CAPÍTULO 8
El sábado cayó sobre Puerto Magara con una pesadez húmeda.
Aún sentía el eco de la humillación del día anterior —el orgullo destrozado, la rabia de que ella me hubiera puesto en mi sitio—, pero esa misma furia me empujaba a demostrarle quién mandaba.
Tenía las manos sudando mientras ajustaba los retrovisores de la moto, un nerviosismo que me quemaba por dentro.
Había elegido 'Bravío' porque era el sitio donde se sentía el poder; mesas de madera maciza, faroles con luz tenue y esa música suave que, según yo, era el escenario perfecto para llevarla a mi terreno.
Hoy te bajo la guardia, Génesis, me repetía, tratando de recuperar esa seguridad de 'tipo duro' que, a pesar de todo, seguía siendo mi única armadura.
Cuando la vi bajar del bus, el ruido del tráfico se quedó en un segundo plano.
Venía vestida con una sencillez que me descolocó: casi nada de maquillaje ni accesorios costosos.
Caminaba por la grava del parqueadero con los hombros hundidos, como si intentara esconderse de los faroles del restaurante.
Me acerqué, sintiendo un zoológico de mariposas furiosas en el estómago.
Al verla ahí, tan pequeña y ajena a todo, sentí que la rabia que traía desde ayer era un desperdicio; una carga absurda que no tenía dónde descargar porque ella ni siquiera sabía que yo estaba librando una guerra contra ella.
—Hola… —soltó ella, bajando la cabeza antes de que pudiera responder.
—Hola —dije, forzando una sonrisa que esperaba que pareciera más relajada de lo que me sentía—. Qué bueno que viniste. Te estaba esperando.
La llevé adentro. El mesero nos guio hasta una mesa cerca de la ventana.
Cuando le alcancé la carta, noté cómo sus dedos, finos y un poco temblorosos, apenas rozaron el papel.
Se quedó mirando el menú con una expresión de confusión que me dio una punzada de ternura, pero, sobre todo, una reafirmación de mi propio ego.
—No sé… —dijo finalmente, mirándome de reojo—. Todo se ve muy rico, pero es que yo casi nunca salgo a sitios así. Es mi primera vez en un restaurante de verdad.
Sus palabras me dejaron desconcertado. La miré de arriba abajo, buscando una explicación a esa confesión.
Génesis tenía una presencia limpia, una cara que llamaba la atención sin necesidad de nada extra; para mí, no encajaba que alguien con ese estilo no hubiera estado nunca en un sitio como este.
¿Será que no le gusta salir? ¿O es que en su casa son demasiado conservadores?
, me pregunté, descartando de inmediato cualquier otra posibilidad.
Me incliné hacia adelante, invadiendo su espacio personal a propósito, necesitando ver qué pasaba si la acorralaba un poco con mi presencia.
—Pues es el mejor momento para empezar —bajé el tono, haciendo que la distancia entre nosotros se volviera eléctrica—. Pide lo que quieras. Lo que se te antoje.
—No, no… yo soy sencilla, con cualquier cosa está bien. No quiero pedir mucho.
—A ver, no te voy a dejar comer "cualquier cosa" —le dije bromeando, y ella soltó una risita que me hizo sentir que iba por buen camino—. Confía en mí, te voy a pedir algo que te va a encantar.
Pedimos la comida y traté de sacar conversación para que se relajara.
—¿Y cómo estuvieron las clases?
—Bien… —dijo, jugando con el cubierto—. Aunque a veces me cuesta mucho las matemáticas. Son demasiados números y me siento perdida, pero ahí voy intentando no quedarme atrás.
—Yo también odiaba las matemáticas —le confesé, para que viera que teníamos cosas en común—. Si hubiera dependido de los números, todavía estaría repitiendo curso.
Ella levantó la mirada, sorprendida.
—¿Usted perdió materias? No me lo imaginaba.
—¡Varias! —le dije soltando una carcajada—. Y mi papá me regañaba horrible. Decía que si no aprendía de números no iba a servir para un carajo.
Por primera vez ella se rió de verdad, sin miedo. Esa risa le iluminó la cara y me hizo sentir muy bien.
—Yo pensaba que usted era de esos estudiantes perfectos que no tienen ningún problema —dijo ella, soltándose un poco más.
