CAPÍTULO 20
La música en La Cava estaba tan fuerte que me retumbaba en el pecho.
Estaba sentado en un rincón del VIP con un vaso de whisky que apenas había probado.
A mis diecisiete años, estar ahí era como jugar a ser grande porque podía pagar la cuenta y darle plata al portero para que no me pidiera documento.
Pero me sentía como un fraude; en el fondo solo buscaba un sitio donde nadie me estuviera jodiendo con preguntas del almacén, de Génesis o de las órdenes de mi familia.
Estaba solo, o eso quería. Me recosté en el sofá cerrando los ojos para pensar en Génesis, cuando una sombra me estorbó.
—Vaya, vaya. El heredero Murad está de retiro espiritual en el hueco más ruidoso de Puerto Magara.
Era Valeria. Abrí los ojos y vi que venía con tres amigos suyos, de esos que siempre andan detrás de mi apellido. Ella se sentó al lado mío, demasiado cerca. Su perfume me revolvió el estómago, pero me quedé quieto.
—Lárgate, Valeria —le dije sin mirarla. Tenía la voz cansada.
—¿Y perderme el espectáculo? —se rió ella, dándole un trago a mi vaso—. Por ahí dicen que el gran Malik, se está dejando pisotear por una empleadita que no sabe ni el terreno que pisa.
—Cierra la boca —le siseé, clavándole la mirada.
Ella ni se inmutó. Se acercó tanto que sentí su aliento en la cara. Sus dedos empezaron a juguetear con el cuello de mi camisa.
—¿Por qué juegas a ser el santo con ella? —susurró—. Ella se asusta con su propia sombra. Yo, en cambio, sé exactamente quién eres tú.
—No tienes ni idea —le dije, quitándole la mano de un tirón.
—Lo sé todo —me desafió. Se me montó encima, sentándose en mis piernas para que no pudiera pararme. Sus amigos se rieron en la mesa de al lado—. ¿Por qué te resistes? No le debes nada a una niña que ni te mira a los ojos porque te tiene miedo.
Entre el alcohol, la música y la rabia que traía de todo el día, la cabeza se me puso borrosa. Miré a Valeria; era una distracción, pero era lo que tenía enfrente. La agarré por la cintura con fuerza, no porque quisiera, sino por esa necesidad de demostrarme que yo todavía mandaba.
—¿Esto es lo que quieres? —le pregunté, acercándome a su cara—. ¿Quieres ver cómo soy de verdad?
—Quiero que me demuestres que no estás amarrado a una estúpida—respondió ella, y me besó con una desesperación que me nubló todo.
En la mitad del beso, cuando yo ya ni sabía dónde estaba parado... ¡FLASH!
Un destello blanco me pegó directo en la cara. Me aparté de Valeria de un empujón, parpadeando y ciego por la luz. El corazón me empezó a saltar en el pecho.
—¡¿Qué carajos fue eso?! —rugí, parándome de un salto y mirando hacia la oscuridad del reservado.
Valeria se soltó una carcajada mientras se acomodaba el vestido, pero sus ojos también buscaban en la penumbra.
—Alguien con una cámara, Malik —dijo ella, con un tono que no pude descifrar—. Parece que hay gente que disfruta ver cómo te hundes tú solito.
Pero yo sentía los pelos de punta. Ese flash no fue de cualquiera; alguien disparó desde la oscuridad, donde no se veía a nadie. ¿Había sido Damián? ¿O fue una trampa de Valeria para que Génesis me deje definitivamente?
Salí apresurado hacia la zona de las mesas, empujando a los que se me atravesaban.
La música parecía un martillo en mi cabeza.
En una mesa cercana, un tipo estaba guardando una cámara compacta en un estuche pequeño.
Lo alcancé en tres pasos y le agarré el brazo con una fuerza que lo hizo soltar un quejido.
—Dame eso —le ordené, con los dientes apretados.
—¡Hey, suéltame! ¡Solo estoy tomando fotos para el periódico local! —gritó el tipo, tratando de zafarse.
—¡Dame el rollo! —rugí. Sabía que, si quería que esa foto no viera la luz, tenía que destruir el negativo o el rollo antes de que lo llevaran a revelar—. ¡Pásame ese rollo ahora mismo!
El tipo, aterrado al ver que no estaba jugando, me entregó el rollo de película. Se lo arranqué de las manos y, en un arrebato de rabia, lo saqué del chasis de plástico y lo dejé expuesto a la luz ahí mismo, arruinando cualquier imagen que hubiera podido quedar.
◈ ◈ ◈
Volví a la zona del reservado con la mandíbula apretada. Sabía que había destruido eso, pero la paranoia no se me quitaba. ¿Era solo una foto? ¿Había alguien más?
Caminé directo hacia Valeria. Ella estaba ahí, disfrutando mi desesperación.
—Tú —le dije, señalándola con el dedo.
Sus amigos se callaron de una vez. Valeria levantó la vista, haciéndose la sorprendida, pero le brillaban los ojos de una forma rara.
—¿Volviste, Murad? —dijo ella, disfrutando el momento—. ¿Se te olvidó algo?
La agarré por el brazo con fuerza, haciendo que soltara el vaso, y la arrastré a un rincón donde nadie nos oyera.
—¿Crees que soy estúpido? —le solté al oído—. Ese tipo estaba contigo.
—No sé de qué hablas, Malik —respondió, pero no me quitaba esa sonrisita.
Valeria se soltó de un tirón y se me paró en frente, retándome.
—No me mientas —le corté—. Estás obsesionada conmigo y esto es tu venganza.
—¿Tienes miedo, Malik? —susurró—. ¿Miedo de que ella vea que no eres el santo que finges ser? Si yo te hubiera querido tomar una foto, no habría usado flash. Hubiera sido algo mucho peor.
—Dame esa vaina. — Le dije, apretando los dientes.
—¿Y si no la tengo yo? —se rió ella—. ¿Y si alguien más te vio? ¿Alguien que te odia tanto como yo y decidió que ya era hora de que se te cayera la máscara?
Me quedé helado. La seguridad con la que hablaba me hizo dudar. ¿Era ella o era Damián? ¿O había alguien más vigilándome en ese antro?
—Si vuelvo a ver un flash cerca de mí —la amenacé, dándome la vuelta—, te borro de este puerto.
Salí de la discoteca sintiendo que todo el mundo me acusaba con la mirada.
Ya no era paranoia; era una cuenta regresiva.
Si no era ese fotógrafo, podía ser cualquier otro.
Alguien me estaba cazando, y yo estaba demasiado ocupado intentando ocultar mi propia mierda para ver quién tenía la otra mano en el disparador.