CAPÍTULO 9
Los días después de la cita fueron un suplicio.
Por un lado, mi orgullo me decía que mandara todo al carajo y la dejara quieta; por el otro, no podía quitármela de la cabeza ni un segundo.
Lo peor era saber que tenía catorce años.
En mi mente, eso lo cambiaba todo: ya no era solo una vieja que se me resistía, era una chiquilla que no tenía ni idea de lo que estaba provocando.
Y esa ventaja —ser yo el que sabía cómo funcionaba esto— me daba una seguridad que, a veces, me daba asco.
Esa tarde me fui para el taller de "El Tuerto", el sitio donde el parche se reunía siempre a pasar el rato mientras el mecánico le echaba un ojo a las máquinas.
Yo casi no tenía idea de mecánica, pero me gustaba el ambiente: el olor a gasolina, el ruido de las llaves y la libertad de no estar bajo el techo del almacén.
Apenas llegué, los muchachos ya estaban ahí, tomando algo frío y esperando a que les entregaran las motos; apenas me vieron bajar, Javi empezó con la cantaleta.
—¿Qué pasa, Malik? Estás como ido, hermano. Desde la fiesta de Claudia no te veo una sonrisa —dijo Javi, mientras destapaba una gaseosa—. Oye ¿Y qué fue de la niña esa? ¿La de la fiesta? ¿La "peladita" esa callada? ¿Ya le diste cacería o se te quitó la obsesión?
Me quedé un segundo en silencio, apoyado contra la moto, sintiendo el calor del motor que acababa de apagar.
—Ya la encontré —solté, casi sin querer.
Los tres se miraron y soltaron una risotada.
—¡Habla serio! ¿Y? —preguntó otro—. ¿Ya hubo algo de algo? ¿Qué tal la niña?
Me encogí de hombros, tratando de poner cara de indiferencia, pero me salió un gesto amargado, una mueca que los dejó fríos.
—Está trabajando en el almacén de al lado —dije cortante—. Y no, no ha habido nada. La pelada es rara, hermano. A veces siento que ni me da la hora.
Javi se soltó a reír, pero con un tono que me empezó a calentar la sangre.
—¿Cómo así que no te da la hora? Malik, tú estás perdiendo el toque.
Estás hecho un soso, hermano. A ver si dejas de pensar en la niña esa y te enfocas, que te estás volviendo un aburrido.
Dicen por ahí que esas calladitas que se hacen las difíciles son las mejores cuando uno las pone contra la pared.
A ver si dejas de hacerte el interesante y haces lo que tienes que hacer.
Sentí una rabia caliente, un corrientazo que me subió desde el estómago. No era solo que hablaran de ella; era la forma en que la trataban como un trofeo barato, como si fuera cualquier cosa. Golpeé el tanque de mi moto con la mano, un sonido seco que hizo que Javi se callara de una vez.
—Cierra el pico, Javi —le solté, cortante, sin mirarlo.
Javi se quedó callado, sorprendido por mi reacción.
—¿Y ahora qué? ¿Te dio por ponerte de defensor de las niñitas? Es una pelada, man. Si te gusta, hazle lo que quieras y listo, no te me vengas a poner sentimental ahora que eso no te va.
Me subí a la moto de un salto, sin esperar a que el mecánico ni siquiera se acercara a mirarla.
Sentí que me estaban mirando al alma y que se estaban dando cuenta de que me estaba pudriendo por dentro por una cría que apenas sabía qué quería.
Toda la pose de "tipo duro" que me había montado se me estaba cayendo a pedazos frente a ellos.
—Me largo —dije, encendiendo el motor que rugió en todo el taller.
—¿A dónde vas, loco? ¡Apenas estamos empezando! —gritaron desde atrás.
No les contesté. Salí acelerando, sintiendo el aire caliente de la tarde pegarme en la cara.
Me sentía una basura. Me di cuenta de que ya no era el mismo: ya no podía reírme de los comentarios de mis amigos porque, aunque yo fuera un tipo de cuidado, con ella era distinto.
Mis manos, sobre el manubrio, sabían a dónde ir.
Necesitaba verla. Necesitaba confirmar que seguía ahí, que era real, que no me había vuelto loco.
No por juego; era porque necesitaba que ella fuera mi cable a tierra en medio de este desorden.
