CAPÍTULO 18
La mañana después de la pelea, el ambiente en la cuadra estaba pesadísimo. Mi tío no perdió el tiempo. Antes de que el sol calentara bien, lo vi salir del almacén y cruzar hacia el local de al lado.
Me moví rápido y me pegué a la pared, caminando escondido hasta que llegué a la entrada del negocio de Génesis.
Me quedé en un rincón donde no me vieran, espiando por el vidrio.
Mi tío no tuvo que gritar. El administrador, ese señor flaquito, le decía que sí a todo lo que mi tío mandaba, como si le tuviera miedo.
Cuando Génesis salió de la oficina del fondo, se veía derrotada.
Me dolió verla así, tan chiquita frente a la figura de mi tío que la regañaba señalándola con el dedo.
Ella ni se defendió; se quedó callada aguantando el sermón y sin mirar ni una vez para mi lado.
Cuando mi tío salió, me encontró ahí parado en las sombras. No me dijo nada; solo me hizo una seña para que lo siguiera a la parte de atrás de nuestro almacén. Cerró la puerta de un golpe, ignorando a los empleados, y se me acercó.
—Ya hablé con ellos —soltó, con una calma que me dio más rabia que si me hubiera gritado—. Ella tiene prohibido volverte a hablar. Y tú, Malik, vas a dejarte de estupideces. No voy a permitir que ensucies el nombre de la familia por un capricho con una empleada.
—Usted no me va a decir a quién puedo mirar —le siseé, sintiendo que me hervía la sangre.
Él dio un paso hacia mí y me miró con una decepción que me caló hondo.
—¿Tú crees que esto es un juego de niños?
—me cortó—. Escúchame bien: si vuelves a buscar a esa muchachita, o si vuelvo a ver que pierdes la cabeza por alguien que no es de los nuestro, llamo a tu papá.
Y tú sabes lo que va a pasar: te manda de regreso a Siria de una vez.
¿Quieres arruinarlo todo por una empleada?
¿Se te olvidó que ya tienes un compromiso allá?
Ella es de nuestra cultura, Malik. Es lo que te toca.
Ese matrimonio está hablado desde que eras un carajito.
La niña de al lado no es más que una distracción que te va a salir caro.
Me quedé frío. Lo del compromiso era algo que yo siempre sabía que estaba ahí, como una sombra, pero oírlo así, ahora que sentía esto por Génesis, me golpeó de frente. Mi vida ya estaba escrita en papeles que yo no firmé.
—No le diga así, ella no es ninguna distracción —dije, con la voz temblando.
—Le digo como es —respondió él—. O cortas eso ya, o yo mismo hago que la echen del trabajo. Y tú te vas a cumplir con lo que la familia manda. Tú verás, Malik: o se te quita el capricho o te olvidas de todo esto.
Me dejó solo y yo sentía que me quemaba por dentro. Mi tío no estaba jugando; me estaba amenazando con quitarme a Génesis y mandarme a una vida que yo ni quería.
Llegó la noche y esperé a que la camioneta de mi tío se perdiera de vista. No podía dejar las cosas así. La esperé a dos cuadras del almacén, escondido en lo oscuro. Cuando la vi aparecer, se veía asustada.
—Malik… vete por favor —susurró, mirando para todos lados—. Mi jefe me dijo que si te volvía a ver me echaba a la calle. Me amenazaron, Malik.
—Me importa un carajo lo que diga ese tipo —la interrumpí, acercándome de golpe.
La acorralé contra una pared vieja. Mi sombra la tapaba completa. Ella temblaba, pero no me quitaba la mirada. Se veía dolida, y yo sabía que no era solo por el regaño de mi tío.
—¿Y lo que dijo Valeria? —soltó ella de repente, con la voz quebrada—. Ella dijo que tú... que en la bodega... Malik, ella lo dijo delante de todos.
Sentí un frío en el estómago, pero no podía dejar que me viera dudar. Tenía que salvar esto como fuera.
—Génesis, mírame —le dije, agarrándola suave de los hombros—.
Esa mujer está loca. Valeria lleva meses persiguiéndome, buscándome en el local, inventándose cuentos porque yo nunca le paré bolas.
Está obsesionada conmigo, Génesis. Como vio que yo estoy pendiente de ti, se inventó toda esa basura para dañarnos.
¿Tú de verdad le vas a creer a ella antes que a mí?
Ella solo quiere que tú me cojas asco para ver si así yo le hago caso a ella. Es puro veneno.
