa que no pude esconder a tiempo se lo confirmaron todo.
Ella no esperó. Se agachó rápido y recogió el sobre.
Mis manos, que hace un segundo se sentían poderosas, se quedaron vacías y empezaron a temblarme a los lados.
Quise moverme, quise arrebatárselo, pero el cuerpo no me obedeció.
La vi sacar las fotos. Eran claritas, a pesar de que la discoteca estaba oscura: salía yo en La Cava, rodeado de mis amigos de rumba, y la peor de todas...
la del beso con Valeria sentada encima mío.
La foto mostraba el momento exacto en que yo, por inmaduro y por estúpido, traicionaba todo lo que le había dicho a ella.
El silencio que se armó en la calle fue horrible.
Solo se oía el ruidito del papel de las fotos entre sus dedos.
Génesis las pasó una a una, y con cada foto yo sentía que se me acababa la vida.
Cuando levantó la vista, la decepción en sus ojos me dolió más que cualquier amenaza de mi tío.
Me miró con horror. Lo había entendido todo.
—Así que todo era cierto —dijo con una voz quebrada que me dio escalofríos—. Valeria no estaba loca ni obsesionada... de verdad te acuestas con ella mientras a mí me dices que me quieres. Me mentiste en la cara, Malik. Dejó caer las fotos al suelo, sobre el polvo.
—Me hablas de que soy diferente, de que conmigo te sientes tú mismo... y mientras tanto, ¿qué? Te aseguras de que yo no vea cómo te diviertes con la mujer que siempre me ha tratado mal por culpa tuya.
—Génesis, escúchame... eso no fue nada, ella me buscó, yo estaba mal… no pensé... —traté de acercarme, pero ella se echó para atrás como si yo estuviera infectado.
—No me toques —me sentenció—. Lo que más me duele no es la foto, Malik. Es que eres exactamente lo que Damián decía: un niño rico jugando conmigo. No tienes ni idea de quién soy yo, y gracias a esto, ahora sé qué clase de miserable eres tú.
Se dio la vuelta y se metió a su almacén, seguida de sus compañeras que cuchicheaban de todo.
Me quedé ahí solo, parado en el polvo, bajo la mirada de victoria de Damián, que se limpiaba la sangre del labio con la mano.