Llegué de nuevo al almacén de mi tío y la esperé apoyado en la puerta, con el corazón todavía acelerado por la rabia que traía del taller.
Cuando la vi salir con una carpeta y su botella de agua, supe que ya me había visto.
Caminaba rápido, como queriendo escaparse, como si supiera que yo no traía buenas intenciones.
—Oye —le dije, cortándole el paso con calma, aunque por dentro me quemaba la urgencia—. ¿Para dónde vas con tanta prisa?
Me miró con esos ojos grandes, como sorprendida de que estuviera ahí otra vez.
—A entregar unos papeles… —susurró—. Tengo que ir rápido.
—Te acompaño —le dije. No se lo pregunté, se lo afirmé.
Ella asintió apenas con la cabeza y empezamos a caminar.
Yo hablaba de cualquier cosa, soltando palabras para ver si así calmaba el zumbido que todavía tenía en los oídos por culpa de Javi, pero ella apenas me respondía con monosílabos.
Me di cuenta de que no servía de nada hacerle preguntas, así que simplemente me quedé caminando pegado a ella, necesitando que sintiera mi presencia, que supiera que yo no me iba a ir a ningún lado.
Cuando terminó de entregar sus papeles, ya no se veía tan apurada. Quizás aceptó que, hiciera lo que hiciera, yo iba a estar ahí de todas formas.
—¿Y ahora? —pregunté—. ¿Vas otra vez para el almacén?
—Sí… —pero no lo dijo muy convencida.
—Ven, quiero mostrarte algo.
No esperé a que me dijera que sí. La llevé hacia un callejón que subía a un mirador en un edificio viejo que casi nadie usaba.
Ella dudó un segundo, mirando hacia todos lados, pero me siguió.
Arriba corría un viento sabroso que quitaba el calor y se veía todo el río y los techos de las casas.
Ella se quedó calladita mirando el paisaje, como buscando una salida.
—Bonito, ¿verdad? —pregunté, aunque yo no estaba mirando el paisaje, sino que la miraba a ella, intentando descifrar por qué me afectaba tanto lo que otros pensaran de nosotros.
—Sí… —respondió en un susurro.
Me acerqué un paso más. Se sentía una tensión fuerte entre los dos, una cuerda a punto de romperse. Ella se dio cuenta de que estaba muy cerca porque empezó a respirar más rápido.
—Eres distinta a todas —le dije bajito, casi al oído, descargando en ella la confusión que me habían dejado mis amigos—. Y no sé si me gustas porque me complicas todo… o porque ya no puedo dejar de buscarte.
Ella no dijo nada. No se defendió ni se rió. Solo se quedó mirando al vacío, como si no supiera qué decir o como si el miedo la hubiera congelado. Sentí que por fin estaba logrando algo, pero de repente ella dio un paso atrás y rompió el momento.
—Me tengo que ir —murmuró. Y salió huyendo sin mirar atrás.
Me quedé ahí, solo.
Había forzado el encuentro y me le había acercado más que nunca, pero otra vez se me había escapado.
Me pasé las manos por la cara, frustrado.
No tenía ni idea de qué estaba haciendo.
Un minuto me sentía el tipo más seguro del mundo, con la arrogancia que me daba mi apellido y el respeto que le tenían a mi familia en el centro, y al siguiente, esa niñita de catorce años me dejaba como un bobo en mitad de un callejón.
Me daba una rabia que no sabía dónde poner.
¿Por qué se me escondía? ¿Por qué me miraba con ese miedo que me hacía sentir tan mal y tan bien al mismo tiempo?
No había planeado nada de lo que pasó; simplemente, cada vez que la veía, mi cabeza se apagaba y mi cuerpo tomaba el control.
No pensaba en las consecuencias, ni en que ella era menor, ni en lo que diría mi papá si me viera acorralándola en un mirador.
Solo pensaba en que ella era la única cosa en este pueblo que no podía controlar, y eso me volvía loco.
Estaba harto. Harto de todo, harto de los negocios, harto de tratar de ser el tipo que todos esperaban que fuera.
Génesis era mi salida, mi desorden, mi capricho.
Y aunque no tuviera ni idea de hacia dónde me estaba llevando este desastre, una cosa sí la tenía clara: no me iba a quedar tranquilo hasta que ella dejara de verme como a un extraño y me viera como lo que yo creía ser.
Aunque para lograrlo tuviera que volver a cometer otra estupidez mañana mismo.