CAPÍTULO 11
Después de la vergüenza del mirador, sentí que con Génesis nada me estaba funcionando. Marcaba la distancia y eso me desesperaba. Empecé a hacer cosas sin pensarlo mucho, solo quería que viera que conmigo las cosas eran a otro nivel, que yo podía darle lo que ella necesitaba.
Busqué un bolso de cuero legítimo, fino pero sencillo, de esos que resaltan por la calidad y no por el escándalo. Entré al local rápido y lo puse sobre el mostrador, justo donde ella siempre apoyaba sus cosas. Le dejé una nota cortica: “Pensé que te quedaría mejor este. —Malik”.
Me salí de una, con el corazón acelerado, esperando a ver qué hacía.
Se detuvo y, al ver el bolso, se le cambió la cara.
Lo agarró con cuidado, apretándolo contra el pecho como si fuera una joya, y lo acariciaba con una timidez que me enterneció.
Al rato, la vi salir a la calle caminando despacio.
Me acerqué, tratando de no intimidarla tanto esta vez.
—Malik… —susurró sin mirarme, claramente impactada—. Esto es demasiado. No puedo aceptarlo… no debiste. Es muy caro.
—Ey, no es nada —le dije, intentando que no se sintiera presionada, aunque me encantaba verla así—. Me nació hacerlo, ya. Te queda muy bien, no le des tantas vueltas.
Se veía abrumada y, en lugar de reclamarme, retrocedió hacia adentro de su local huyendo de mi mirada, pero esta vez con una suavidad distinta. No sabía si lo iba a usar, pero al menos ya no podía ignorar que yo estaba ahí, pendiente de cada detalle de ella.
Lo que no calculé fue que Valeria, desde la puerta del local de al lado, lo había visto todo.
Valeria, la muchacha con la que me había metido días atrás, se quedó quieta mirándome.
No me quitó la vista de encima mientras yo me alejaba.
Ella sabía perfectamente qué clase de bolso era ese y lo que significaba el regalo.
Para ella, ese detalle era la prueba de que yo estaba dispuesto a gastar plata en otra mientras a ella la usaba solo para un rato en la oscuridad del almacén.
Al final de la tarde, cuando ya estaba oscureciendo y el sol ponía la calle de un color naranja oscuro, la encontré cerca de la bodega de la calle de atrás. Ella no se movió cuando me vio llegar; se quedó ahí tiesa, con los brazos cruzados.
—Te gusta impresionar con regalitos, ¿no? —me dijo con una voz llena de rabia—. Se nota que te lo tomaste muy en serio con la niñita esa.
—¿De qué hablas? —le pregunté, haciéndome el que no sabía nada, lo que la puso peor.
—¡No seas cínico, Malik! —me gritó, acercándoseme a la cara—. Te vi. Es una empleada igual que yo. ¿Qué tiene ella que no tenga yo? ¿Acaso no te serví para lo que querías el otro día? ¿Por ella gastas plata y a mí me tratas como si fuera basura?
La agarré por la barbilla, obligándola a que me mirara. No la agarré con cariño, la apreté más fuerte de lo que debía.
—No enredes las cosas, Valeria. Lo que pasó entre nosotros ya pasó y punto —le dije, sintiéndome incómodo—. No te armes películas donde no las hay.
Ella trató de soltarse, llorando de la rabia y de la humillación.
—Vas a acabar con ella. Ella no es como nosotros, es una niña... y tú eres un tipo que se va a aburrir en un mes porque ella ni sabe cómo tratar a alguien como tú. ¡Solo la estás usando!
—Eso es problema mío —le dije, soltándola con desprecio, como si su indignación me diera asco—. Si no te gusta, pues de malas. Aprende tu lugar.
Valeria se quedó paralizada, temblando de puro odio.
Vi cómo esa mirada de mujer despechada se transformaba en algo más peligroso, una frialdad que no le conocía.
Se limpió una lágrima de rabia con el dorso de la mano y me clavó los ojos, no con tristeza, sino con una promesa muda. Se dio la vuelta y se fue.
Me quedé ahí, solo en la calle, con el olor a motor de la motocicleta y el calor de la tarde pegándoseme a la ropa.
Me sentía intocable, un tipo al que nadie le iba a decir cómo vivir.
Pensé que a Valeria se le pasaría el berrinche en cuanto se le enfriara la cabeza; después de todo, en este pueblo las cosas se olvidan rápido.
No tenía ni la menor idea de que, al humillarla, no estaba cerrando un ciclo, sino dándole la llave de mi propia perdición.
Me subí a la moto, el rugido del motor ahogó cualquier duda que hubiera podido tener, y aceleré, convencido de que yo siempre iba un paso adelante.
y yo, en mi arrogancia, no tenía idea de los problemas que eso me iba a traer.