Mi Ángel nº 1 CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Las semanas pasaron y la rutina del colegio se volvió una tortura: aguantar a los profesores, el olor a sudor en la cancha de cemento y las mismas historias de siempre con los mismos bobos de siempre.

Por fuera, yo seguía en la mía, pero por dentro, la "aparición" esa seguía ahí, como una mancha que no se quita.

Ya no estaba tan desesperado, o eso me decía para no quedar como un loco, pero apenas bajaba el ritmo, ahí estaba: la cara, el pelo negro, la timidez que me tenía los nervios de punta.

El viernes, el calor en Puerto Magara estaba insoportable.

Parecía que el aire se iba a prender fuego.

Nos paramos en la tienda de la esquina, con las cervezas sudando en las manos y el ventilador viejo de la pared haciendo más ruido que aire.

El Gordo llegó con esa cara de que traía algo entre manos.

—Tengo algo —soltó el muy malparido a penas se sentó.

Se tomó su tiempo, haciendo el show, y yo sentí que la sangre se me subía a la cabeza.

—Suelta ya, Gordo. No me hagas perder la paciencia —le dije, aunque traté de que sonara casual.

El Gordo se terminó la cerveza de un solo trago, se limpió la boca con el dorso de la mano y se inclinó hacia adelante.

—Se llama Génesis.

Génesis. El nombre me golpeó como un trago de ron barato. Lo repetí en mi cabeza, buscándole el sabor. Era extraño, diferente a todas las que conocía. No era un nombre que hubiera escuchado antes en Magara.

—Génesis… —dijo el Flaco, soltando el humo—. Está bacano. Raro. Como ella.

Sentí una ansiedad brava, como si me hubieran dado una pieza de un rompecabezas que no tenía ni idea de cómo armar.

—¿Y qué más te dijeron? —pregunté, sin poder aguantarme—. ¿De dónde es? ¿Por qué estaba con la tía de Claudia?

El Gordo hizo una mueca de fastidio y me miró como si fuera un intenso.

—Nada más, manito. La cuñada no soltó nada. Solo me confirmó el nombre y que era una invitada de la tía. Ni apellido, ni barrio, nada. Me tocó dejar de preguntar porque la tipa se puso desconfiada y me preguntó si es que a mí me gustaba la pelada. Me tocó inventar que era por otra cosa.

Me eché hacia atrás en la silla de plástico, sintiendo una rabia que no era rabia, era una necedad que me picaba por dentro. Un nombre no era nada, pero al menos ya no era una sombra.

—¿Y de qué te sirve el nombre, Malik? —se burló Javi—. Si no sabes ni dónde vive, ni en qué colegio está. Te vas a volver un bobo escribiendo el nombre en el cuaderno como un quinceañero enamorado.

Me le quedé viendo con ganas de darle un manotazo.

—Sirve para saber que es real, Javi. Ya deja la joda.

Me siguieron montando la perseguidora un rato largo, diciéndome que si le iba a escribir poemas o si iba a buscarla en el Messenger hasta que me quedara ciego.

Yo me reía con ellos, pero por dentro estaba en otra parte.

Cuando al fin pude salir de ahí y caminar a mi casa, el aire de la noche me pegó distinto.

Llegué al cuarto, tiré la mochila al suelo y abrí el cuaderno de física.

En la última hoja, lejos de las fórmulas y los dibujos aburridos, escribí su nombre: Génesis.

La letra me salió fuerte, casi marcando el papel.

Me quedé mirándolo bajo la luz amarilla del bombillo, con el corazón acelerado, como si al escribirlo la estuviera invocando.

Pero los días pasaron y Génesis no apareció.

Me puse a jugar al detective como un imbécil.

Me la pasaba pendiente de cualquier carro que no fuera de aquí, me daba vueltas por las casas de las tías de Claudia, preguntaba con disimulo en el colegio...

y nada. Era como si la tierra se la hubiera tragado.

Cada vez que pasaba por la Villa o veía a alguien que me recordaba a ella, me daba una rabia interna que no podía explicar.

Pero la suerte es una perra. La otra tía de Claudia, Socorro, la que siempre estaba pendiente de todo lo que pasaba en el puerto, se enteró de que yo andaba preguntando por la "pelada de la fiesta" y no perdió tiempo para ir a prender el ventilador en casa de Claudia.

Ese mismo día, apenas sonó el timbre de salida, Claudia me bloqueó el paso hacia la cancha de fútbol.

No era la de cemento donde todos hacían bulla, sino la de grama natural, allá al fondo, donde el terreno se pierde y empieza la ciénaga.

