CAPÍTULO 2
Pasaron los días, pero no logré sacarla de mi cabeza.
No era un recuerdo de esos que se borran; era todo lo contrario.
Seguía ahí, clarita, como si la hubiera visto hace cinco minutos: ella, quieta en ese rincón, escondiendo la mirada y con esa sonrisa de lado que ponía cuando creía que nadie la estaba viendo.
No sabía quién era ni de dónde había salido, pero la sentía metida bajo la piel, como una picazón que no se quita con nada.
Intenté lo de siempre para distraerme: salir en la moto, subirle todo el volumen a la música, dar vueltas con los amigos.
Nada me sirvió. Apenas me quedaba un segundo en silencio, ella volvía a aparecer.
Yo sabía que eso no era normal, pero me daba igual; tenía que saber quién era. Esa era mi única prioridad.
Cuando vi a Claudia, supe que era mi oportunidad.
Me creí muy vivo; pensé que sería fácil sacarle la información sin que se diera cuenta de lo que realmente buscaba.
El pretexto fue cualquier bobada: me invitó a su casa a probar un postre que supuestamente hizo su madrastra.
Me lo pintó como la gran cosa, una mezcla de galletas y cremas que, la verdad, me importaba un bledo.
Yo no iba por el postre; iba a ver qué le sacaba, convencido de que ella no iba a notar lo inquieto que estaba.
Su casa siempre me ha dado flojera; es de esas donde todo es demasiado correcto.
Retratos de gente sonriendo por compromiso y muebles que parecen de exhibición.
Me tiré en el sofá mientras ella iba y venía de la cocina, sintiéndome el dueño de la situación, sin sospechar que ella me tenía calado desde que entré.
—A ver si por fin pruebas algo que valga la pena —dijo, poniendo el plato en la mesa—. Porque tú siempre sales con que todo está malo.
—Es que casi todo lo está —le solté, sin muchas ganas de hablar, tratando de mantener la pose mientras contaba los segundos para lanzar la pregunta.
El postre era una masa empalagosa que me dejó la boca pegajosa, pero ahí me quedé, clavado en el sofá. Claudia no me quitaba el ojo de encima. Estaba raro desde la fiesta y, ella lo sabía, no tenía el filtro necesario para disimular que se estaba muriendo de rabia.
—Te noto distraído desde hace días —soltó ella de repente, tirando el cubierto con un golpe seco contra el plato—. En la fiesta de mi papá parecías un bobo mirando a cualquier lado menos a mí. ¿Qué es lo que te pasa?
Sentí un brinco en el pecho, pero me puse tieso. Había olvidado lo intensa que es cuando le da por pelear.
—¿De qué hablas? Estaba aburrido, Claudia. Esa fiesta era un desastre —dije, encogiéndome de hombros, tratando de sonar despreocupado.
—Ajá, claro. Estabas tan "aburrido" que ni me soltabas el brazo, pero tus ojos estaban en otra parte.
Me acuerdo perfectamente de cómo mirabas a todo el mundo como si estuvieras buscando algo que no encontrabas —se inclinó hacia adelante, con los ojos brillando de una rabia que no intentaba ocultar—. ¿Qué buscabas, Malik? ¿A quién?
Me empecé a calentar. Mi arrogancia, esa que siempre me hace creer que puedo salir de cualquier vaina, me traicionó. Decidí devolverle el golpe, no por astuto, sino porque me sentía acorralado y quería que se callara.
—¿Ahora tengo prohibido mirar? Qué pereza, mujer. Si tanto te molesta, no me invites a comer tus cuentos de postre. Pero ya que insistes… sí, vi a un par de peladas cerca del baño. Me causaron curiosidad. Eran dos niñas que no se movieron en toda la noche; parecían estorbando.
Claudia se quedó quieta un segundo, y vi cómo sus ojos se estrecharon, pasando de la sospecha a una rabia pura, de esas que no miden consecuencias.
—¿Y por eso estabas así? ¿Por esas dos? —preguntó, con la voz temblando de celos—. ¡Me estás diciendo que yo estoy aquí esforzándome y tú estabas pendiente de unas aparecidas!
Me reí, pero de mala gana, porque me sentí expuesto y eso me dio más rabia todavía.
—Curiosidad, Claudia. ¿Es que ahora hay que pedirte permiso hasta para hablar? Solo me parecieron raras, ahí como dos estatuas. Ni hablaban.
—Pues qué raro que te fijes tanto en gente que "ni te importa" —respondió ella, disparando lo primero que le pasó por la mente.
