CAPÍTULO 13
El aire de la mañana olía a tierra mojada y a café quemado, pero yo tenía una mala espina que no se me quitaba con nada.
Llevaba largo rato parado en la acera, con un vaso de café tibio en la mano, mirando la calle sin hacer mucho, pero pendiente de todo lo que pasaba.
Había visto a Génesis entrar temprano al almacén, así que calculé que tendría un rato de tranquilidad.
Pero las cosas se estaban empezando a dañar.
Desde ayer, no dejaba de pensar en lo que Valeria me siseó al oído en la cafetería: eso de que los juegos se devuelven.
Cada vez que veía a Génesis, me preguntaba si ya sabría lo del almacén o si Valeria ya le habría soltado el veneno de que la usé para quitarme el mal genio.
Esa incertidumbre me tenía mal, me sentía inquieto.
A eso de las diez, la vi venir por el andén de enfrente.
Pero no caminaba con ese miedo que siempre ponía cuando yo estaba cerca.
Se veía relajada, casi contenta, y eso me cayó como una patada al hígado.
Y lo peor es que no estaba sola. A su lado iba un tipo que yo ya había visto antes por el centro.
Damián.
El man caminaba con una seguridad que me dio rabia de una vez, como si no tuviera nada que temer. Y ella, mi Génesis, le estaba devolviendo la sonrisa. Una sonrisa de verdad, sin asustarse, sin esconderse.
Sentí una acidez amarga que me subió por la garganta.
Tiré el café al piso sin que me importara manchar el cemento y arranqué de una.
Con lo alto y acuerpado que soy, mi sombra les tapó el espacio apenas me acerqué.
A mis casi dieciocho años, yo ya me veía mucho más hombre que ese pelado; se me notaba en el porte y en las ganas que tenía de armar un mierdero.
Crucé la calle directo hacia ellos.
—Hola —solté, atravesándome frente a ellos para hacerlos frenar en seco.
Génesis se detuvo de golpe. Se le borró la risa de la cara y se puso seria otra vez apenas quedó bajo mi sombra. Clavé los ojos en el intruso, mirándolo de arriba abajo con ganas de buscarle pelea.
Él era más bajo que yo, pero se veía fuerte, de esos que se la pasan cargando cosas pesadas todo el día. Lo que de verdad me calentó la sangre fue que, cuando nos quedamos frente a frente, el man no se achicó. Me sostuvo la mirada muy tranquilo, y eso para mí fue un insulto.
—¿Y este quién es? —pregunté, señalándolo con la barbilla y sin mirarlo a la cara.
Génesis tragó saliva, viéndose muy nerviosa por la diferencia de tamaño entre los dos.
—Es… Damián. Un amigo —balbuceó—. Me está ayudando con unos pedidos del depósito.
—¿Un amigo? —Ladeé la cabeza, mirándolo por encima del hombro—. Qué servicio tan bueno. No sabía que ahora dejaban entrar a la bodega a cualquiera que pase por la calle.
Damián dio un paso al frente, acercándoseme más. Aunque casi le pegaba el pecho al suyo, el tipo no bajó la cabeza. Tenía unos ojos claros, calmados, que ni parpadearon cuando traté de intimidarlo.
—Trabajo en la mueblería de la otra cuadra —dijo con una voz firme, sin que le temblara nada—. Vine a darle una mano con el peso. A las mujeres no se les deja cargando cajas solas, ¿no te parece?
Ese comentario me dio justo en el orgullo. Me incliné un poco hacia él, invadiéndole el espacio para que sintiera el peso de mi presencia, que casi siempre bastaba para que cualquiera bajara la cabeza.
—Lo que me parece —le siseé, bajando la voz para que sonara más peligrosa— es que hay gente que no mira por dónde se mete. Esto no es asunto tuyo.
Él sonrió. Fue una sonrisa chiquita, como si me tuviera lástima o como si mi tamaño no le importara nada.
—Bueno, voy entrando esto, Génesis. Te veo adentro —dijo él, dándole un toque suave en el hombro. Ese gesto me quemó los ojos.
Pasó por mi lado rozándome el brazo con el suyo, como retándome, y se metió al local. Me quedé ahí parado en la acera, sintiendo cómo el corazón me latía con fuerza en las sienes. Génesis lo miró un segundo antes de volverse hacia mí con una cara de cansancio que me dolió más que un puño.
—No tenías que ser así, Malik —susurró ella, y se metió detrás de él, marcando distancia conmigo.
No la seguí. Me quedé en la esquina de la entrada, mirando desde afuera cómo se movían los dos detrás del mostrador. Damián no era cualquier aparecido; ese man no se dejaba.
Me quedé ahí, pegado al vidrio, viendo cómo se movían los dos detrás del mostrador.
Damián se reía de algo que ella decía, y ese gesto me hirvió la sangre.
Ese idiota no era un aparecido cualquiera; era un tipo tranquilo, de esos que te sacan de quicio porque ni siquiera te tienen miedo.
Esa calma suya, tan opuesta a mi desorden, era lo que más me daba rabia.
Me sentí como un imbécil ahí parado, viendo cómo alguien más ocupaba el lugar que yo quería para mí.
La paciencia se me acabó en un segundo. Miré hacia el almacén de Valeria y, como me temía, ella estaba ahí, viéndolo todo con una sonrisa de burla.
Tenía a Damián metido en mi territorio y a Valeria observándome como si yo fuera un pobre diablo.
La rabia me subió por el pecho como un fuego que me quemaba, sin planes, sin ideas, solo con unas ganas inmensas de ir y romperle la cara a ese tipo para que dejara de sonreírle a ella.
No sabía qué iba a hacer. No sabía si entrar a gritarles o esperar a que el man saliera, pero una cosa sí tenía clara: no soportaba la idea de que ese tipo se le acercara, que la tocara, que fuera él quien la hiciera reír.
Me di la vuelta y empecé a caminar por la calle hecho un manojo de nervios, con los puños apretados dentro de los bolsillos.
Mi familia me enseñó que lo que es de uno se cuida y se respeta, y ver a Damián ahí, tan cómodo, era una falta de respeto que yo no iba a dejar pasar.
El instinto me decía que tenía que recuperar mi espacio, que tenía que sacarlo del camino como fuera.
Estaba tan desesperado y cegado por el orgullo que no me importaba si me echaban del almacén o si mi papá me daba una paliza; lo único que me importaba era que Damián supiera que se estaba metiendo en un terreno que no le pertenecía.