CAPÍTULO 7
El viernes, el sol de diciembre era una bofetada.
No aguanté estar encerrado; salí y me planté frente a la cafetería, buscando el maldito ángulo para verla.
Ahí estaba Génesis, en la vitrina del local de al lado, acomodando unos zapatos rojos con una lentitud que me encendía la sangre.
¿En serio se pensaba que el mundo iba a esperarla?
De repente, sentí un roce en el hombro. era Valeria, la muchacha del almacén vecino, la de los rizos; se pegó a mí invadiendo mi espacio con esa confianza que solo tienen las mujeres que te llevan unos años.
Me lanzó una mirada cargada, de esas que ella me venía dedicando desde hacía semanas entre risitas y provocaciones que ya me tenían harto.
—¿Qué haces tan solo por aquí, Malik? —me dijo, con esa voz dulce y empalagosa—. ¿No tienes nada mejor que hacer que mirar vitrinas?
Le respondí con una sonrisa automática, de esas que regalo sin pensar, y le guiñé un ojo.
Era tan fácil. Todas ellas me buscaban, me regalaban sonrisas e inventaban cualquier vaina para provocarme o tocarme.
Pero mi mirada, casi por inercia, se escapó de la de rizos y se clavó de nuevo en Génesis.
Y ahí estaba el contraste que me ponía de mal humor: mientras las otras se ofrecían en bandeja, ella prefería que se la tragara la tierra antes que reconocerme.
La rabia y el deseo me dieron una descarga. Me valió madre el protocolo y entré al local de ella con esa confianza de quien sabe que manda.
—¿Sigue en pie lo de mañana, Génesis? —le solté bajito, apenas estuve a un metro.
Era la primera vez que decía su nombre frente a ella. Génesis. Sentí un corrientazo que me bajó por la espalda. Ella se puso derecha de una vez, tratando de disimular que le temblaban las piernas.
—Dije que sí, Malik —murmuró ella, mirando al suelo, con la voz temblorosa—. Pero... no tenías que venir hasta acá. La gente está mirando.
—Es que me gusta estar seguro —le respondí, acortando la distancia—.
Me gusta tener las cosas claras. Además, me han dicho que eres muy reservada, pero conmigo no tienes que hacerte la difícil.
Si los dos sabemos a qué estamos jugando, ¿para qué perder el tiempo después de la cita?
¿O es que vas a esperar a que te lo pida cien veces para soltarte?
Génesis dio un paso atrás, chocando contra el mostrador. Sus ojos se llenaron de lágrimas contenidas de pura impotencia y vergüenza. Se veía pequeñísima, asustada, con las manos apretando el borde de su camiseta.
—¿A qué "jugamos", Malik? —preguntó ella, con la voz quebrada y un nudo en la garganta—. ¿Por qué me hablas así? Yo no soy... yo no soy lo que usted cree.
Me reí, tratando de quitarle peso, aunque verla así, tan asustada, me hizo sentir un chispazo de culpa que intenté enterrar rápido.
—Tranquila, mujer, no te pongas así de intensa. Solo decía las cosas como son. ¿O me vas a decir que eres una santa?
Ella se secó los ojos, mirándome con rabia pura.
—No es que sea una santa —dijo ella, con los ojos brillando de enojo y miedo a la vez—. Es que no me conoces de nada. Eso no se hace. Si me vas a tratar así, mejor ni me busques más.
Me quedé de una pieza. Nunca nadie me había bajado los humos así.
Sentí que el calor me subía por el cuello hasta las orejas.
Me sentí pequeño, como un estúpido que acababa de quedar en ridículo frente a las otras empleadas, incluida la de los rizos, que todavía me observaba con picardía desde el andén.
Quise hacerme el grande, el tipo que se las sabe todas, y ella me había puesto en mi sitio, tratándome como si fuera un aparecido cualquiera.
—Mañana a las siete —dije, con la voz trabada, tratando de esconder que me acababa de dar una bofetada—. En Bravío. Te busco en la esquina de la plaza.
Ella se quedó mirándome en silencio, con el labio temblando, todavía procesando el mal rato que le acababa de hacer pasar.
—Siete —dijo ella, casi en un susurro, y se dio la vuelta rápido para seguir doblando pantalones, evitando que le viera la cara.
Salí del local hecho una furia. Caminando con los puños apretados, Percibí la mirada de Valeria desde la puerta del almacén de al lado, esperando quizás una de mis sonrisas de siempre, pero no le regalé ni un segundo de atención.
Pasé frente a ella como si fuera una sombra; mi cabeza estaba en otro lado.
Sintiendo que me ardía la cara. Por dentro, una voz me gritaba que la mandara al diablo, pero otra parte de mí estaba babeando por ella.
Me acababa de frenar en seco y, en lugar de odiarla, lo que sentía era una necesidad urgente de volver a verla para demostrarle, de alguna forma, que no soy alguien a quien pueda cuestionar.
Estaba picadísimo, con el orgullo destrozado y, al mismo tiempo, más enganchado que nunca.