CAPÍTULO 21
Los días que siguieron fueron una tortura.
Cumplí la orden de mi tío de no acercarme al almacén de al lado, pero no dejaba de espiarla desde la acera.
La veía de lejos, moviéndose como una sombra cuando salía a tomar aire, evitando mirar para mi puerta.
Se veía apagada, como si el regaño de su jefe la hubiera hundido del todo.
Me quemaba por dentro verla así, sintiéndose como si no valiera nada.
Entendí que mis impulsos la estaban fregando. Ella no necesitaba que yo me agarrara a golpes con todo el mundo; necesitaba que alguien le recordara que ella no era el suelo que todos pisaban.
Esperé a que fuera sábado. Sabía que ella salía más tarde para cerrar el inventario de la semana. No la busqué en el camino oscuro de siempre; la esperé en la plaza pequeña que queda a mitad de camino, donde hay un poco más de luz, pero nadie molesta.
Cuando la vi venir, caminaba con la cabeza gacha, contando los pasos. Me le puse en frente, pero esta vez me quedé a una distancia normal, sin encerrarla.
—No te voy a meter en líos con tu jefe, Génesis —le dije antes de que se asustara—. Solo acompáñame dos minutos.
Ella miró para todos lados, nerviosa.
—Malik, no puedo... si alguien nos ve...
—Nadie nos va a ver. Ven.
La llevé hasta la fuente vieja de la plaza. Nos paramos frente al ventanal oscuro de una tienda cerrada que servía como un espejo perfecto con la luz de los faroles.
—Mírate —le dije, señalando el vidrio.
Ella se quedó quieta, sin entender. Se miró con esa timidez que siempre tiene, encogiéndose de hombros como queriendo desaparecer.
—¿Qué ves ahí? —le pregunté, dándole un paso, pero quedándome atrás para que viera nuestras dos siluetas juntas.
—Nada... solo a mí —murmuró ella con amargura—. Una empleada que casi pierde el trabajo por un lío que no buscó.
Me puse justo a su espalda. Mis hombros se veían anchísimos al lado de ella en el reflejo. Se notaba la diferencia: yo ahí parado con mi seguridad, y ella tan frágil. Le puse las manos en los hombros, con suavidad, y sentí cómo tembló.
—Yo no veo eso —le susurré al oído, obligándola a que se mirara—. Veo a una mujer que no tiene que fingir nada. Alguien que no necesita gritar para que yo me calle y la escuche.
—Tú lo dices porque... porque tienes todo, Malik. Tú eres alguien. Yo soy...
—¿Tú eres qué? —la interrumpí—. ¿Crees que eres menos porque no tienes un almacén? Génesis, contigo todo es distinto.
Le giré de los hombros para que me mirara de frente. Me agaché un poco para quedar a su altura, buscándole los ojos de verdad.
—Tú te sientes pequeña —le dije, y vi que se le aguaron los ojos—, pero no lo eres. ¿Crees que yo perdería el tiempo aquí si fueras poca cosa?
No me dijo nada, pero se quedó mirándome con la boca abierta. Por un segundo la vi: vi a la verdadera Génesis saliendo de su escondite. Me tocó la camisa con los dedos, apenas rozándome, y supe que ya no era por miedo.
—No dejes que te apaguen —le pedí—. Si tú te lo crees, nadie te va a decir dónde puedes estar. Ni siquiera yo.
Ella se quedó congelada, mirándome como si le estuviera hablando en otro idioma. Se pasó la mano por la cara, secándose rápido una lágrima que se le escapó, y por primera vez en toda la noche me sostuvo la mirada sin bajar la cabeza.
No dijo ni una palabra, pero sus ojos me lo contaron todo: era como si estuviera procesando una información que no terminaba de entender, como si estuviera tratando de encontrar en su propio reflejo eso que yo veía tan claro.
Dio un paso atrás, apretando la correa de su bolso pequeño contra el pecho, y me regaló una sonrisa chiquita, de esas que parece que le cuestan trabajo pero que te desarman de una vez.
Se dio la vuelta y empezó a caminar. No salió apresurada como otras veces, se fue despacio, pero ya no iba contando los pasos ni mirando el suelo.
Se fue un poco más derecha, como si lo que le dije en el espejo se le hubiera quedado grabado en la piel.
La vi perderse por la callecita oscura y me quedé ahí parado, sintiendo que por fin le había ganado una batalla a la tristeza que ella cargaba.
Sabía que no se iba a arreglar todo de un golpe, pero esa noche el silencio entre nosotros había dicho mucho más que cualquier despedida.
El día siguiente fue de pura paciencia. Yo ya había hecho mi parte.
Ahora me tocaba esperar, y la espera me estaba matando.
Me la pasaba en mi puesto, rodeado de camisas y relojes, sintiendo que el aire del almacén me asfixiaba.
Mi tío andaba por ahí creyendo que yo ya me había ajuiciado, sin saber que yo solo estaba contando los minutos.
A las seis de la tarde, cuando el cielo se puso morado, la vi. Génesis salió de un local de enfrente, pero no caminó como siempre. Se quedó un momento en el andén, tomó aire y cruzó la calle. Directo hacia mi puerta.
