Mi Ángel nº 1 CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

Diciembre llegó a Puerto Magara como una bofetada de calor seco.

El centro era un hervidero de gente, ruido y ese olor a pólvora que te taladra la cabeza.

Yo estaba ahí, tras el mostrador del almacén, fingiendo que cuadraba unos estuches de relojes.

Tenía el aire acondicionado dándome de lleno, pero nada enfriaba esa combustión que sentía en el pecho.

Estar encerrado mientras el resto del mundo vivía, mientras yo, el hijo del dueño tenía que "dar el ejemplo" tras un mostrador... era una tortura.

Entonces, la vi.

El ruido de la calle se apagó de golpe, como si la realidad se hubiera quedado sin aire.

Ahí estaba ella, saliendo del local de al lado, cargando unas bolsas que la hacían encorvarse.

Génesis. El nombre me sabía a veneno y a gloria al mismo tiempo.

Por un momento dudé, pero cuando el sol le pegó en el pelo, supe que era ella.

Llevaba una blusa sencilla, clara, que difería con esa piel trigueña que parecía pedir a gritos que la tocaran.

Su cara era lo más peligroso: tenía esos rasgos dulces, casi de niña buena, tan inofensiva, que contrastaba con un cuerpo que ya no tenía nada de infantil, y una presencia que atraía a los tipos como si fuera un imán.

Ver cómo los demás la miraban me encendió una rabia ciega.

¿Quiénes se creen que son para mirarla así?

¿Acaso no ven que es mía? Sí, mía, aunque ella ni siquiera supiera que yo existía.

Eso era lo que más me jodía: esa forma de caminar mirando al suelo, como si el mundo le estorbara, como si fuera intocable.

Fue entonces cuando la vi ajustarse el uniforme: la camiseta de refuerzo navideño del almacén de al lado.

El corazón me dio un vuelco distinto. No era una forastera.

Vivía aquí, trabajaba a la vuelta y me habían tenido meses perdiendo el tiempo, como un idiota, buscando respuestas que estaban frente a mis narices.

La mentira de Claudia me quemó el pecho; me habían visto la cara de pendejo.

Durante días me volví un experto en el arte de la vigilancia barata.

Salía a la puerta a "tomar aire" hasta que me ardía la piel por el calor insoportable, solo para ver si un destello de ella pasaba entre el gentío.

Hasta que una mañana, el destino me hizo el favor: entró a una cafetería solitaria.

No lo pensé; el instinto me pudo más que cualquier pizca de sentido común.

Entré detrás de ella, sintiendo el pulso golpeándome las sienes.

Estaba de espaldas, contando unas monedas con una torpeza que me pareció fascinante.

Se veía tan frágil que, por un segundo, quise acercarme y rodearla, marcar territorio.

Cuando se volteó y sus ojos chocaron con los míos, El tiempo se detuvo, qué estupidez, pero así se sintió.

Sus pupilas, negras y profundas, me desafiaron sin querer.

—¿Te acuerdas de mí? —susurró. Soltó en un susurro que me erizó la piel.

Se estaba mordiendo el labio, temblando. Sigue, sigue mordiéndotelo, pensé, mientras sentía una urgencia oscura por humillarla un poquito, solo por haberme tenido tan loco todos estos meses. Me hice el desinteresado, para ver hasta donde llegaba.

—No sé… —dije, con una calma que me costaba fingir.—. Creo que sí… ¿de dónde es que nos conocemos?

La vi desmoronarse. Se puso roja, canceló su pedido con torpeza, huyendo con una vergüenza de mi mirada.

Fue patético y, a la vez, adictivo. Pero cuando la vi salir, me dio un arrepentimiento de lo más estúpido.

¡Qué imbécil fui! La tuve servida y la dejé ir.

Mi orgullo, ese que siempre me decía que yo estaba por encima de todos, empezó a sangrar.

Pasaron dos días de imaginarme mil formas de hacerla pagar por ignorarme. Cuando la encontré cruzando la calle, cargando una caja que parecía pesarle una tonelada, no lo dudé. Me le atravesé sin anestesia, bloqueándole el paso, obligándola a sentir que yo ocupaba todo su espacio.

—¿Otra vez trabajando tan temprano? —le solté, lanzando el anzuelo con esa sonrisa que ya me había funcionado con mil más.

Ella se detuvo. Pero esta vez no hubo timidez. Sus ojos estaban fríos, distantes, como si me viera a través de un vidrio grueso. ¿Cómo se atreve?, me grité internamente. ¿Cómo puede mirarme así, como si fuera un don nadie?

—Sí, es temporada —respondió cortante—. Hay que aprovechar.

—Claro… —me acerqué un paso, invadiendo su burbuja, necesitando que sintiera mi presencia, que se diera cuenta de quién era yo—. ¿Y si un día de estos te invito a un helado? Para que me perdones que no te "reconocí" el otro día.

La respuesta me cayó como un baldado de agua fría:

—Ah… no te preocupes. Pero no puedo, no tengo tiempo. Otro día será.

Y se fue. Me dejó ahí, con la palabra en la boca y el ego hecho pedazos. ¿Quién se creía? ¿Quién es esta aparecida? Todas las demás estaban siempre buscando mi atención, orbitando como planetas alrededor mío, y ella… ella me miraba como si fuera un estorbo en su camino.

Regresé al almacén echando chispas, organizando los estuches con una fuerza que casi los rompo.

La rabia me quemaba el pecho, una rabia que, por primera vez, no era de odio, sino de un hambre jodida.

Ella era el primer misterio de mi vida que no se iba a resolver con un chasquido de dedos.

Y aunque me estuviera volviendo loco de impotencia, mientras me miraba las manos temblorosas de pura adrenalina, me di cuenta de lo que pasaba: me encantaba.

Me encantaba que fuera la única que no me daba ni cinco de importancia.

Esa frialdad era el anzuelo más grande que me habían puesto en la vida.

Y yo, que nunca me quedaba con las ganas, me juré ahí mismo que esa nena iba a terminar sabiendo exactamente quién era Malik Murad.

La iba a doblegar, no por amor, sino porque no soportaba perder.