Mi ángel de la nieve 45
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La tía Agnes estaba apoyada en un resto de tronco caído de un árbol que los Ballahios habían usado para hacer fuego en la casa del lago, y cuyo lado derecho estaba totalmente carbonizado.

La puerta de la casa estaba abierta y con su interior medio derruido. También quemado en varias partes por las hogueras que se hicieron en su interior.

Podía verse al fondo la cuna de madera, balanceándose con la leve brisa, cubierta de hielo y nieve.

Nanook estaba sentado en lo que se deducía que había sido el antiguo porche, vigilando aquel claro libre de árboles, recorriéndolo con la mirada en busca de algún intruso.

Los perros de Bjorn se repartían entre el interior y el exterior de la casa, husmeando, descubriendo qué alimañas se habrían escondido allí. Había rastros de zorros por todas partes.

Aurora vio que Bjorn no se atrevía a tocar la cuna, solo la miraba a cierta distancia.

—No la llegaste a estrenar —dijo Agnes, pero él no se giró para mirarla. Seguía observando el suave balanceo en silencio.

—Me hubiese gustado saberlo antes —dijo Bjorn.

—Me hubiese gustado decírtelo antes —respondió la tía Agnes—. Pero si quieres algo del oso salvaje, es mejor esperar a que duerma, a que enferme o que envejezca. Al fin y al cabo, cuando pierda su poder.

—No recuerdo la primera vez que te conocí —añadió Bjorn.

Aurora seguía apoyada en el marco de la puerta. Tom se asomó para comprobar algo y volvió a salir.

—Estabas en la calle principal —dijo tía Agnes—. Ibas camino del colegio. Llevabas un abrigo de lana gris, intentabas impedir que tu hermano le tirase la mochila de los libros a otro chiquillo. Pero Hakum se te escapaba y pateó aquella mochila.

Agnes se detuvo para mirar a Bjorn, que al fin se había atrevido a empujar la cuna para que el balanceo aumentase.

Era curioso que a pesar de ser de madera, nadie la hubiese usado para hacer leña.

Ni siquiera los Ballahios. Quedaba allí, como una reliquia de un tiempo pasado.

Tenebrosa, triste, con un halo vacío extraño.

La sensación de que verdaderamente su dueño hubiese muerto.

Y había muerto para todos, incluso para su madre.

—El tío de Aurora recogió la mochila del suelo del otro chico. Pero tú llegaste de inmediato a nosotros. —La mujer sonrió—. Nuestra intención era devolvérsela. Pero dijiste que tú se la llevarías hasta el colegio, y nos dimos cuenta de que era la única forma de que Hakum no se la volviese a quitar.

La tía Agnes cogió aire y Aurora vio cómo le brillaban los ojos.

—Y entonces vi a Hans. —Se le quebró la voz—. Vi a Hans —repitió bajando la mirada—. Y te pregunté el nombre.

—Recuerdo eso, pero no sabía que eras tú —dijo Bjorn.

Agnes asintió con la cabeza.

—La mezcla de ira hacia Viken con esa alegría inmensa de saber que no estabas muerto… —Tía Agnes se llevó la mano a la cara—. Si esa noche no acabé con tu padre, fue porque mi marido me detuvo.

Su tía miró a Bjorn.

—Yo solo quería enseñarle a mi marido este pueblo, estábamos de paso. Pero cuando descubrí que estabas vivo supe que tenía que buscar la forma de no irme nunca de aquí. Nunca.

Vio que Bjorn giró la cabeza hacia la cuna, en su cuello pudo comprobar que tragaba saliva. Se contenía para no sacar lo que fuera que estaba sintiendo por dentro, y eso la hacía querer correr hasta él para abrazarlo.

Pero tenía que quedarse allí, en el umbral.

No era su historia, era la de ellos dos.

Triste y desgarradora, con un final que podría considerarse feliz, pero que no compensaba la pérdida de ambos durante años.

Eso era irrecuperable. Sin embargo, tenían un camino por delante y eso siempre significaba esperanza y oportunidad.

—Lamento —dijo Bjorn—, que ahora muchos de los que conocían a Hans estén muertos. Me gustaría haber sabido más de él. Y de Nanook.

El otro Nanook.

Aurora miró al suyo, que ya se había tumbado sin dejar su vigilancia. Quizás no solo estaba vigilando el lago, sino a los perros de Bjorn. Los trataba con cierta paternidad.

—Nos tienes a Tom y a mí. Incluso a Viken, a Ulrich, a Scott —nombraba tía Agnes—. Hans sigue vivo en muchos en el valle.

Bjorn volvió a mecer al cuna.

—Voy a cambiar mi apellido —dijo Bjorn—. No soy un Viken.

—Se notaba mucho que no lo has sido nunca —añadió tía Agnes.

