Mi Ángel nº 1 CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

No pude dormir en toda la noche. Daba vueltas en la cama con lo que ella me había dicho —“Tú no entiendes”— dándome vueltas en la cabeza.

Al amanecer, ya no aguantaba más. Si ella quería estar sola, pues iba a dejarla sola para que viera qué tal le iba sin mí.

Mi papá siempre dice que la gente solo valora lo que tiene cuando le hace falta, y yo estaba decidido a que ella sintiera mi falta.

Fui al almacén antes de que abrieran, pero no me puse a trabajar. Me quedé sentado mirando hacia el local de al lado, esperando a que ella llegara. Cuando apareció, no le dije ni hola. Me hice el que no la veía, metido en mis cosas.

Dejé de buscarla, dejé de esperarla en la esquina.

Me volví un fantasma. El primer día ella se veía tranquila, pero al segundo ya la veía mirando hacia mi local, buscándome con la vista cuando creía que yo no me daba cuenta.

El tercer día se quedó parada un buen rato en el andén con su almuerzo, mirando hacia mi lado como perdida.

Me dio un poquito de satisfacción; ya se había acostumbrado a que yo estuviera ahí siempre, y ahora que no me tenía, se le veía la duda en la cara.

Al cuarto día, el calor en el centro estaba pegajoso. Decidí que ya era suficiente. La busqué justo cuando estaban cerrando el local.

—Malik… —susurró cuando me vio. Se le notó en la voz que le dio alivio verme.

—Génesis. —Le hablé seco, sin la confianza de antes—. Solo pasaba a decirte que mañana me voy para la ciudad de Barranquilla. Tengo unos negocios de mi familia que atender y no voy a estar por aquí.

Era mentira, pero quería ver qué hacía ella si pensaba que me iba a perder del todo.

—¿Por mucho tiempo? —preguntó, y apretó el bolso de cuero contra su cuerpo como si tuviera frío.

—No sé. Lo que haga falta. Al final eso era lo que querías, ¿no? Que te dejara quieta.

Me subí a la moto y la prendí de una patada. El motor rugió durísimo en la calle casi sola. Ella dio un paso hacia la moto, con los ojos muy abiertos.

—¡Espera! —gritó para que la oyera por encima del ruido.

Apagué el motor. El silencio que quedó me hizo sentir que yo tenía el mando otra vez.

—Yo… yo no quería que te pusieras así —dijo bajando la cabeza—. Es que a veces me asustas, Malik.

Me bajé de la moto y me le acerqué. Le agarré la barbilla para que me mirara a los ojos. No lo hice para lastimarla, sino porque quería que me pusiera atención.

—No es miedo, Génesis. Es que no sabes qué hacer con lo que sientes cuando estoy cerca. Tú sabes que conmigo estás segura, que nadie te molesta y que yo sí te escucho. Mañana a las siete nos vemos en la plaza. Tenemos que hablar claro de nosotros, porque yo no voy a seguir perdiendo el tiempo.

Ella se quedó quieta, sin quitarse. Yo sentía que por fin me estaba haciendo caso. Pero la alegría me duró nada.

—¿Mañana a las siete? —Esa voz salió de la oscuridad del local de al lado y me dio un frío en la espalda—. Tan lindo Malik, citando a la niña en la plaza.

Me volteé y vi a Valeria. Se acercó casi de prisa hacia nosotros, con una rabia que se le notaba a leguas. Al vernos ahí pegados a la moto, explotó.

—Valeria, no me jodas, ahora no es el momento —le dije, aguantándome las ganas de gritarle.

—¡A mí no me hables así! —gritó ella, y ya la gente de los otros locales que aún no habían cerrado y el jefe de Génesis se estaban asomando—.

Estoy cansada de tus cuentos. Te las das de muy serio regalándole cosa a la niñita esta, pero bien que me buscaste el otro día para meterte conmigo en la bodega. ¡Qué clase de hombre eres tú!

Sentí que me caía un balde de agua fría. Me quedé mudo. Miré a Génesis y ella me estaba mirando con una cara de asco que nunca le había visto.

Génesis no dijo ni una palabra. Abrió el bolso de cuero, sacó su billetera y sus llaves, y tiró el bolso al piso, justo en medio de la calle. El bolso sonó seco contra el cemento. Ella se dio la vuelta y salió corriendo, desapareciendo por la cuadra.

—¡Génesis, espera! —Traté de ir detrás de ella, pero Valeria me agarró del brazo con fuerza.

—¡Déjala que se vaya! —me gritó—. Ya ella sabe la clase de porquería que eres. Ahora todos lo saben.

Me solté de un tirón, casi tirándola al suelo. La rabia me nublaba la vista; no sentía ni una pizca de remordimiento, solo una furia ciega porque me había dejado como un payaso delante de todo el mundo.

—¡Eres una hija de puta, Valeria! —le grité, sin importarme que el jefe de Génesis y media calle nos estuvieran mirando—. ¡Te vas a arrepentir de haber abierto la jeta!

Ella se empezó a reír, una risa histérica y burlona que me hirvió la sangre.

Me di la vuelta y, antes de montarme en la moto, vi el bolso de cuero tirado en el cemento, sucio.

Me bajé, lo agarré del asa con fuerza —apretando tanto que los nudillos se me pusieron blancos— y me subí a la moto con el bolso prensado contra el tanque de gasolina.

El motor rugió y arranqué a toda velocidad, sin rumbo, esquivando carros y gente.

El viento me pegaba en la cara, pero no me enfriaba nada.

Me sentía agobiado. ¿A dónde iba a ir? ¿Dónde vivía esa niña?

Me di cuenta de que, por más que me la pasaba buscando la forma de que me hiciera caso, no tenía ni la menor idea de dónde se escondía cuando no estaba en el almacén.

—Esa malparida me las va a pagar —repetía a gritos, hablando conmigo mismo—. Me arruinó el momento, me dejó como un imbécil… ¡todo es culpa de esa loca!

En mi cabeza, no era culpa mía haber sido infiel. El problema era que Valeria era una traicionera y que Génesis era una exagerada. ¿Por qué se tenía que ir corriendo así? Si ella me quería, tenía que entenderme.

Me detuve en seco en una esquina y le di un puñetazo al espejo retrovisor de la moto. El vidrio estalló y me corté los nudillos, pero el dolor me dio igual. Miré la sangre goteando sobre el cuero del bolso que ella había tirado al suelo.

—No te vas a escapar así, Génesis —mascullé, con la respiración entrecortada—. Vas a tener que hablar conmigo, así no quieras.

No sabía dónde encontrarla, pero mi instinto me decía que mañana iba a volver al trabajo, o que alguien, tarde o temprano, me iba a decir dónde vive.

Me sentía como un animal acorralado por su propia arrogancia.

Estaba harto. Harto de que ella no me hiciera caso, harto de Valeria y harto de esta traga que me estaba volviendo loco.

Me pasé la mano ensangrentada por la cara, dejando un rastro rojo.

Mañana iba a volver al centro, pero no iba a ser el mismo Malik paciente.

Si ella pensaba que podía tirar mi regalo al piso y salir corriendo, estaba muy equivocada.

Yo no me quedo con la derrota. No me importa qué tenga que hacer o a quién tenga que presionar; la voy a encontrar, y le voy a dejar claro que a mí nadie me deja tirado en la mitad de la calle.