Ya no estaba pensando. Estaba picado porque ella me estaba gritando y yo no podía admitir que la única que me importaba era la de la cara de ángel. Así que, con esa impulsividad estúpida de querer tener la última palabra, tiré la pregunta:
—Esto es un pueblo, Claudia. Aquí todo el mundo se termina viendo las caras otra vez. Es imposible no fijarse. A propósito… ¿quién es la de pelo largo?
Claudia tiró la cuchara contra el plato, haciendo un ruido horrible está vez que rebotó en la cocina. La piel de su rostro pareció oscurecerse un tono más, con el pecho subiendo y bajando rápido como queriendo explotar.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué preguntas tanto por ella? ¡Parece que te olvidaste de quien tienes al frente!
La miré, sintiéndome estúpido pero incapaz de retroceder. Mi orgullo estaba herido y me puse a la defensiva, como un niño al que acaban de pillar en una mentira.
—¿Así cómo? Si solo te estoy preguntando quién es porque me pareció rara. ¿Ahora tampoco se puede saber quién va a las fiestas de tu papá?
—¡Ya entendí! —gritó ella, poniéndose de pie—. ¡Te fijaste demasiado! ¿Eso es lo que quieres? ¿Saber quién es para ir a buscarla porque te gustó?
Levanté las manos, pero por dentro estaba que me moría de la adrenalina. La rabia de ella me estaba dando el permiso de seguir siendo un imbécil.
—Tranquila, mujer. Si para mí eran como dos sombras. Solo que me parecieron raras y ya. ¿Es amiga tuya o qué?
Claudia apretó los dientes, llena de odio, pero no aguantaba que yo tuviera la última palabra, así que soltó la información para ganarme la pelea, sin saber que me estaba entregando el mapa del tesoro.
—¡Esa no la conozco! ¡Mi prima es la otra, la del pelo recogido! Esa otra… vino con mi tía. ¡Ni siquiera vive aquí!
Sentí un vacío extraño al oír eso. "No vive aquí". ¿Cómo que no vive aquí?, pensé, y por un segundo se me olvidó cómo respirar. Me hice el desentendido, pero la noticia me cayó como un rayo. Si no era de aquí, ¿cómo demonios iba a encontrarla?
—¿Ah? no? —pregunté, tratando de hacerme el desinteresado—. ¿Y tú tía no sabe ni cómo se llama o dónde vive? Digo…
Claudia se giró de golpe, con el rostro encendido de rabia y los ojos cristalizados.
—¡¿Es en serio, Malik?! —gritó, con la voz quebrada—. ¡Te estoy diciendo que no me importa y tú sigues insistiendo! ¡Ya deja de preguntar por eso! ¡Me tienes harta con tu obsesión por una aparecida!
Asentí y bajé la mirada al vaso, sintiendo que la sangre me bajaba a los pies.
La necedad no me dejaba estar tranquilo.
Claudia se quedó ahí, mirándome con desprecio, esperando que yo dijera algo para pedir perdón, pero yo estaba demasiado ocupado procesando que, aunque ella fuera una extraña, yo ya no iba a parar hasta encontrarla.
El silencio en la sala se volvió pesado, casi irrespirable. Ella se dio la vuelta, dándome la espalda para ocultar que se le estaba quebrando la voz, y yo simplemente me puse en pie. No tenía nada más que decir; de hecho, si abría la boca, era capaz de volver a preguntar por la misma nena.
Me levanté sin afán, como si la charla hubiera sido una pérdida de tiempo.
Pero apenas salí a la calle y me pegó el aire de la noche de Magara, sentí que la sangre me hervía.
Ya no era solo una imagen; ya sabía que existía de verdad, aunque todos insistieran en que no era de aquí.
Y mi instinto, ese que siempre me mete en problemas, me decía que no iba a parar hasta tenerla enfrente otra vez.
◈ ◈ ◈
No podía sacármela de la cabeza. Era una pendejada, lo sabía, pero me daba una piedra de lo más jodida no saber quién era.
Ya sabía que no era de la familia de Claudia, y eso, en lugar de dejarme tranquilo, me tenía más inquieto.
Era como tener una espina clavada que no me dejaba estar bien ni con el parche, ni con Claudia, ni con nadie.
Me sentía un hipócrita cada vez que Claudia me hablaba, pero la verdad es que, cuando me daba cuenta de que la estaba engañando con solo pensar en otra, me entraba una adrenalina que me gustaba.
Estaba jugando con candela y me encantaba.
El sábado terminamos en la tienda de siempre.
El calor estaba para morirse, el sonido de las neveras viejas era un martirio y el ambiente olía a cerveza barata y humo.