Bjorn volvió a mecer la cuna.

—Debería odiar a Henrik Viken. —Oyó decir a Bjorn con la mirada fija en los barrotes de la cuna—. Debería estar furioso. —Lo notaba completamente destrozado—. Sin embargo, mi sensación sigue siendo la misma.

Bjorn ladeó la cabeza, se apartó de la cuna y la rodeó, casi lo perdía de vista donde estaba, en la completa oscuridad del fondo de la casa.

—Sigo decepcionado con el porque nunca…

Aurora miró a tía Agnes, se había llevado la mano a la boca y lloraba.

Fue consciente de que fuese hijo de quien fuera, Henrik había sido el único padre que conocía y le seguía doliendo su trato.

Los Viken eran su familia. Un cerebro no estaba programado para desconectar los lazos de años, de toda una vida. Su vida.

Y aquello no lo podía reparar Agnes, ni la verdad. Ya estaba hecho, ya estaba roto.

—Tú no tienes nada de malo, Bjorn —le dijo tía Agnes en cuanto pudo hablar—. Pero quizás tu padre cuando vio la oportunidad de tener al fin un hijo por el medio que fuera, no tuvo en cuenta que aunque pudiera robarte, no podía quitarte la sangre que llevabas contigo. Y que tanto odiaba.

Bjorn alzó la mirada hacía la tía Agnes y dio unos pasos hacia ella.

Luego se detuvo.

—Lo siento —dijo a media voz, casi quebrada.

Aurora desplazó la espalda hacia fuera de la casa, porque aunque hubiese prometido estar a su lado, sentía que no debía estar delante.

La tía Agnes se encorvó al iniciar el llanto.

—Lo siento, hijo —le dijo también.

Ninguno de los dos tenía culpa de lo que pasó, no era por eso por lo que se disculpaban, sino por las consecuencias que tuvo para ambos todo aquello. Les habían robado la oportunidad y los años.

Bjorn le puso una mano en el hombro a tía Agnes y luego la rodeó para darle un abrazo. La mujer se aferró a él y Aurora se salió al completo de la casa para dejarlos llorar solos.

La joven se sorbió la nariz y Tom, que estaba fuera junto a Nanook, le dio unas palmadas en el hombro.

—Bueno, al menos ahora el valle entero ha visto que no necesitan a ningún Viken para estar a salvo, ¿no? —Tom miró a Nanook.

Aurora sonrió al oírlo.

—Y tendrá sus consecuencias —añadió Tom—. Su reinado ha acabado, y lo sabe.

Aurora negó con la cabeza.

—Dice Maggie que esta mañana ha estado en su casa, disculpando a Hakum, y que le ha asegurado que le ayudarán con el niño —le dijo Aurora—. Y le darán el apellido.

—Me parece una buena decisión —dijo Tom—. Hace muchos años, muchos, Henrik Viken apuntaba a ser el líder perfecto de este pueblo.

Aurora frunció el ceño.

—Él, Hans, yo y unos cuantos formamos un equipo bastante bueno —siguió él—. Pero todo se empezó a torcer y salió esa vena Viken detestable de su padre y su abuelo. —Hizo una mueca—. Y todo fue a peor.

Aurora ladeó la cabeza en un ademán mientras por su mente pasaban la variedad de dichos populares sobre esas cosas.

—No sé en qué demonios estaba pensando cuando robó al hijo de Agnes —dijo Tom mirando al frente. Lo vio entornar los ojos—. El hijo de Hans.

La mirada de Tom se dirigió hacia Nanook.

—Estoy convencido de que fue por el Kyrax.

Aurora alzó las cejas.

—Hans murió y posiblemente su Kyrax permaneció vivo y regresó a ese lugar. —Seguía mirando a Nanook—. Pero un hijo de Hans podría hacerlo volver.

Aurora miró también a Nanook.

—El poder absoluto ya para los Viken —dijo Tom—. Pero el Kyrax no aparecía, nació un verdadero Viken y Bjorn se convirtió en un estorbo al ser tan diferente a ellos. Los Viken han sido unos miserables desde tiempos remotos. No es ninguna sorpresa.

—Tendríamos que haberlo dejado con los Ballahios —dijo Aurora, y provocó la risa de Tom—. A mí es que esto de que no tengáis leyes como todo el mundo me pone mala. ¿Aquí nadie paga lo que hace?

Tom asintió con la cabeza.

—Aquí se paga todo, Aurora —respondió Tom—. Todo.

Ella lo miró de reojo.

—No lo entiendo.

—Lo entenderás en unos años.

Ella se encogió de hombros, no creía que llegara a entenderlo nunca. Se acuclilló junto a Nanook para acariciarlo.

Aquel lugar tenía unas normas propias, una ley no escrita y unas costumbres extrañas.

Y un señor del valle que lo equilibraba todo.