CAPÍTULO 10
El aire en el mirador todavía me sabía a ella, una mezcla de rabia y una frustración que me estaba pudriendo por dentro.
Génesis se había ido otra vez, escapándose como si fuera cualquier aparecido, y sentía la mandíbula tan apretada que me dolía.
Bajé los escalones del edificio de dos en dos, con la sangre hirviendo; necesitaba quitarme de encima esa sensación de que ella tenía el poder, de que la chiquilla me estaba doblando el brazo.
Caminé entre la penumbra de los locales que bajaban sus esteras.
El ambiente estaba pesado, lleno de ese olor a ciudad vieja y encierro.
Casi por instinto, mis pies me llevaron al local de al lado del de Génesis, el que siempre estaba con la luz tenue.
La de los rizos estaba ahí, terminando de acomodar las últimas cosas.
Me había estado cazando la mirada durante semanas, buscando cualquier oportunidad para tener un "descuido" conmigo.
—Te vi —le solté, cortándole el paso justo cuando iba a cerrar la puerta.
Ella se quedó tiesa, con los ojos brillándole entre el deseo y el miedo. Ese miedo fue lo que me terminó de encender.
—Malik… ¿qué haces aquí? —dijo, con la voz entrecortada—. Ya me iba.
—Mejor —le dije, dándole un empujón suave pero firme para hacerla retroceder hacia el fondo.
La llevé hasta el rincón oscuro, donde las cajas de mercancía formaban un hueco que nos aislaba de todo.
No encendí la luz. Sabía que con el ruido de los carros y la música de la calle nadie oiría nada.
Saqué el preservativo y rompí el empaque con los dientes, sin dejar de mirarla, marcando territorio.
Ella me miraba con una intensidad que casi me daba fastidio.
—¿Estás seguro? —preguntó, intentando buscar mis ojos—. Tú eres… mucho para mí.
No le contesté. La empujé hacia atrás, obligándola a pegarse contra el muro de cemento frío.
Necesitaba esto: sentir algo real, algo que pudiera dominar, alguien que no me pusiera trabas.
La penetré con fuerza, sin preliminares, buscando en el choque contra la pared aliviar la frustración que me había dejado el rechazo de Génesis.
Ella soltó un jadeo ahogado contra mi cuello y sus manos se aferraron a mis hombros con desesperación, pero yo no respondí al gesto.
Me mantuve frío, con las manos firmes en su cintura, usándola como un instrumento para vaciar mi rabia.
El espacio era estrecho y chocábamos contra las cajas.
El sonido del impacto de su cuerpo y el roce de la ropa en la oscuridad me excitaba más que cualquier cosa.
Ella intentaba buscar mi boca, desesperada por un beso, pero yo le giraba la cara.
Me molestaba su necesidad. Yo no quería amor, quería que se me quitara esto.
—Malik… —gemía, con la voz quebrada—. Por favor…
Le agarré el pelo y tiré hacia atrás, obligándola a mirar la pared gris.
El sonido de su cabeza chocando contra el cemento en cada embestida me hacía perder la noción de todo.
No dije una palabra. No quería que ella creyera que esto significaba algo.
Solo quería que ella sintiera mi peso, que supiera quién mandaba ahí.
Ella se arqueaba, gimiendo mi nombre mientras sus uñas se me clavaban en la espalda, buscando una conexión que yo me negaba a darle.
Cuando sentí que el clímax me ganaba, apreté más, golpeando con fuerza hasta que ella soltó un grito que se perdió en la oscuridad.
Me solté de golpe, separándome de ella con un asco repentino.
Ella se quedó ahí, desplomada contra la pared, con los ojos vidriosos, esperando un gesto, una caricia, una palabra.
No la miré. Me sentía vacío. Me ajusté el pantalón con manos aun temblando de adrenalina y agarré el preservativo. Le hice un nudo apretado, como si así pudiera deshacerme de la mancha de lo que acababa de pasar, y lo tiré al baño. Escuché la cadena sonar y el agua llevarse todo al desagüe.
Salí del baño y ella seguía ahí, casi desnuda y temblando en la penumbra. Me daba igual lo que sintiera.
—No abras la boca con nadie —le ordené, con la voz fría como el hielo—. Olvida lo que pasó. Si alguien pregunta, te inventas cualquier pendejada.
Caminé hacia la salida sin mirar atrás. Escuché un sollozo bajito, pero no me detuve.
Abrí la estera metálica, salí a la calle y la dejé caer de un solo golpe, dejándola ahí encerrada en la oscuridad.
El frío de la noche me golpeó la cara, pero no me calmó.
Seguía sintiéndome igual de vacío. Había ganado, la había tenido, la había dominado...
pero en mi cabeza, la única imagen que se repetía no era el cuerpo de la que acababa de dejar ahí dentro, sino la cara de Génesis.
Pequeña, seria, inalcanzable. Ella era la única que no cedía, y eso me estaba consumiendo vivo.