CAPÍTULO 17
La tarde caía con un color naranja sucio sobre el asfalto caliente de Puerto Magara. Yo estaba en la entrada del local, con los nervios de punta después de lo que me había pasado en la mañana. Estaba pendiente de la calle, con una presión en el pecho que no me dejaba ni respirar tranquilo.
En eso, vi a Valeria saliendo de su almacén otra vez. Caminaba con una sonrisita que me revolvió el estómago. No me aguanté. Me bajé del andén y la intercepté antes de que cruzara.
—¿Qué te pasa a ti? —le solté, frenándola en seco—. ¿Quién te crees para ir a armarme ese show ayer delante de todo el mundo? ¡Y delante de ella!
Valeria se cruzó de brazos y me miró de arriba abajo, sin una gota de miedo.
—¿El show lo armé yo, Malik? —se rió en mi cara—. Yo solo dije la verdad. Si te dolió que la niñita se diera cuenta de quién eres cuando se apagan las luces del centro, ese es tu problema. No el mío.
—Estás loca —le siseé, acercándome para que nadie más oyera—. Estás ardida porque sabes que contigo solo paso el rato. No vuelvas a meterte en mis cosas o me vas a conocer de verdad.
—¿Me vas a conocer? —ella dio un paso al frente, desafiándome—. ¿Me vas a pegar como le pegas a las paredes cuando te pones de mal genio? Hazlo, Malik. A ver si así se te quita lo cobarde.
Me quedé con la palabra en la boca porque, justo en ese momento, lo vi aparecer a él.
Damián no venía con su carita de "buen tipo" de siempre.
Venía sucio, cubierto de polvo de madera y con la camiseta pegada al cuerpo por el sudor.
Caminaba directo hacia mí, el paso firme y la algarabía que traía hizo que todos los vendedores de la cuadra dejaran lo que estaban haciendo para mirar.
Génesis salió a la puerta de su local por el murmullo. Detrás de ella, las otras empleadas se asomaron tapándose la boca. Sentí que todas esas miradas me daban en la espalda.
—¡Malik! —gritó Damián, frenando a dos metros—. ¿Te crees muy hombre moviendo tus hilos para que me claven turnos dobles? ¿Tanto miedo me tienes que te toca sabotearme el trabajo para que no me acerque a ella?
Me despegué de Valeria y me paré frente a él. Sentí que el cuerpo se me ponía tenso de una vez.
—No sé de qué hablas —le dije con la voz fría—. Pero si estás cansado, mejor vete a dormir y no vengas aquí a armar escándalos de borracho.
La gente ya se estaba amontonando. El silencio en la calle era pesado.
—Sé lo que hiciste —escupió Damián, acercándoseme más—. Me tienes miedo. Sabes que a ella no puedes comprarla con tus aires de niño rico.
Cuando dijo "miedo", sentí que se me subía la sangre a la cabeza. Vi a Génesis dar un paso al frente, pálida y temblando como una hoja.
—No te equivoques —le dije, inclinándome sobre él para que sintiera mi peso—. No te tengo miedo, lo que me das es lastima. Eres un estorbo en mi acera.
—¡Ya detente, Malik! —gritó Génesis. Pero yo ya no escuchaba a nadie.
Le eché mano a la camisa y lo levanté casi del piso con una sola mano. Sentí el brazo fuerte, apretando con unas ganas de reventarlo que no podía controlar. La gente soltó un grito.
Antes de que Damián pudiera reaccionar, mi otro puño se estrelló en su mandíbula.
Un gancho corto, sordo, que le sacó un chorro de saliva y sangre.
No lo solté de la camisa; lo jalé de vuelta para que me viera.
Él intentó un puñetazo, un manotazo desesperado que me rozó el hombro, pero yo era más rápido.
Otro golpe, esta vez en el estómago, un golpe seco que le robó el aire y lo hizo doblarse, colgando de mi mano.
—¡No eres nada! —gruñí, arrastrando las palabras.
—¡Malik, suéltalo! —Génesis gritó nuevamente, pero yo estaba ciego de la rabia.
—¡Para ya, Malik! —Esa voz me pegó como un baldado de agua fría. Era mi tío Ibrahim, parado en la puerta del almacén con una cara de decepción que me dolió más que cualquier golpe.
—Suéltalo ahora mismo —ordenó con esa voz que tiene él.
Mantuve a Damián en el aire un segundo más y lo solté de un tirón, mandándolo contra un poste. El tipo se alejó cojeando, mientras mi tío me agarraba del hombro con una fuerza brutal y me metía al almacén.
