CAPÍTULO 21 #2
Génesis levantó la mirada y, por primera vez, no vi miedo de que la echaran o de lo que dijeran las otras empleadas. Vi que por fin estaba aceptando que, aunque el mundo de nosotros dos fuera distinto, yo no la iba a soltar.
—No lo voy a volver a tirar —prometió ella, y esa fue la primera vez que sentí que la batalla contra el "qué dirán" la estábamos ganando nosotros.
La dejé salir del almacén con su bolso colgado al hombro, caminando derecha.
Me quedé ahí solo, oliendo el perfume de la trastienda y sintiendo que, aunque mi papá y mi tío tuvieran sus planes en Siria, yo ya había firmado mi propio contrato en la habitación de ese almacén.
El problema era que todavía faltaba ver qué iba a hacer Valeria con la foto del flash, y yo sabía que esa mujer no se iba a quedar con las ganas de joderme la vida.
◈ ◈ ◈
El portazo de Génesis todavía me retumbaba en los oídos.
Me quedé un momento ahí parado en el fondo del almacén, respirando el rastro de su perfume que todavía peleaba contra el olor a madera de los estantes.
Tenía los puños apretados y sentía la sangre rugiéndome en las sienes.
Tenerla así de cerca, sentir cómo se ponía tensa cuando la tocaba, me había dejado eléctrico, con el pulso a mil.
—Espero que el inventario de las lociones haya quedado claro, Malik. No te pago para que andes en las nubes.
La voz de mi tío Ibrahim cortó el silencio como un latigazo. No se había movido de su puesto detrás del mostrador de caoba. Estaba ahí estático, mirándome fijo.
Caminé hacia él tratando de poner mi cara de siempre. Eché los hombros para atrás, sacando pecho para parecer un hombre hecho y derecho, pero no me sirvió de nada. Él no veía a un adulto; veía una inversión, una ficha de un juego que él mismo estaba armando.
—Solo le estaba enseñando unas muestras. Se confundió con el pedido y vino a preguntar —dije, tratando de que la voz me sonara normal, sin ese rastro de ganas que todavía me quemaba.
Él soltó un suspiro cargado de desprecio. Rodeó el mostrador despacio, con una calma que me puso los nervios de punta. A pesar de que yo era más alto y tenía más músculo, él lograba que yo me sintiera como un carajito que se había olvidado de quién manda en la casa.
—No me mientas. A mí no —sentenció, bajando la voz—.
Nosotros somos de sangre árabe, Malik. Venimos de una familia que sabe lo que vale la lealtad y el honor de nuestro apellido.
Esa muchachita... esa niña de la calle no es de los nuestros.
No habla nuestro idioma, no tiene nuestra fe, ni tiene futuro con nosotros.
¿Ya se te olvidó lo que tu papá espera de ti?
—Mi papá no está aquí, tío —le respondí, sintiendo que la mandíbula me dolía de tanto apretar los dientes.
—Pero estoy yo —me soltó, acercándoseme hasta quedar a centímetros de mi cara—.
Tu papá ya tiene todo hablado con los Al-Fayed.
El contrato del matrimonio está listo, solo falta la firma.
Tú estás comprometido con una mujer de nuestra cultura, alguien que sepa lo que pesa nuestro nombre, que entienda que los negocios se hacen con alianzas, no con caprichos de un rato.
No con una niña que anda contando monedas para el pasaje y que tiembla nada más porque un hombre le habla fuerte.
—Ella tiene nombre, se llama Génesis —le dije, sosteniéndole la mirada con toda la rebeldía que tenía.
Mi tío soltó una carcajada seca, sin ninguna gracia.
—Para nosotros ella no tiene nombre, lo que tiene son consecuencias.
Escúchame bien, Malik: si esa muchacha vuelve a pisar este local, si sigues con este jueguito que solo ensucia tu futuro, no voy a ser yo el que te pare.
Llamo a mi hermano esta misma noche. Le voy a contar que su heredero, el muchacho en el que ha gastado todo —el gimnasio, los lujos, el respeto del pueblo—, está perdiendo el juicio y el honor por una empleada.
El nombre de mi papá era lo único que me hacía sombra, lo único que lograba que mi arrogancia se bajara de una vez. Imaginarme su voz al otro lado del teléfono, fría y decepcionada, me apretó el pecho.
—¿Me va a echar al agua con mi papá por esto? —masqué entre dientes, sintiendo un veneno que no conocía.
—No es echarte al agua, es cuidarte. Es limpieza —respondió él, poniéndome esa mano pesada en el hombro y apretando con una fuerza que buscaba que yo me doblegara—.
Un hombre de nuestra clase no busca refugio en los callejones, Malik.
Se queda con los suyos. Elige bien, porque si tu papá se vuelve a enterar que sigues con esa muchacha, te aseguro que se acaba el almacén, se acaba el gimnasio y se acaban todos los caprichos que te dejan actuar como un niño malcriado.
Te quita todo. Te manda lejos, a las tierras secas donde nuestro nombre sí se respeta, antes de que alcances a decir el nombre de esa niña otra vez.
Vas a quedar como un don nadie, sin apellido, sin tierra y sin futuro.
Me dejó solo entre las vitrinas, rodeado de esos olores dulces que ahora me daban ganas de vomitar. Miré para la calle y me acordé de Génesis, de su silueta chiquita perdiéndose entre la gente de Puerto Magara.
Me pasé la mano por la cara, desesperado. Tenía que pensar en algo rápido... pero no sabía qué. Que mi tío dijera lo que quisiera, pero esto ya se estaba convirtiendo en un problema serio. Y si mi papá se metía, yo sabía que no iba a salir vivo de esta.