—¿Perfecto yo? Para nada… —la miré fijo un momento—. Lo único que me está saliendo bien es estar aquí contigo.
Ella bajó la cabeza rápido, escondiendo una sonrisa con las manos porque se puso roja otra vez. Yo sentía que por fin estaba logrando que confiara en mí.
El diálogo fluyó entre lo banal y lo incómodo. Ella seguía riendo bajito, cubriéndose la boca, y por un momento, me olvidé de que ella era el "reto". Me sentí el tipo más afortunado del puerto. Hasta que la conversación, sin yo buscarlo, se estampó contra la pared
—¿Cuántos años tienes, Génesis? —pregunté, esperando un número cercano al mío.
Ella se quedó quieta. Sus ojos oscuros se clavaron en los míos, sin ninguna señal de la timidez que había mostrado antes.
—Cumplí catorce hace seis meses. Catorce años, Malik.
El aire en el restaurante se volvió denso.
Sentí un golpe seco en el estómago, como si me hubieran quitado el suelo bajo los pies.
Me quedé con el cubierto suspendido, sintiéndome, por primera vez en mi vida, el mayor de los idiotas.
Catorce. La palabra resonó en mi cabeza con una carga que no pude ignorar.
Recordé mis pensamientos de hace unos días, lo mal que me comporté, ayer, la forma en la que mil veces me la cogí en mi mente...
un sudor frío me bajó por la espalda. Yo, el "tipo grande", el "hijo del dueño", sentado frente a una niña que apenas estaba empezando a entender cómo funcionaba el mundo.
—Catorce… —repetí, probando la palabra, tratando de que mi voz no sonara quebrada—. No pareces. Te ves… mucho más madura.
Ella bajó la mirada, hurgando en su plato con el tenedor.
—Eso me dicen siempre —respondió con una tristeza que me removió las tripas—. A veces quisiera no parecer tan desarrollada. Las miradas de los hombres en la calle me hacen sentir mal, Malik. Son muy pesadas.
En ese instante el celular vibró sobre la mesa, aterrizándome de golpe; era mi padre, reclamando por una vaina de las bodegas.
Tuve que pararme, alejarme hacia el jardín para contestar.
A través del cristal, la vi allí sentada, tan pequeña bajo la luz cálida de los faroles.
Se le cayó un poco de salsa en la falda y se puso a limpiársela a las carreras, desesperada, mirando a todos lados por si alguien la juzgaba.
Me dio una lástima que me revolvió el pecho.
Una urgencia, que nunca antes había sentido, de interponerme entre ella y el resto del mundo.
Cuando volví a la mesa, ella me miró con una inseguridad que me desarmó.
—¿Usted… por qué me invitó? —preguntó de repente.
—Porque desde aquella fiesta no he podido dejar de pensar en ti —le dije, y me sorprendió que, por primera vez, no fuera una frase armada para convencerla—. Me dio mucha curiosidad ver a una muchacha tan especial apartada de todo el mundo.
—Yo no estoy acostumbrada a esto —murmuró—. A que se fijen en mí. Me da un poquito de miedo.
—¿Miedo por qué?
—No sé. Es raro, pero bonito.
Me miró a los ojos y todo mi plan de "conquista" se desmoronó.
No era una conquista. No era un juego. Sentí una rabia hirviente conmigo mismo por haberla querido tratar como una distracción más hasta que me aburriera, olvidando que en mi vida no hay espacio para finales felices, solo para el que tengo impuesto.
Al final, la llevé a la esquina para el bus.
Me quedé con ganas de más, pero el peso de la realidad me tenía los brazos amarrados.
Nada de besos. Nada de los planes sucios que traía en la cabeza desde que salí de casa.
Solo un "gracias, Malik" antes de subirse al bus y desaparecer en la noche de Puerto Magara.
Me quedé solo, bajo el alumbrado público, con los puños apretados.
El silencio de la calle era absoluto. Había planeado una noche de victoria, y me iba con un vacío en el pecho que no sabía cómo llenar.
Con ella no era igual; nunca lo sería. Estaba jodido, metido en un juego donde las reglas me habían cambiado en la cara.
Y mientras me subía a la moto, tuve la certeza de que ya no había vuelta atrás: Génesis ya me tenía, aunque ella ni siquiera supiera cómo.