CAPÍTULO 1
La fiesta era en casa de Claudia Martínez, mi novia.
Lo nuestro ya era pura inercia; teníamos diecisiete años y seguíamos juntos más por costumbre que por otra cosa.
Celebraban los cincuenta de su papá y la casa era un caos: tíos, primos y un montón de gente que uno ni sabía de dónde salía, pero que siempre aparece cuando hay trago gratis en este tipo de reuniones.
En un sitio como Puerto Magara, cualquier excusa es buena para armar el desorden.
Crucé la terraza saludando a un par de conocidos y me metí a la sala, donde la música retumbaba con fuerza.
Claudia estaba ahí, parada cerca de la mesa de los tragos, cruzada de brazos.
Apenas me vio, dejó el vaso sobre la mesa y se me vino encima de una, agarrándome del brazo antes de que pudiera buscar a mis amigos, que ya me estaban haciendo señas desde el otro lado con cara de burla.
—Más te vale que hoy sí bailes conmigo —me soltó Claudia apenas me vio entrar—. La última vez me dejaste sola toda la noche.
Me lo dijo como reclamando, queriendo marcar territorio de una vez.
—Claro, si ponen algo bueno —le respondí por salir del paso.
Se me quedó viendo un segundo, tratando de adivinar qué traía yo en la cabeza. Yo ya sabía cómo iba a ser la jugada: música que no me gustaba, temas aburridos y gente riéndose por bobadas. Mi plan era sencillo: saludar, tomarme algo y ver cómo me escapaba temprano.
Pero entonces la vi.
No fue algo planeado, simplemente pasó. De un momento a otro todo lo demás dejó de importarme.
El sonido de los bafles y la gente hablando se volvió puro ruido de fondo.
Ella estaba en un rincón, casi pegada a la pared, sentada con otra muchacha.
Hablaban bajito, las dos solas, como si la fiesta no tuviera nada que ver con ellas.
—Claudia, ven colabóreme con los platos de la comida un momentico —gritó Alicia, su madrastra, desde el pasillo del fondo, rompiendo el ambiente.
Claudia soltó un bufido de fastidio, me soltó el brazo de mala gana y me advirtió con el dedo antes de alejarse: "No te vayas a mover de aquí".
Apenas dio la vuelta, respiré aliviado. Me quedé solo mirando hacia allá, hipnotizado, cuando una prima de ella que venía de la cocina se me paró al lado con un plato en la mano.
—¿Y esa quién es? —pregunté, tratando de que no se me notara que me había quedado viéndola.
—Ah... ni idea —me dijo alzando los hombros—. Creo que es familia de Alicia. Una pariente que trajeron de afuera.
No pegaba ahí para nada. Había algo en ella que no cuadraba con el desorden de la sala. Se veía muy tranquila, como si estuviera viendo todo desde afuera. No sabía quién era, pero de repente ya no quería mirar a nadie más.
Claudia debió darse cuenta, porque me apretó el brazo más fuerte cuando volvió de la cocina.
—Ven, vamos a saludar a mis tías —dijo. No fue un gesto cariñoso, fue para que todos vieran que yo estaba con ella.
—Malik, ¿Qué te pasa? —preguntó, sacudiéndome ligeramente el brazo.
—¿Ah? Sí... lo del viaje de tu tía —mentí para que me dejara en paz. Se me quedó mirando con sospecha.
—¿A quién estás mirando tanto?
—A nadie, Claudia, qué jartera —le solté, estirando la mano para agarrar un vaso de la mesa—. Miraba si quedaba de ese ron que trajo tu papá, porque esto ya se está acabando.
—Ah… bueno —murmuró ella, medio convencida, sirviéndose un poco de gaseosa sin soltarme el brazo—, muévete pues, vamos a saludar antes de que mis tías se vayan.
Mis ojos, sin embargo, no estaban en las tías, ni en la decoración, ni en la gente que nos rodeaba.
Mi mirada seguía recorriendo la estancia, saltando de un rostro a otro, hasta que mis ojos se clavaron en ese rincón donde ella permanecía ajena a todo, con esa timidez que me estaba volviendo loco sin que yo supiera explicar por qué.
No soportaba que Claudia creyera que podía darme órdenes como si yo fuera un perro faldero.
Me irritaba su agarre, su voz y, sobre todo, que me distrajera de lo único que realmente me interesaba observar: esa niña que no encajaba con nada de este desorden y que, sin embargo, me tenía enganchado como si me hubieran puesto un anzuelo en el pecho.
—Oye, Malik, ¿me estás oyendo? —insistió ella, casi enterrándome las uñas al ver que yo estaba en otra parte.
Sentí una oleada de fastidio subirme por el cuello. ¿Saludar? ¿A quién le importaba saludar?
—Ya bájame el tono, que conmigo no te equivocas —la frené en seco, zafándome de su agarre con un movimiento sutil pero firme que la hizo soltarme de una—. Camina tú sola a saludar si quieres; yo voy cuando me dé la gana.