Génesis bajó la mirada, confundida. Yo sabía que me quería creer, porque necesitaba aferrarse a algo.
—Pero ella se veía tan... tan segura —murmuró ella.
—Porque es una mentirosa profesional —insistí, apretando los dientes—. Me tiene rabia porque la rechacé. No dejes que ella gane, por favor.
La acerqué más a mí, dejándola casi sin espacio.
—¿Por qué defendiste a ese tipo de la mueblería ayer? —le solté, cambiando de tema antes de que ella preguntara más—. ¿Tanto te importa ese infeliz que te pusiste a temblar por él?
—¡Es que te tenía miedo a ti! —gritó ella con la voz cortada—. ¡Me asusta lo que haces cuando te pones así de loco! ¡No te conocía esa cara, Malik!
Me incliné hacia ella, sintiendo el calor de su cuerpo. Estaba desesperado.
—Te asustó lo de ayer porque él se lo buscó —le dije bajito, casi pegado a su piel—. Pero lo que de verdad te asusta es que tú sabes que me quieres, Génesis. Yo ya te elegí y nadie, ni Valeria con sus mentiras ni mi familia, me va a quitar lo que siento.
—No puedes decir eso… —murmuró, rozándome los brazos con las manos—. Tú tienes tu vida… yo solo soy una empleada, Malik. ¡Yo no entro en tu mundo!
—Tú no eres de nadie más que mía —le dije apretando los dientes—. Y me voy a llevar por delante lo que sea, para que entiendas que no te voy a dejar ir.
La tenía acorralada contra la pared, y el espacio entre nosotros se sentía eléctrico, cargado de una tensión que nunca habíamos cruzado.
Ella no podía retroceder más, estaba atrapada, mirándome con esos ojos asustados que, en lugar de frenarme, me sacaron de mis casillas.
No lo pensé. No había lógica en mi cabeza, solo la necesidad rabiosa de silenciar todo ese ruido, de hacer que dejara de escuchar a Valeria y me viera solo a mí.
Me incliné, invadiendo su espacio, con la intención de sellar esa distancia con un beso que llevábamos semanas evitando. Era un impulso ciego; quería que fuera nuestro, que por fin fuera nuestro, como si eso pudiera borrar el resto del mundo.
Pero, en el último segundo, ella giró el rostro.
Mis labios rozaron su mejilla en lugar de su boca.
El vacío de ese contacto fallido me golpeó más fuerte que cualquier insulto.
Me quedé helado, con la respiración entrecortada y el pecho ardiendo de una frustración que no sabía cómo manejar.
Estaba desesperado, sintiendo que, si no lograba que me creyera, iba a perder la única oportunidad que tenía de que ella fuera mía.
—Maldita sea, Génesis... —solté, con la voz rota por la rabia y la impotencia—. No me hagas esto.
La solté bruscamente, odiando que me estuviera obligando a sentirme tan vulnerable. Di un paso atrás, incapaz de mirarla sin querer volver a intentar lo mismo, y salí de ahí antes de que mi impulsividad me hiciera decir o hacer algo peor
La dejé ahí, temblando y toda confundida en la oscuridad de la calle, con el aire cargado por el olor a humedad y a mi propia rabia. Me monté en la moto, pero no arranqué de inmediato. Me quedé un rato ahí, con las manos temblando sobre el manubrio.
¿Cómo se atrevió a girar la cara? Eso era lo único que no me cuadraba.
Yo le había dicho todo: que era mía, que me la iba a jugar por ella, que la iba a proteger.
Me sentí como un idiota, pero también me sentí encendido.
Cada vez que ella me rechazaba, en lugar de alejarme, sentía una rabia más fuerte, unas ganas más oscuras de poseerla.
—Ya vas a ver —murmuré para mí mismo, mientras ponía el motor en marcha—. No me importa si tengo que mentirle a medio mundo o si tengo que enfrentarme a mi papá. Ella no entiende que esto no es una elección, es un destino.
Arranqué la moto dejando una marca negra en el asfalto.
Me sentía una basura por haberle mentido sobre lo de Valeria, pero al mismo tiempo, sentía una satisfacción de haberle plantado la duda en la cabeza.
Ella ya no iba a estar tranquila; iba a pensar en mí cada vez que viera a esa loca, y eso me bastaba por hoy.
Mañana iba a ser otro día, y estaba seguro de que, de tanto insistir, ella iba a terminar cediendo.
Porque nadie, absolutamente nadie, se resiste a alguien que está dispuesto a quemar el mundo entero solo para tenerla.