43 #5
La bolsa quemaba en el pecho y recuperaba la temperatura poco a poco. Volvió a montarse en la moto y arrancó, se dispuso a acelerar, pero el silbido de una bengala la hizo detenerse.
Miró al cielo.
Roja.
No avanzó ni un ápice y dejó caer uno de sus pies hacia la nieve.
Sintió el brillo en los ojos y el cuerpo se le paralizó completamente.
No soy ninguna heroína.
No lo era. Era solo una más de tantos inconscientes forasteros que pensaban que aquello era un decorado de navidad.
Pero no lo era.
La luz de la bengala desapareció y dejó el cielo como un manto de oscuridad de nuevo.
—Nanook. —Se bajó de la moto, no podía respirar. Y hasta aquel retraso absurdo en vez de echar a correr, aumentaba su propio malestar.
Se inclinó en el suelo y se quitó las gafas en busca de Nanook. Este acudió de inmediato hacia ella, poniendo su cara, su lomo, su cuerpo para envolverla.
—No puedo. —Las lágrimas aumentaron. No se sentía capaz. Había llegado la hora y no creía estar a la altura—. No puedo. Tengo miedo.
Dejó caer la frente en el lomo de Nanook.
—Tengo miedo, Nanook. —Siempre los ángeles eran otros. Él, Bjorn… no habría sitio para más. Todo el mundo no servía para hacer aquello y ella había elegido la parte más difícil de todas.
Se sorbió la nariz.
Le dolía el pecho al respirar, una presión insoportable.
Sacudió la cabeza, estaba a punto de marearse.
Nanook alzó la cabeza y la miró a los ojos. Estaba tan cerca que apenas podía verlo con los ojos llenos de lágrimas.
Era impresionante la cantidad de tonalidades de azul que se agolpaban en sus ojos, como si tuviese agua y hielo.
Espiró aire y volvió a cogerlo sin dejar de mirar a Nanook.
—Tengo miedo —repitió y se sorbió la nariz.
No había vuelta atrás. Estaban lejos de todos, en medio de la nada. Volver era imposible ya.
—Tengo miedo. —Ir hacia delante era incluso peor.
Respiró por la boca levemente soportando el dolor del pecho que aumentaba con el aire.
Bjorn confiaba en ella y por eso se resignó cuando se hizo cargo de guiar al grupo. Tom confiaba en ella, por eso la ayudó a preparar la carrera. Agnes confiaba en ella, por eso desde el primer momento la empujó a que lo hiciera.
La ovación y lo gritos de los niños en el punto de control regresaron.
No importaba que tuviese miedo. Estaba cumpliendo y estaba haciendo el bien hasta el límite sus posibilidades.
Tenía miedo, sí.
Pero tenía que seguir adelante aunque fuese con miedo.
Se puso en pie.
—Hay que seguir —le dijo a Nanook. Comprobar que él iría con ella hasta el final, hasta donde fuera, hizo que el aire comenzase a entrar con más facilidad.
Bjorn estaría en otro lugar dándolo todo hasta el límite. Tenía que entregar su límite también ella.
Se lo debía a sus ángeles.
Por ayudarla, por salvarla. Por estar a su lado.
Pasó la mano por la cabeza de Nanook.
—Hoy soy una de vosotros —le dijo al animal y se subió a la moto. Miró el resto del recorrido.
Un oso, los Ballahios. No importaba.
Aquella noche había ángeles en el valle.
Voló arriba otra bengala y ya en el camino podía verse brillante su color rojo anaranjado.
Era la hora.
Aceleró y sintió el rugido de Nanook que la hizo acelerar aún más.
***
No había ni rastro de los otros corredores ni del grupo, aún quedaba trayecto, menos de un kilómetro adelante era donde se había visto la bengala.
Aminoró la marcha, Nanook se había detenido.
El silencio era absoluto y la negrura también. Se concentró en oír algún motor o rugido.
Y pudo oírlos, por eso Nanook se había detenido, tenían que subir por otro camino en vez de seguir adelante para cruzarse con ellos. Arrancó con rapidez y aceleró, pero ya tenía al Kyrax delante, y corría a más velocidad que la moto.