Estábamos solos, con el sol de la tarde cayendo a plomo sobre el agua quieta y el olor a tierra mojada subiendo desde la orilla.

Ella estaba ahí, parada frente a mí, con una cara que me avisaba que la tormenta venía brava.

—¿Me puedes explicar por qué andas preguntando por esa vieja en la casa de mi tía Elvia, Malik? —me soltó sin saludar.

Sentí un brinco, pero me puse tieso. Me hice el loco, pensando que podía darle la vuelta.

—¿De qué hablas? ¿Qué vieja? Estás loca, Claudia.

—¡No me vengas con esa vaina, que ya sé todo! Mi tía Socorro me dijo que andas como un bobo averiguando otra vez por esa.

¡¿Qué te pasa?! ¡¿Es que soy un chiste para ti?!

—Cálmate, mujer. Solo tuve curiosidad y ya. No es para tanto.

—¡Es para tanto cuando me estás engañando frente a todo el mundo! —gritó, y vi cómo se le aguaban los ojos, pero no de tristeza, sino de puro orgullo herido—. ¡Tú eres mío, Malik! ¡¿O es que te olvidaste?!

Me miré las manos, sintiéndome ahogado. La verdad es que, en mi cabeza, yo no le estaba siendo infiel a Claudia con Génesis.

Era al revés: al estar con Claudia, sentía que estaba traicionando a Génesis, como si le debiera una lealtad a alguien que ni conocía.

El impulso me ganaba; yo solo quería salir de ese teatro.

—¿Sabes qué? Tienes razón. Soy un bobo, pero no por preguntar por ella, sino por seguir aquí fingiendo algo que no siento. Terminamos, Claudia. No me busques más.

—¡¿Qué?! ¡¿Tú me vas a terminar a mí por una aparecida que ni te conoce?

! —se me acercó, agarrándome del brazo con fuerza.

A nuestras espaldas, la ciénaga parecía observar, inmensa y silenciosa—.

¡Malik, no seas imbécil! Estás caliente por una calentura de una noche, no la vas a encontrar, ¡es una fantasma!

¡Mira que te vas a arrepentir cuando te veas solo y te des cuenta de que yo soy la única que te aguanta!

—Suéltame, Claudia. Ya me cansé.

—¡No, no y no! —me soltó con desesperación—. ¡Tú no me puedes dejar así! ¡Yo te quiero, Malik! ¡Podemos olvidar esto, haz como si no hubiera pasado nada! ¡Por favor, no me hagas esto!

Me solté de su agarre y empecé a caminar hacia la salida, donde estaba el parqueadero de las motos.

Mis pasos sonaban fuertes sobre la tierra seca, mientras ella me seguía con movimientos apresurados, pero los gritos de Claudia me perseguían, rebotando contra los árboles que bordeaban la ciénaga.

Cuando por fin llegué a mi máquina, el motor bramó con la violencia de un colmillo roto cuando lo encendí, ahogando sus últimos reclamos.

Mientras me alejaba, el viento de la tarde me golpeó la cara, pero ya no se sentía como una liberación; se sentía como un frío que se me metía por debajo de la piel.

Miré por el retrovisor una última vez antes de salir del colegio.

Ella seguía ahí, empequeñecida por la distancia, como una mancha oscura clavada al suelo.

En ese segundo, tuve la certeza estúpida de que no solo estaba terminando una relación, sino que estaba cerrando un ciclo que, de alguna manera, me protegía.

La vida después de eso se volvió un ruido de fondo.

Mi padre empezó con su cantaleta de los negocios.

Los días en el colegio se hicieron largos y grises, marcados por el esfuerzo inútil de evitar a Claudia.

Y la imagen de Génesis, aunque se fue volviendo borrosa como una foto vieja, nunca desapareció del todo.

A veces, cuando estaba solo en mi cuarto, el nombre aparecía en mi mente sin que yo lo llamara, punzante, como una espina que nunca terminé de sacarme.

Me convencí de que era solo un capricho, una calentura de adolescente que el tiempo borraría. Pero me equivocaba.

Yo era un pelado inmaduro que se creía el dueño de su destino, sin entender que hay puertas que, una vez que las abres por curiosidad, no se vuelven a cerrar nunca.

No sabía que esa búsqueda, que empezó como un juego de adolescente, era en realidad el comienzo de mi fin.

Sin saberlo, acababa de meterme en algo que me arrastraría por el resto de mis días, convirtiéndome en esclavo de una mujer a la que ni siquiera conocía.

No sabía, en ese momento, que mi libertad se estaba terminando ahí mismo, y que, a partir de entonces, ella no sería solo un recuerdo, sino la cadena.

que me mantendría atado, sin escape posible, por el resto de mi vida.