CAPÍTULO 4
Los meses pasaron volando, pero no en el buen sentido.
Cuando me vine a dar cuenta, ya estaba parado en el patio del colegio, oyendo por última vez el timbre que tantas veces maldije.
A mi alrededor, todos estaban en otra: que si la universidad en Barranquilla o Cartagena, que si se iban de la villa portuaria para siempre.
Yo no. A mí la vida me la tenían lista en una bandeja de plata: los negocios de la familia.
Aunque yo, por dentro, lo único que quería era largarme con mi guitarra, con las luces quemándome la cara y el eco de mi voz retumbando en un escenario de verdad.
Cada vez que tocaba, se me borraba el apellido y el peso de mi padre, pero para ellos, eso no era más que un pasatiempo de pelado sin oficio.
Una noche, mientras guardaba la guitarra en el patio, mi papá se me acercó. Tenía esa forma de caminar que me ponía los pelos de punta.
—¿Ya terminaste de perder el tiempo? —me soltó sin anestesia.
—Ya casi.
—Bueno —se cruzó de brazos—. Porque mañana empiezas en el almacén de tu tío a primera hora.
Lo miré con mal humor, pero me aguanté.
—¿Ya? ¿Tan rápido?
—Tienes diecisiete años, Malik —me soltó—. Ya jugaste bastante, es hora de que te hagas hombre.
Me dieron ganas de decirle que se metiera sus almacenes por donde no le diera el sol, pero me tragué la rabia.
Él empezó con el discurso de siempre: que el bisabuelo llegó con una mano adelante y otra atrás, que el solazo, que el sudor...
Yo solo miraba el suelo, pensando que preferiría estar picando piedra antes que vender camisas de seda a gente que me cae mal.
No hubo forma de pelear. Mis hermanos y yo sabíamos que al crecer nos tocaba el "rito de iniciación" en los almacenes o las bodegas.
No importaba cuánto soñara yo con ser músico; mi realidad ahora eran las vitrinas y la disciplina del mostrador.
Ese diciembre de 2004, me clavé en la boutique de mi tío Ibrahim, en todo el centro. Aquello era otra vaina: un olor empalagoso a colonia importada, camisas de marca y gente con cara de que no rompen un plato, viniendo a gastarse plata que a veces ni tenían, solo por puro ego.
—Llegaste tarde —me soltó el tío Ibrahim, sin siquiera despegar la vista de sus libros de cuentas.
—Son las ocho, tío —le dije, ajustándome la camisa que me quedaba un poco apretada.
—Aquí se madura antes que el sol, muchacho. Muévete.
El ambiente era una pesadilla. El tintineo de las joyas, el aire acondicionado a toda mecha y clientes exigentes que me miraban como si fuera un esclavo. "Aprende a leerlos, Malik", me decía un vendedor veterano. ¿Leerlos? ¿Para qué? Todos querían lo mismo: parecer más de lo que eran.
Pero entre venta y venta, mientras doblaba camisas y organizaba relojes, mi cabeza volaba a la misma parte de siempre. Génesis. Me descubría buscándola en cada muchacha que entraba por la puerta. ¿Qué hacía ella ahí? ¿Sería capaz de entrar en un sitio tan superficial como este?
—¿Qué te pasa, Malik? ¿Estás pensando en la inmortalidad del cangrejo o qué? —me bromeaban los otros vendedores.
—Vainas mías —respondía, dándoles la espalda.
Terminaba los días molido, con la espalda hecha un trapo. Pero esa obsesión seguía ahí, quemándome. Estaba seguro de que, en medio de todo ese desorden, la vida me tenía que soltar una señal. Y cuando me la soltara, ya veríamos quién era el que mandaba.