—Un hombre que usa los puños para marcar territorio es porque no le sirve la cabeza —me siseó al oído—. Estás dando un espectáculo barato, Malik. Mi apellido no se ensucia por un lío de faldas.
Me encerró en la trastienda. Yo estaba ahí solo, con el corazón dándome a mil y las manos temblando por la adrenalina, cuando oí unos pasos rápidos. La puerta se abrió de un golpe: era Valeria otra vez. Entró como una loca y cerró la puerta detrás de ella.
—¿Te volviste loco? —me gritó—. ¡Casi matas a ese tipo en la mitad de la calle! ¿Para qué? ¿Para que la niñita esa viera que eres muy fuerte?
—Lárgate de aquí, Valeria —le dije dándole la espalda. Traté de servirme un vaso de agua, pero las manos me fallaban—. No te metas en mi vida.
—¡Me meto porque me da rabia verte humillándote por ella! —me agarró del brazo y me hizo voltear a la fuerza—. ¡Mírate, Malik! Estás actuando como un desesperado por una tipa que no te llega ni a los talones. ¿Qué tiene ella para que se vuelvan locos? ¡Dímelo!
La miré con un desprecio que me salió del alma.
—Ese es el problema, Valeria, que ni yo mismo sé la respuesta —le dije, mirándola desde arriba con fastidio—.
Esa niña pasa y te voltea el mundo al revés sin mover un dedo, como si te hiciera un maleficio.
No busques lógica donde no la hay. Tú puedes hacer el berrinche que quieras, pero a su lado sigues siendo invisible para mí.
—¡No me digas eso! —rugió ella y le pegó un puño a una mesa—. Tú y yo sabemos lo que pasó en ese almacén. Tú me buscaste, Malik. ¿Y ahora me cambias por esa boba? ¡Somos dos empleadas de este barrio! ¿Crees que te va a querer más por un bolso caro? ¡Te está usando!
—Tú no sabes nada de ella —le dije, acercándome a su cara—. Y si pasó algo en ese almacén, fue porque era lo más cerca que había y no tenía nada mejor que hacer. No te confundas, Valeria. No significó nada.
La vi ponerse pálida. El odio se le veía en la cara.
—Eres un imbécil —dijo con la voz quebrada—.
Crees que porque tienes ese apellido y plata puedes jugar con todas.
Pues te digo una cosa: esa "boba" también se va a cansar de tus artimañas.
Y cuando te deje, cuando se dé cuenta de que eres un violento, no me busques. Porque no te voy a dar ni la hora.
Se dio la vuelta para irse, pero se frenó en la puerta para lanzarme la última:
—Disfruta tu numerito de macho. Pero recuerda que en este puerto la gente no olvida. Y esa niña… esa niña es la que más te va a doler.
La vi irse y me quedé ahí solo, en medio de la trastienda, rodeado de cajas de cartón y el olor a suavizante residual. El silencio era insoportable. Tenía los nudillos sangrando, una mezcla de mi sangre y la de ese imbécil de Damián, y me ardían tanto como la rabia que me quemaba el pecho.
Me acerqué al espejo viejo que había en la esquina y me miré. Tenía la cara hinchada por el esfuerzo y una expresión que no reconocía: parecía un tipo que lo había perdido todo, pero seguía con las manos cerradas, listo para tirar otro golpe.
—No me importa —murmuré para la pared, para las cajas, para nadie—. Si tengo que quemar este local para que ella me entienda, lo quemo.
Me faltaba el aire. No comprendía por qué, pero, aunque le había dado una paliza a Damián y le había cantado sus verdades a Valeria, me sentía más pequeño que nunca.
Me tiré en una silla, con las piernas abiertas, respirando agitado.
Tenía a medio centro mirándome con odio, a mi tío a punto de echarme a la finca —o peor, quitarme el acceso a la plata— y a la niña...
a la niña no la iba a recuperar ni a palos.
Lo peor es que, en el fondo de mi cabeza, una voz chiquitita me decía que Valeria tenía razón: Génesis no me iba a querer más por haberle roto la cara a Damián.
Pero mi orgullo, ese orgullo árabe que mi papá me metió a la fuerza, no me dejaba dar el brazo a torcer.
'Un Murad no pide perdón', me decía. Así que me quedé ahí, esperando a que mi tío abriera esa puerta, pensando solo en cómo volver a obligarla a que me mirara, aunque el mundo entero se me viniera encima.