CAPÍTULO 12
Había algo en la forma en que Génesis sujetaba aquella bolsa, con un desinterés que me puso en alerta antes de que pudiera articular un pensamiento consciente.
Estaba a pocos metros, hablando con Nicolás en la esquina, pero el peso de su figura, apagada y ausente, hizo que mis palabras perdieran sentido.
Deseché la conversación con un gesto seco y, sin previo aviso, acorté la distancia que nos separaba hasta alcanzar su ritmo.
—¿Todo bien? —le pregunté pasito.
Ella parpadeó, como saliendo de un trance. Me miró con sorpresa, como si no esperara que nadie se fijara en ella en medio de esa tarde gris de diciembre.
—Sí… bueno, no mucho —admitió al fin. Su voz era un hilo fino, casi no se le oía.
No la presioné ni le hice mil preguntas. Simplemente seguí caminando a su lado en silencio. Pasamos varios locales hasta que, de pronto, ella misma empezó a hablar.
—Es que hoy ha sido un día difícil.
—¿Difícil por qué? —indagué, tratando de no sonar muy preguntón para no espantarla.
Se encogió de hombros, como si cargara mucho peso.
—Una clienta me reclamó por una tontería. Y yo… yo solo me quedé callada. Siempre me pasa lo mismo: me guardo las palabras y luego, cuando ya estoy sola, pienso en todo lo que debí decirle.
—Eso nos pasa a todos —le aseguré, acercándome un poquito más a ella—. Créeme, a mí también me ha pasado que me quedo mudo y después es que me vienen las ideas.
Ella soltó una risa cortica. Fue como un brillo en medio de su mal humor.
—Exacto. Justo eso.
Me sentí bien al oírla reír. Era como si por fin estuviera rompiendo ese muro que ella pone.
—¿Y el administrador? —pregunté—. ¿No te defendió?
Ella negó con la cabeza, resignada.
—Él ni se enteró. Tampoco quise decirle nada. Al final, prefiero guardarme las cosas.
—¿Y no te cansas de guardarte todo?
Me miró un segundo a los ojos antes de volver a mirar al suelo.
—Mucho. Pero no sé ser de otra forma.
Caminamos un trecho más. La calle estaba casi sola, solo se oía algún bus a lo lejos. No sé por qué, pero me dio por preguntarle:
—¿Siempre eres así? ¿Siempre aguantas más de lo que te toca?
Ella sonrió, pero era una sonrisa triste, que no parecía de una niña de su edad.
—Casi siempre. No es que yo quiera, es que no me gusta ser una carga para los demás con mis dramas.
—¿Y quién te dijo que escucharte es una carga?
Se detuvo en seco, como si mis palabras la hubieran frenado de golpe. Me miró con asombro y con una duda que se le empezaba a borrársele de la cara.
—Usted… siempre habla como si todo fuera más fácil de lo que es.
—No —le respondí, mirándola bien serio—. Sé que nada es fácil. Pero no tienes que guardártelo todo tú sola.
No me respondió enseguida. Apretó la bolsa y siguió caminando, aunque más despacio. Sentí que me estaba dejando entrar un poquito más en su mundo. Llegamos a la esquina de la cafetería frente al Banco Central.
—Vamos, te invito algo —le dije, empujando la puerta de vidrio.
Ella dudó apenas un segundo antes de entrar conmigo.
—Gracias por escuchar —murmuró al entrar.
El aire adentro estaba caliente y olía mucho a café. Génesis se puso a jugar con la cucharita contra la taza, y ese ruidito metálico era lo único que yo oía mientras me sentía nervioso.
Estábamos ahí, en ese momento que tanto me había costado conseguir, cuando miré hacia la puerta por puro instinto. Y la vi entrar: Valeria.
No entró a buscar mesa, entró buscándome con la mirada hasta que me encontró. Se acercó a nuestra mesa sin que nadie la invitara. Sentí un frío en la nuca.
—Hola —dijo ella, ignorando mi cara de pocos amigos.
Génesis levantó la vista, sorprendida, y se puso tiesa de una vez.
—Hola, Valeria.
—Qué raro encontrarse gente conocida fuera del trabajo —dijo Valeria, y sin esperar a que le dijéramos nada, agarró la silla vacía y se sentó.
Génesis apretó la taza con las manos. Ella es demasiado educada y Valeria lo sabía; la estaba obligando a aguantársela ahí sentada.
—¿Cómo estuvo el día? —preguntó Valeria, mirando fijo a Génesis.
Génesis me miró de reojo, como buscando una salida, pero yo estaba paralizado de la rabia y del susto. No supe qué hacer.
—Normal… —respondió Génesis.
—¿Seguro? —Valeria sonrió de una forma que me dio mala espina—. Supe que una clienta te armó un problema en el almacén. Las noticias vuelan, Génesis.
