Mi ángel de la nieve 43 #7
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Vio que Housen miraba a Nanook, quizás temiendo que se pusiese en pie.

—Confío en él —le dijo ella al alcalde a media distancia.

—Magnífico trabajo con los osos. —Lo oyó decir.

—¿Se sabe dónde está el campamento de los Ballahios? —preguntó Aurora.

***

No era el mono adecuado para aquella noche, pero nadie sabía tampoco que tendría que esconderse en la nieve.

El campamento era tan solo unas tiendas de campaña de piel alrededor de la ruina de un molino. Agazaparse y gatear hasta llegar a ellos junto a Nanook era fácil, pero no ser vista no.

—¿Quién hay ahí? —No sabía si se había equivocado de sitio, pero tenía que reconocer que había sido un atrevimiento.

Estaba justo en el frente, a la vista de todos. Alzó la cabeza. Localizó a Viken, Ulrich lo sujetaba, debía tener la pierna rota. Y ambos estaban muy pendientes de saber quién era.

—¡En pie! —le gritó alguien.

Aurora se levantó despacio, llevaba la garra de metal, bajó la mirada para ver que Nanook seguía agazapado e iba resbalando su cuerpo de manera sigilosa.

A uno de ellos pareció hacerle gracia ver que era una joven. Sin embargo vio la decepción en Viken de verla precisamente a ella.

—Cada vez hacéis mujeres más endebles —le dijo a Viken riendo.

¿Endeble? Tu puta madre.

Aurora dio unos pasos hacia delante.

—Os habéis dejado esto en la cabaña del lago —les dijo Aurora atrayendo su atención de nuevo a ella.

Los Ballahios se miraron unos a otros riendo.

—Ya iríamos a recogerlo, no tendrías que haberte molestado —respondió otro—, de hecho la cabaña de un lago es un buen lugar para nosotros.

—¡Nunca! —replicó Viken y recibió un golpe de otro en las costillas. Aurora apretó la mandíbula, si eso se lo hacían a ella, la partirían en dos.

—No ha sido una molestia. —Dio dos pasos más y Nanook con ella.

Uno de los Ballahios se había acercado un poco más.

—¿A cuántos de vosotros han matado los osos? —preguntó con ironía.

—De los míos ninguno —se apresuró a decir ella—. No soy del valle.

—Es una puñetera forastera —dijo Viken a gritos—. Sobrina de Agnes. Dejadla en paz.

—¿Sobrina de Agnes? —preguntó otro, y la miró con un nuevo interés—. Los Ballahios también tenemos algo pendiente con tu tía, ¿lo sabías?

—Hace ya años de eso, maldita sea —dijo Ulrich—. Deja a la chica.

El hombre negó con la cabeza.

—Para los Ballahios nunca es tarde —respondió él.

—Yo también lo recuerdo —dijo otro—. Aquel maldito Hans y ese demonio de su Kyrax. Si no fuera por esa bestia habríamos acabado con los dos, ¿cómo se llamaba?

Estaban tan solo a unos dos, tres metros de ella.

—Nanook —llamó al Kyrax.

—¡Eso es!

Y Nanook comenzó a alzarse, provocando un silencio solemne de todos, hasta que quedó completamente erguido.

Los que estaban más cerca no se atrevieron a moverse.

—No os mováis —les dijo ella.

—Si tu Kyrax se atreve a moverse un ápice, te juro que…

Ella miró al hombre que hablaba, uno que estaba custodiando a Henrik Viken y a Ulrich.

—No puedo asegurarlo, no es un perro —respondió ella—. Y no os quiere en el valle.

Oyó un tintineo a su espalda y pudo ver a Tom, los hermanos Ulrich y a Bjorn por detrás de la ruina del molino.

—¡Coged las armas! —gritó uno de los Ballahios.

Pero ya estaban rodeados por la mayoría de vecinos de los pueblos. Todos los que no estaban impedidos o no eran niños.

El pueblo con sus armas cotidianas comenzó a avanzar tras Aurora y su Kyrax.

Estaban rodeados. No escaparía ni uno.

Nadie dejaría un solo Ballahios en el valle.

***

Le gustó el plan del alcalde Scott, el de llevar a los Ballahios al fondo del valle con el agua y comida justa, capacidad de hacer fuego y tiendas y mantas para llegar de vuelta a casa. Por el mismo camino que fueron.

El resto había regresado al punto de control, a calentarse con el fuego y encender los focos otra vez.

Aurora estaba terminando de repostar su moto. Bjorn y Vivien tenían ya las suyas listas.

Nanook miraba cómo Blum daba vueltas en el suelo, como una croqueta. Tuvo que contener la risa al verle la expresión seria mientras lo miraba.

Hakum quitaba la manguera de gasolina de su moto.

—Pues vuelta al pueblo, ¿no? —dijo Vilma ya montada en la moto.

—Ya que está todo hecho y hoy ha sido una mierda de carrera —dijo un Ulrich—. Podríamos repetirla mañana.

—¿Repetirla? —dijo Hakum—. ¿Quién ha cancelado la carrera? —Aceleró su moto y todos emblanquecieron—. Y este año el ganador soy yo.

Dio tal acelerada que les salpicó de nieve.

Lo miraron mientras se alejaba.

—¿Encima? —protestó Vilma—. Nos han metido en una puta jaula por su culpa.

—Podemos dejarlo solo y que gane, total, todo el mundo sabe lo que ha pasado —dijo el hijo del alcalde Scott.

—Y una mierda —dijo Vivien saltando a su moto—. ¡Vamos!

Vivien despegó salpicándolos también, sus hermanos la siguieron de inmediato.

—¡Corre! —le dijo Aurora a Bjorn mientras Vilma arrancaba también. Y se apresuró a quitar la manguera de la gasolina para subirse también.

Bjorn silbó a sus perros y ella llamó a Nanook.

Echaron a correr.

La tercera fase haba empezado gracias al tramposo traidor de Hakum.

No iba a permitir que le ganase la carrera.