Mi Ángel nº 1 CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Esa noche no dormí nada, pero no por tristeza, sino por la rabia que me carcomía.

Tenía la imagen de Génesis tirando el bolso al piso repitiéndose en mi cabeza como una película rayada.

Me sentía estúpido. ¿Cómo una tipa como Valeria había tenido las agallas de hacerme eso delante de todo el mundo?

En mi casa, mi tío no me dijo ni media palabra cuando llegué, pero su silencio pesaba más que un regaño; me miró como quien mira algo que se rompió y ya no tiene arreglo.

Al día siguiente me levanté con la cabeza a punto de reventar.

Me bañé, me vestí con lo mejor que tenía y me eché perfume, tratando de recuperar esa seguridad que siempre me hacía sentir seguro.

Me dije a mí mismo que lo de ayer era un chisme de esquina que se olvidaría en dos días.

"Las mujeres son así", pensaba yo, "se ponen bravas, pero después se les pasa".

Llegué al almacén a la hora de siempre. El sol ya estaba pegando fuerte y el movimiento en el centro estaba empezando.

Pero apenas puse un pie en el andén, caminé directo hacia el almacén de Génesis.

No iba a esperar, quería aclarar esto de una vez.

Quería decirle que Valeria estaba loca, que era una envidiosa y que ella no tenía por qué creerle a una cualquiera.

Pero antes de que pudiera entrar, el administrador del local, un tipo flaco y serio que siempre me había saludado con respeto por ser de la familia que soy, se me atravesó en la puerta.

—Malik, mejor no entres —me dijo, cruzándose de brazos.

—¿Cómo así? —le respondí, tratando de sonar tranquilo, pero sintiendo que el pulso se me aceleraba—. Vengo a comprar algo, ¿o es que mi plata ya no vale aquí?

—No es eso, muchacho —el tipo suspiró, como si le diera pereza la situación—. Es que aquí venimos a trabajar, no a montar espectáculos. Lo de ayer fue suficiente. No quiero más líos en la puerta de mi negocio.

—Yo no armé nada, fue la loca de al lado —le solté, dando un paso hacia adelante.

—Me da igual quién fue. La niña no quiere verte, y yo no voy a dejar que la molestes. Hazme el favor y quédate en tu lado.

Me quedé ahí parado, con la sangre hirviéndome. Quise empujarlo y entrar a la fuerza, pero me di cuenta de que todos estaban mirando. Si armaba otro lío, mi tío Ibrahim me mandaba para la finca sin pensarlo dos veces.

Miré hacia el fondo del almacén por encima del hombro del tipo.

Ahí estaba ella. Génesis estaba acomodando unas camisas, escondida detrás de un estante alto.

Se veía más chiquita que nunca, como si quisiera desaparecer entre la ropa.

No levantó la vista ni una sola vez, pero yo sabía que me estaba sintiendo ahí.

—¡Génesis! —grité, ignorando al administrador—. ¡Génesis, escúchame! ¡Eso es mentira!

Ella se puso más rígida todavía, pero no se movió. El administrador me puso la mano en el pecho, no muy fuerte, pero lo suficiente para que yo entendiera que ya no tenía el mando.

—Vete, Malik. No la pongas peor de lo que ya está.

Me solté de un tirón y me regresé a mi local con el orgullo por el piso.

Me senté en mi escritorio y me quedé mirando la pared.

Sentía una impotencia que no conocía. Yo siempre conseguía lo que quería, siempre sabía qué decir para arreglar las cosas, pero esta vez era como si me estuviera estrellando contra un muro de cristal: podía verla, estaba a unos metros de distancia, pero no podía tocarla ni hablarle.

Lo peor fue que, a los diez minutos, vi a Valeria saliendo de su local. Caminaba con un aire de triunfo que me daban ganas de saltarle encima. Me miró desde el andén, me guiñó un ojo y se echó a reír antes de perderse.

Me di cuenta de que no solo había perdido a Génesis, sino que me había convertido en el hazmerreír de la cuadra.

Y en mi cabeza, eso era lo peor que me podía pasar.

No sabía qué hacer, pero de algo estaba seguro: esto no se iba a quedar así.

Tenía que recuperar mi lugar, aunque tuviera que quemar el centro entero para lograrlo.

Me senté en mi escritorio nuevamente, pero no podía estar quieto. Agarré un lapicero y empecé a rayar el papel con tanta fuerza que la punta se enterró y rasgó la hoja. Mis manos me temblaban de la rabia contenida.

—No le importa —me repetía para mis adentros, tratando de convencer a mi orgullo herido—.

Ella no sabe lo que hace. Se dejó lavar el cerebro por esa loca de Valeria.

¿Cómo era posible que alguien tan insignificante, una peladita que no sabía ni en qué mundo pisaba, tuviera el poder de hacerme sentir tan poca cosa?

Miré mis nudillos, todavía hinchados y morados por el golpe al espejo de la moto.

La sangre ya se había secado, pero el ardor seguía ahí.

Me pasé la mano por el pelo, despeinándome, sintiendo que la cabeza me iba a explotar.

No tenía ninguna estrategia, ni la quería.

Lo único que me pasaba por la mente era que tenía que hacer algo, cualquier cosa, para que ella volviera a ponerme los ojos encima, aunque tuviera que hacer el ridículo frente a todo Puerto Magara.

—Esto no se va a quedar así —mascullé, con una rabia que me dejaba el pecho apretado—. Si ella no quiere hablar, la voy a obligar. Si el administrador cree que me va a frenar, está muy equivocado.

Me di media vuelta y me levanté de mi escritorio.

No sabía qué iba a pasar al final del día; solo sabía que no podía aguantar un minuto más viendo cómo ella me ignoraba como si yo fuera basura.

El orgullo me quemaba la garganta, nadie me deja tirado en la calle.

Nadie me mira y decide que ya ni valgo la pena. Mucho menos ella.