Me dio un pánico horrible. ¿Qué tanto sabía esta mujer? Mis manos, debajo de la mesa, estaban hechas puños. Sentía que en cualquier momento iba a salir a relucir lo que pasó en el almacén de ella.
—Fue incómodo —dijo Génesis—. Supongo que es parte del trabajo.
—La gente puede ser muy mala —respondió Valeria, fingiendo que le daba pesar—. Especialmente cuando se creen dueños de todo. Es como los hombres, ¿verdad? Creen que todo lo que tocan es de ellos.
Valeria dio un sorbo lento al café que acababan de servirle. Estaba jugando con nosotros.
—Malik siempre ha sido bueno para escuchar problemas —dijo ella, mirándome de frente con una cara de inocente que no tenía nada—. ¿Verdad, Malik? Tienes mucha experiencia con nosotras.
Ese “nosotras” me cayó como un golpe. Génesis alzó la mirada, confundida, buscando una explicación en mí.
—Solo soy un vecino atento —dije yo, con la voz toda ronca y rara—. Nada más.
Valeria se rió, pero no se le veía gracia en los ojos.
—Claro. "Nada más". Qué suerte tienes, Génesis. Tener a alguien tan… atento.
Ya no se podía ni respirar en esa mesa. Yo sentía un sudor frío bajándome por la espalda. Cada palabra que decía Valeria me hacía sentir que la verdad estaba a punto de salir. Me estaba poniendo muy ansioso.
Valeria se terminó el café con una calma que me desesperaba. Se paró y se arregló la blusa.
—Fue un gusto sentarme con ustedes —dijo, mirando a Génesis de una forma rara—. Nos vemos en el trabajo.
Pasó por detrás de mí y sentí el olor de su perfume, ese aroma barato que ahora me revolvía el estómago. Se agachó y me susurró al oído, tan bajito que solo yo escuché:
—Cuidado, Malik. A veces los juegos se devuelven.
Salió del local caminando con mucha provocación.
La campanilla de la puerta sonó cuando Valeria salió, pero el silencio que dejó atrás era mucho más ruidoso.
Me quedé mirando la entrada, mudo. Génesis me estaba mirando raro ahora; ya no era timidez, era una sospecha silenciosa.
Me estaba haciendo una pregunta con los ojos que no se atrevía a decir en voz alta, y yo, por primera vez en mi vida, me sentí desnudo.
El pánico me estaba ganando. Había cometido el error de creer que podía usar a Valeria, como si ella no tuviera voz ni memoria. Pensé que, por ser quien era —por mi apellido y mi plata—, las cosas siempre se iban a acomodar a mi favor. Qué estúpido fui.
Miré a Génesis. Ella esperaba que yo dijera algo, cualquier excusa barata que quitara la tensión que Valeria dejó regada en la mesa.
Pero por primera vez, no me salieron las palabras.
Me di cuenta de que mi pulso, el que siempre controlaba todo en el negocio y en la calle, ahora estaba temblando.
Me temblaban hasta las manos bajo la mesa.
—Malik… —murmuró ella, rompiendo el silencio—. ¿Ella qué quiso decir con lo de que tienes “experiencia”?
Sentí un vacío en el estómago. La miré y, por un segundo, me vi reflejado en sus ojos: un tipo que se creía mucho, pero que no era más que un muchacho metido en un problema que no sabía
cómo resolver. La rabia contra Valeria se mezcló con un miedo paralizante a perder lo que apenas empezaba a nacer con Génesis.
—Es una loca, Génesis —logré articular, con la voz más ronca y menos convincente que he tenido nunca—. No le hagas caso a lo que diga. Ella… ella es solo una empleada resentida.
Génesis bajó la mirada hacia su taza de café, que ya estaba fría. No me creyó ni una palabra, y eso me dolió más que si me hubiera dado una bofetada.
—No parece solo eso —dijo ella, con una madurez que me desarmó—. Tú te pusiste pálido, Malik.
Me quedé callado. No podía defenderlo. Me levanté de la mesa, sintiendo que el aire de la cafetería me asfixiaba.
—Vámonos —le dije, casi ordenando, porque era lo único que sabía hacer cuando me sentía acorralado.
Pagamos y salimos a la calle. El aire de diciembre, que antes se sentía sabroso, ahora era gélido.
Caminamos hasta la esquina del bus en un silencio que pesaba toneladas.
Yo quería decirle que no pasaba nada, que ella era lo único que me importaba, pero ¿cómo se lo decía después de que Valeria acabara de ensuciar todo?
Por primera vez, entendí que no era tan vivo como creía.
Me sentía como un muchacho que ha hecho una travesura muy grande y sabe que, tarde o temprano, la verdad le va a explotar en la cara.
Y lo peor de todo, es que sabía que cuando eso pasara, la que iba a salir lastimada no era Valeria, sino la única persona que yo quería cuidar.