Estábamos ahí los de siempre: el Flaco, Javi y el Gordo.
Yo estaba que no me aguantaba las ganas de preguntar, así que, sin tanto cuento, les solté el tema a ver qué sacaba.
—Oigan… ¿se acuerdan de las dos muchachas que estaban en el rincón en la fiesta del papá de Claudia? —solté, como si me importara poco.
El Flaco ni me miró. Seguía concentrado en destapar la botella con el filo de la mesa, un sonido seco que me ponía los nervios de punta.
—¿Cuál de todas, Malik? Ese sitio estaba lleno de gente, no jodas —me soltó sin dejar de forcejear con la chapa.
—Las que parecían un par de ánimas —insistí, y sentí que me puse tenso—. Las que no se movieron en toda la noche.
Javi se empezó a reír, con esa carcajada escandalosa que tiene cuando ya lleva un par encima.
—¡Ah, las "santas"! Sí, me acuerdo. Qué par de tipas tan aburridas, parecían que estuvieran en un velorio, hermano.
Me puse serio. Me acordaba perfecto de cómo se veían: la música retumbando y ellas ahí, como si estuvieran en otro planeta.
—Esa, la del pelo largo. La que tenía cara de corderito asustado. ¿Alguien sabe quién es?
El Flaco me miró finalmente, con una sonrisa burlona, de esas que te dan ganas de reventarle la cara.
—¿Y a ti qué te dio con esa, ah? ¿Te quedaste con las ganas? Estabas muy atento mirando para el rincón, ¿no? —se burló, mientras Javi dejaba la cerveza a medio camino y se inclinaba hacia mí, intrigado.
—Cállate, Flaco. Solo pregunto por curiosidad, ¿qué tiene de malo? —le respondí, tratando de que no se me notara tanto el interés, aunque sabía que me estaban cogiendo la caída.
—"Curiosidad"… sí, como no —dijo el Gordo, soltando una carcajada—. Malik, tú nunca preguntas por nadie. Siempre te las das de que todas te buscan a ti. ¿Qué tiene esa que no tengan las demás?
—Nada, es rara y ya —mentí, sintiendo que me ardía la cara—. ¿Saben quién es o no?
El Flaco soltó el humo y me miró con suficiencia.
—Yo escuché que no es de aquí. Dicen que es una aparecida que trajo una tía de Claudia. De por allá de afuera.
Sentí que el corazón se me disparó. "De afuera". Lo mismo que me dijo Claudia. Eso explicaba por qué nadie sabía un carajo.
—¿Y quién sabe el nombre? —pregunté, ya sin disimular.
El Gordo me miró fijo, escaneándome, dándose cuenta de que yo estaba metido hasta el fondo.
—¿Para qué quieres saberlo? Te estás metiendo en un terreno que no conoces. Claudia te la va a armar, y si se entera de que andamos buscando a la aparecida esa, nos va a colgar a los tres. ¿Todo ese interés por una tipa que ni te habló?
—No me importa Claudia ahorita —les solté, encogiéndome de hombros—. Me dio por saber quién es y punto. ¿Ustedes pueden preguntarle a la hermana de Claudia o a alguna de esas primas? A ustedes no les van a decir nada.
El Flaco negó con la cabeza, riéndose entre dientes.
—¿Y por qué nosotros tenemos que hacerte el mandado? Si quieres saber, pregúntale tú.
—No puedo, imbécil. Claudia me tiene vigilado. Pónganse las pilas y averigüen, que yo pago todas las cervezas de hoy. ¿O es que no quieren?
El Gordo no lo pensó ni un segundo; el hambre de trago gratis le pudo más que cualquier otra cosa. Se miró con el Flaco y soltó un suspiro resignado.
—Está bien, malparido —dijo el Gordo, extendiendo la mano—. Pero si Claudia nos hace un drama, no nos conocemos. Las frías te salen caras, ¿oíste? Y si sale mal, tú te haces responsable.
—Eso está hecho —les dije, sintiendo un alivio que no me cabía en el pecho.
Me quedé ahí, tomando cerveza y aguantándome la ansiedad.
Ya sabía que no era de aquí, que era "de afuera".
Y eso me excitaba todavía más. En mi cabeza, ya me imaginaba encontrándola en cualquier esquina de Puerto Magara, como si el destino me estuviera guardando el momento.
No tenía ni idea de lo que estaba haciendo, solo sabía que tenía que verla otra vez.
Y si tenía que pagarles a estos tres idiotas para tener un nombre y una dirección, lo iba a hacer.
Mi orgullo ya no estaba en juego; estaba en juego la intriga que me estaba quemando por dentro.