Sentí que el corazón se me iba a salir. Me paré de una vez. Mis compañeros y un par de clientes se quedaron mirando, porque nadie esperaba que la niña de al lado se metiera en nuestro terreno. Se paró frente al mostrador, pálida, pero me sostuvo la mirada.
—¿Génesis? —le dije casi en un susurro.
—Necesito… ver un perfume —dijo ella, y aunque le tembló la voz, no bajó la cabeza—. Me dijeron que aquí tienen los mejores.
—Claro —le respondí, saliendo del mostrador—. Llegaron unos nuevos hace poco. Ven al fondo, que allá hay menos ruido.
Mi tío me echó una mirada de advertencia, pero me importó un carajo. La llevé a la parte de atrás, donde los estantes de cuero nos tapaban. Apenas estuvimos solos, sentí la tensión en el aire.
—Viniste —le dije, sintiendo el pulso a mil.
—Hoy decidí que quería estar aquí. Contigo —susurró ella con una sonrisita.
Me acerqué lo suficiente para que sintiera mi calor, pero sin invadirla. Le puse un mechón de pelo detrás de la oreja y le sostuve la mirada.
—Entonces ya somos dos —le susurré—, porque yo ya no sé cómo estar en ninguna otra parte donde no estés tú.
El silencio se estiró entre nosotros, cargado de todo lo que no nos habíamos dicho. Ella seguía ahí, tan cerca que podía sentir su respiración errática contra mi pecho, y ese contacto, lejos de calmarme, me recordaba lo mucho que me había dolido el vacío que ella me impuso.
Me incliné hacia ella, pero antes de cualquier cosa, necesitaba soltar lo que me estaba carcomiendo todo este tiempo.
—Dime algo, Génesis: ¿por qué me has estado huyendo desde que fuimos a comer a Bravío? —le pregunté—. Antes de esa noche nos entendíamos. Después te volviste una pared de hielo. ¿Qué fue lo que cambió? ¿Por qué me mirabas con tanto miedo?
Ella bajó la cabeza y se pegó a mi pecho. Me agarró la camiseta con las manos temblorosas.
—Yo… yo no sabía quién eras de verdad —confesó—.
Esa noche en el restaurante... yo pensaba que eras un muchacho más.
Trabajador, guapo, un empleado como yo. Cuando me enteré de quién es tu familia, de la posición que tienen...
me asusté, Malik. La gente como tú no se fija en alguien como yo si no es para pasar el rato.
Me dio pánico ser solo un pasatiempo o que decepcionaras de mí.
La escuché y sentí que una parte de mí descansaba, pero la otra se llenaba de una rabia extraña.
Me vi como un idiota. Durante todas esas semanas, mi cabeza no había parado de dar vueltas.
Me veía humillado, pensando que yo no le gustaba, que mis encantos no servían con ella.
Estaba acostumbrado a que todas las niñas se derritieran cuando yo pasaba, y ver que ella me ponía tantas trabas me hacía sentir que yo no llenaba sus expectativas, que no era suficiente para impresionarla.
Me torturé pensando que era la única mujer que no había caído ante mí, y resulta que la realidad era que ella me veía demasiado grande, demasiado peligroso por mi apellido.
—No vuelvas a pensar eso —le dije, apretando los dientes para no soltar lo que sentía contra mi familia—. El dinero y el apellido son de mi papá y de mis tíos, no míos. Para mí, la única que es demasiado para este lugar eres tú.
La miré y por fin lo entendí: yo no tenía que conquistarla con plata, tenía que convencerla de que conmigo podía estar segura, a pesar de todo el mundo que se nos venía encima.
Pero por dentro, la espinita de mi orgullo seguía ahí, recordándome que, por un momento, una niña de catorce años me había hecho sentir el tipo más insignificante del mundo.
Ella se apartó apenas un centímetro de mi pecho, bajando la mirada hacia sus manos, como si el peso de nuestra conversación fuera demasiado.
Noté cómo sus pies giraban hacia la salida, ansiosa por recuperar la seguridad de la calle.
Me dolió verla así, tan insegura. Tenía que demostrarle que conmigo no tenía nada que temer; tenía que hacerle entender, de una vez por todas, que yo era su lugar seguro.
—Espera —le dije antes de que diera un paso para salir de la trastienda.
Fui hasta el armario de madera donde guardamos las muestras de cuero y saqué el bolso.
Estaba envuelto en una bolsa de tela para que no cogiera polvo.
Me acordé de cómo se veía tirado en el suelo, sucio de la tierra de la acera mientras todo el mundo se burlaba de mí, y sentí un corrientazo de enojo, pero se me pasó apenas la vi a ella.
Se lo puse en las manos. Ella lo agarró con mucho cuidado, acariciando el cuero con los dedos.
—Lo recogí apenas te fuiste ese día —le solté, tratando de que no se me notara lo mucho que me había dolido el desplante—. Casi me matas del orgullo dejándolo ahí tirado, Génesis. Limpié la marca que le quedó de la caída yo mismo.
—Pensé que... que lo habías botado —susurró ella, abrazando el bolso contra su pecho—. O que se lo habías dado a Valeria para que dejara de molestar.
—Valeria no tiene nada que ver con lo que es tuyo —le dije, acercándome más—. Lo guardé todo este tiempo porque sabía que ibas a volver. En mi familia, lo que uno reclama no se deja tirado en la calle. Y yo ya te reclamé a ti.