CAPÍTULO 14
Sacar a Damián de ahí no me costó nada. Ni siquiera tuve que molestar a mi tío; bastó con pasarme por la mueblería y hablar directamente con el dueño.
Ese viejo le debe favores a mi papá desde hace años por unos locales que le ayudamos a conseguir, así que cuando me vio entrar, se puso firme de una vez.
Solo tuve que decirle que necesitaba un favorcito: que mandara al pelado ese a otro lado porque me estaba estorbando.
El viejo no es bobo y sabe que no le conviene decirme que no a una pendejada como esa.
Al mediodía, el muerto de hambre de Damián ya no estaba en el almacén. Lo mandaron a cargar vigas de madera a un depósito en la otra punta de la ciudad. Estaría allá chupando sol, lleno de polvo y, lo más importante, bien lejos de ella por un par de días.
Ya no estaba Damián… pero igual yo sentía algo que no me dejaba tranquilo.
Entré al almacén pisando fuerte, como el que sabe que ya limpió el camino. Génesis estaba de espaldas, acomodando unos pantalones. Apenas me sintió, se puso rígida. No necesitó ni voltearse para saber que era yo el que estaba ahí.
—Parece que a tu ayudante estrella le salió un cambio de plan urgente —le solté, caminando hacia el mostrador del fondo como si yo fuera el dueño de eso—. Me dijeron que en la mueblería necesitan gente de verdad hoy. Una lástima, el pelado se veía muy eficiente.
Ella se volteó despacio. Tenía la cara roja y le temblaban las manos mientras se agarraba el suéter del uniforme.
Me miró un segundo, pero de una bajó la vista; me miraba los hombros, las manos, cualquier cosa menos los ojos.
Me daba una piedra que no fuera capaz de sostenerme la mirada ni dos segundos.
—No tenías por qué hacer eso, Malik —murmuró.
Su voz sonó bajita, como si tuviera un nudo en la garganta. Eso me cayó mal, porque me hizo sentir una cosa rara en el estómago, como si yo fuera el que estaba mal.
—¿Hacer qué? —Me apoyé en el mostrador, tapando con mi espalda la luz de la puerta para que las otras empleadas no vieran nada. La encerré con mi sombra—. Solo vine a ver cómo estabas. Aunque veo que cuando estás con otros sí te dan ganas de hablar.
Me incliné hacia ella, metiéndome en su espacio.
A mis diecisiete años, yo sentía que me llevaba el mundo por delante.
Siempre he tenido facciones difíciles de ignorar: ojos negros, cejas espesas y una mirada intensa que normalmente hacía efecto de inmediato.
Pero con Génesis era distinto. Mientras más la miraba, menos seguro me sentía de mí mismo.
—¿Por qué me huyes, Génesis? —le pregunté casi al oído. Me sentía mal, como si estuviera rogando algo que yo no debería rogar—. ¿Tan poquito te importo que ni me puedes mirar a la cara?
Ella dio un paso atrás hasta que pegó con los estantes. Se veía tan chiquita y frágil que por un momento me sentí culpable. Pero mi terquedad era más grande; necesitaba que me parara bolas, que dejara de verme como el vecino y me viera como alguien capaz de cualquier cosa por su atención.
—No es eso… —logró decir, apretando los puños. Respiraba cortico, como un pajarito asustado—. Tú no entiendes…
—¿Entonces qué es? —insistí, acercándome más. Sentía la tensión eléctrica entre los dos—. ¿Soy yo? ¿Te doy asco o es que prefieres a los peladitos de tu cuadra que no tienen dónde caerse muertos?
Levantó la vista de golpe y me sostuvo la mirada apenas un segundo, pero fue suficiente para dejarme con la sangre hirviendo.
No era la mirada de las otras muchachas que se derriten cuando me ven; la de ella era fría, esquiva, como si yo fuera un estorbo o algo que le diera fastidio.
Me dolió más que cualquier cosa. Yo, que estoy acostumbrado a que todas me busquen y me sonrían, no podía entender por qué con ella todo era tan complicado.
Parecía que quería decir algo, pero se quedó callada, dejándome con la palabra en la boca.
Yo, como un tonto, me quedé ahí parado sintiendo que el orgullo se me caía al piso.
No podía soportar la idea de que yo, Malik, no le gustara ni un poquito.
Eso no me había pasado nunca, y que me estuviera pasando con ella me estaba volviendo loco.
—Tú no entiendes nada de esto —dijo en un hilo de voz, y se me escapó por un lado del mostrador antes de que pudiera atajarla.
Se fue para el fondo, haciéndose la que buscaba algo en una caja vacía, y se notaba a metros que estaba temblando.
Me quedé ahí parado, con las manos hechas puños, sintiéndome como un estúpido.
Yo, Malik Murad, que podía tener a la que quisiera en esta pequeña ciudad5, estaba aquí rogando por la atención de una peladita que prefería esconderse antes que hablarme.
—Está bien —dije, elevando la voz para que me oyera bien entre las estanterías—. Si prefieres a los tipos que solo sirven para cargar cajas y no tienen donde caerse muertos, allá tú. Pero no creas que me voy a quedar de brazos cruzados viendo cómo pierdes el tiempo con cualquiera.
Salí del local con la mandíbula tan apretada que me dolían los dientes, ignorando los cuchicheos de sus compañeras.
El sol de la tarde me pegó en la cara, pero yo sentía un frío amargo en el pecho.
Me sentía derrotado, aunque, técnicamente, me hubiera salido con la mía.
Había quitado a Damián del camino, sí, pero el vacío que dejaba ese gesto era peor.
Había levantado un muro de cemento entre ella y yo.
Crucé la cafetería hasta el almacén de mi tío y me tiré en una silla, mirándome las manos.
Eran manos fuertes, las manos de un tipo que ya empezaba a manejar los negocios de la familia, pero en ese momento se sentían inútiles.
No servían para lo único que yo quería: forzarla a que me mirara como ella miraba a ese idiota de Damián.
—No sé qué es lo que te pasa, Génesis —pensé, sintiendo que la rabia me iba ganando el pulso. No la entendía. No entendía por qué, con toda mi plata, mi apellido y todo lo que yo le podía ofrecer, ella me tenía más miedo que respeto.
La frustración me bullía en la sangre. Ella sabía que me tenía loco, y ver que ella no se doblaba ante mis desplantes solo me daba más rabia.
Me sentía como un animal acorralado en su propia arrogancia.
Lo peor de todo no era que ella me rechazara; lo peor era darme cuenta de que, por más que intentara obligarla, ella me estaba ganando la partida por el simple hecho de no importarle un carajo quién era yo.