CAPÍTULO 58 #3
Lo que mi arrogancia no me dejaba ver, lo que mi mente obnubilada por el alcohol no podía calcular, era que el destino ya se había burlado de mí.
Mientras yo me desgarraba la garganta deseando haberla amarrada a mi vida, Génesis ya iba lejos en la madrugada, con el frío de ese diciembre colándosele por la ropa, resguardando el secreto que me habría arrodillado para siempre.
Se iba libre, llevándose la única parte de mí que valía la pena.
◈ ◈ ◈
El agua fría de la pluma me golpeó la cara con la fuerza de un puñetazo.
Eran las cinco y cuarenta de la mañana. Me miré en el espejo empañado del baño de la bodega, con la piel pálida, la mirada apagada por el trasnocho y los ojos inyectados en sangre.
No había rastro de lágrimas; solo quedaba una rigidez amarga.
El ron de la noche anterior me había dejado una vibración sorda en la cabeza, pero el dolor del pecho ya no quemaba; se había enfriado, convirtiéndose en un bloque de cemento.
Me abotoné la camisa limpia que Alfonso me había traído de mi casa por orden de mi padre. Al salir a la rampa de carga, el aire de la madrugada soplaba con un frescor que me pareció un insulto.
Don Alfonso estaba parado junto al primer camión, con la tabla de apuntes en la mano y el termo de café bajo el brazo. Al verme, enderezó la espalda y me miró con una mezcla de respeto y cautela.
—Buenos días, niño Malik —dijo, extendiéndome la planilla—. Los coteros ya están listos para bajar la lona y la cuerina que llegaron de los puertos.
Le quité el lapicero de las manos sin decir una sola palabra. Firmé la remisión con un trazo tan firme y rápido que casi rompe el papel.
—Que empiecen —ordené. Mi voz salió seca, hueca, desprovista de cualquier matiz humano.
Caminé hacia el borde de la rampa y me crucé de brazos mientras el ruido de los motores, el golpe pesado de la lona vinílica contra el suelo y los gritos de los trabajadores llenaban el lugar.
Mi padre tenía razón. El negocio no se detenía por los caprichos del corazón.
Acepté las planillas, asumí las pérdidas y me puse al frente del imperio.
El apellido Murad se me pegó a la piel como una armadura de hierro, pero por dentro, el vacío era total.
En mi mente de dieciocho años, la culpa era toda de ella.
No fui capaz de ver mis propios fallos, ni mi crueldad, ni el miedo que le había sembrado.
Para salvar mi orgullo herido, preferí convertirme en la víctima.
Me repetía a mí mismo que me había traicionado, que se había burlado de mi confianza y que me había usado para sacarme tres millones de pesos en la cara.
Dejé que el puerto pensara lo que quisiera.
Me encerré en una oficina oscura, masticando un rencor sordo contra la niña de quince años que me había ganado el pulso psicológico, jurando que su recuerdo no volvería a doblegarme.
Yo creía que lo sabía todo. Creía que la rabia era mía. No tenía la más mínima idea de nada.
Mientras yo me hundía en mi propio abismo, el motor viejo de un autobús intermunicipal roncaba a miles de kilómetros con un quejido constante mientras devoraba la carretera oscura.
Génesis iba sentada junto a la ventanilla, pegando la frente contra el vidrio frío, viendo cómo las luces de los caseríos de la costa se desvanecían en la penumbra.
El maletín pequeño iba apretado contra sus piernas, como un escudo.
Tenía apenas quince años, pero en sus ojos ya no quedaba nada de la infancia; solo el cansancio absoluto de quien ha tenido que aprender a sobrevivir antes de tiempo.
Dentro del bolso no llevaba nada de valor; solo lo básico, su diario y la cajita fina de madera con la pulsera de plata y la llavecita colgando, el único recordatorio de que alguna vez hubo un destello de luz en medio de la tormenta.
El autobús dio un bache fuerte y ella se llevó las manos al vientre de manera instintiva, protegiéndose.
Sintió un vuelco en el estómago, una náusea helada que no era por el movimiento del viaje, sino por la certeza del secreto que guardaba en sus entrañas.
Tenía mucho miedo. Estaba completamente sola, huyendo hacia la incertidumbre de una ciudad desconocida, con los bolsillos viviendo de un fajo de billetes robados.
Sabía perfectamente lo que venía en camino.
Sabía que llevaba la sangre de los Murad oculta bajo la tela de su vestido sencillo, el fruto de la obsesión que casi la consume.
Pero al mirar el amanecer que empezaba a teñir de oro el horizonte, lejos de mis manos, de mis celos y de mis gritos, una calma extraña la inundó. El miedo seguía ahí, pero el alivio de la libertad era más grande. Se había escapado de mi sombra.
El autobús aceleró, perdiéndose en la distancia de la carretera caribeña, llevándose consigo el secreto que pudo haber cambiado el rumbo de mi vida.
Mientras yo me quedaba atrás, rodeado de cajas y soledad, aferrándome a unos billetes que de pronto habían perdido todo su valor, creyéndome invencible a mi corta edad.
Génesis se iba libre, salvando su vida y la mía en el vientre, sin que yo tuviera la más maldita sospecha de que el destino ya me lo había quitado todo.
FIN DEL LIbrO I
Continuará…