Se quedó de una pieza, mirándome con una rabia que casi le aguó los ojos. Pero como sabía que yo no le iba a aguantar un berrinche en la mitad de la sala, dio media vuelta, toda indignada, y se fue sola hacia donde las tías, dejándome libre el espacio.
Me quedé ahí parado, sosteniendo el vaso vacío mientras la veía perderse entre la gente. Solté un bufido, relajado de quitármela de encima, e ignorando por completo el alboroto de la fiesta.
Ahí estaba. No tuve ni que esmerarme en buscarla; mis ojos cayeron directo en su rincón.
Y ahí me di cuenta de que ella también me miraba.
No de frente, sino con esa timidez que me decía todo.
Cada vez que nuestras miradas se cruzaban, ella bajaba la cabeza rápido, como si la hubieran descubierto haciendo alguna travesura.
Se mordía el labio y se ponía roja de una vez.
—Te está mirando otra vez —le susurró la amiga.
Le alcancé a leer los labios desde donde yo estaba parado.
—Ya sé —respondió ella, tapándose una sonrisita con la servilleta.
—Entonces deja de mirarlo tú.
—No lo estoy mirando —dijo ella... y justo en ese instante volvió a buscarme con los ojos.
Ahí fue donde me jodí. No era solo que fuera bonita, era que se veía diferente.
No encajaba, estaba como fuera de lugar, como si nosotros estuviéramos invadiendo su espacio.
Tenía un rostro tan joven, con una inocencia que se le notaba a leguas, y sentí algo que me llamó la atención de una forma que no sabía explicar.
—¿Quieres más vino, niña? —le ofreció una señora que pasaba con una bandeja.
—No, gracias. No me gusta —respondió ella. Tenía la voz suave, pero se le oyó clarito.
—¿Agua, entonces?
—Sí, mejor agua.
No podía dejar de verla. Me fijé en todo: cómo se acomodaba el pelo, cómo jugaba con la servilleta, cómo se reía de a poquitos.
Empecé a caminar por el salón inventando cualquier excusa, solo para pasarle cerca y ver qué hacía.
Y sí, se ponía tensa apenas sentía que yo estaba a poca distancia, mirando para cualquier lado menos para donde yo estaba.
Me inquietaba ver que generaba eso en ella, pero no podía dejar de buscarla.
—Vamos, baila un ratico —le insistió la señora Alicia, que ya estaba entonada con los tragos.
—No, no quiero. Me da mucha pena —respondió ella, encogiéndose como si quisiera desaparecer.
No bailó. No tomó nada. Casi ni habló. En cambio, a mí me tocó aguantarme el ambiente de la fiesta.
Mientras los tíos de Claudia seguían tomando ron y los adultos llenaban la pista, el grupito de amigas del colegio que ella había invitado se quedó cerca de la mesa de bebidas.
Mis amigos andaban más allá, prendidos e intentando sacar a bailar a unas primas, pero las amigas de Claudia aprovecharon que yo estaba solo para armarme conversación, tirándome miradas coquetas y risitas flojas cada vez que pasaba por el lado.
Yo les respondía con monosílabos, con esa indiferencia mía, pero sin poder quitarle los ojos de encima a la única niña que de verdad me importaba en ese salón.
Y ahí fue donde ella metió la pata. Se quedó mirándome más de la cuenta, con el ceño apenas fruncido mientras veía cómo las amigas de Claudia me rondaban.
Cuando se dio cuenta de que yo la había pillado en medio de su desconcierto, se asustó tanto que esquivó la mirada con brusquedad, volteando la cara hacia el otro lado.
El movimiento fue tan torpe y súbito que terminó tropezando el brazo contra la mesa y tumbó el vaso de agua.
Las que estaban conmigo voltearon de inmediato por el ruido.
Al verla ahí metida, muerta de la vergüenza, se cruzaron de brazos y se intercambiaron miradas de suficiencia, soltando una pequeña risa ahogada mientras la detallaban de arriba a abajo.
A mí me dio fastidio. Su amiga corrió a levantar el vaso toda apenada, mientras ella se ponía roja como un tomate y clavaba la vista en el piso el resto de la noche para que no la tragara la tierra.
Se quedó así, escondida, sin volver a levantar la cabeza ni una sola vez.
Y, aun así, para mí, ella era lo que más valía la pena en esa fiesta.
Esa fue la primera vez que la vi. No nos dijimos nada, nadie nos presentó.
Pero cuando salí de esa casa esa noche, lo hice con la certeza de que me había metido en un lío del que no quería salir.
No sabía cómo, ni cuándo, pero esa niña iba a ser mía.
Y en ese momento, sentado en la moto mientras me alejaba, supe que cualquier otra cosa que no fuera ella, ya no me servía de nada.