Pudo ver a lo lejos lo que parecían varios faros de motos de nieve, tenían que ser Bjorn y los suyos. Y en lo alto de la colina, un faro más bajando, uno solo.
Se cruzarían justo más adelante, donde las bengalas.
Más bengalas subieron, tres, alguien se retiraba. Tuvo que rodear un pequeño montículo en el relieve y vio cómo por el camino que rodeaba la gran montaña pasaba el grupo de corredores, distinguir a Bjorn era fácil. Y el que bajaba de la parte alta solitario ya se había metido entre ellos.
Pero un ruido hizo que tuviese que alzar la vista.
Una montaña de pelo gris bajaba a gran velocidad, así que se unió a la cola del grupo y aceleró al límite para poder bordearlo por el lado por donde bajaba el oso.
Se oyeron gritos de algunos al verla, pero los fue rebasando hasta llegar a Bjorn.
—Lo tenemos atrás —le dijo.
—Venía tras Hakum, no podemos ir al punto de control con él detrás.
—Hecho —respondió ella—. ¡Nanook! —gritó cambiando de sentido.
—¡Aurora! ¡No! —Lo oyó ya a su derecha, pero cada vez más lejano.
Miró atrás un ápice. Un oso no era rápido como una moto de nieve, ni tenía la resistencia de los perros del valle. Solo tendría que despistarlo y separarlo de ellos. No parecía difícil.
Nanook rugió con fuerza y pareció llamar la atención de un animal ya enfurecido. Entendió que aquel pobre animal salvaje estaría tan asustado como ella.
La moto quedó en el aire a través de un nuevo saliente que le hizo ganar metros en la línea por delante del grupo de Bjorn, pero mucho más arriba. Entonces entendió el error de Hakum, lo había atraído hasta los demás, solo buscaba huir al punto de control, cuando eso era poner en peligro a muchos.
La pendiente se hacía un poco más incómoda y Aurora tuvo que aminorar. El rugido del oso fue tan intenso que parecía estar atrás, giró la cabeza hacia él con rapidez.
Era grande, como un árbol de los nuevos del bosque. Y gris, o más bien de un blanco con demasiada suciedad. La mayor señal de que el animal era un vagabundo lejos de casa.
Sus ojos, pequeños y oscuros, y aunque el color y la forma no tenían nada que ver, pudo ver en él un pequeño recuerdo de Nanook.
Fue consciente de que a veces no solo los humanos necesitaban ángeles.
No voy a dirigirte hacia los Ballahios.
Como había sugerido Scott. Ya estos lo habían usado contra ellos. No era justo. Aquel animal necesitaba ir a casa.
Oyó el motor de otra moto de nieve y se sobresaltó.
Era Bjorn, que se puso delante de ella.
—No voy a dejarte sola —dijo dirigiendo a su cuadrilla hacia la izquierda para dejarle espacio.
Discutir con Bjorn mientras llevaba tras la espalda un oso polar, no era una opción.
—Pero sí puedes dejarme atrás —respondió.
—Cerca del punto de control están los cazadores con los dardos, hay que dirigirlo a ellos —le dijo Bjorn.
Y se alegraba de que el pensamiento del guardabosques fuese el mismo que el suyo. Poner a salvo a la gente, poner a salvo al oso.
—Tú mandas —le dijo echándose a un lado.
Se oyó el sonido de otra bengala y el brillo rojo inundó el cielo, haciendo enfurecer aún más al oso, que lo reflejó con un rugido que más parecía un grito que otra cosa.
Y si el oso estaba tras ellos y la bengala estaba a unos kilómetros, solo significaba que eran aquellos criminales y que no tenían solo una bestia, como decía Scott.
—Puedes dejarme sola —le dijo a Bjorn cuando la bengala se apagó—. Ve con ellos.
Bjorn miró hacia el animal.
—Ya estamos aquí —respondió Bjorn, y Aurora emblanqueció.
Vio una luz de lo que parecía una bengala, pero no llegó a despegar del suelo. Fue contagiando a otras luces formando una línea y recorriendo toda la ladera de la montaña, tan cerca de ellos que tuvieron que desplazarse.
Aurora giró la cabeza siguiendo la línea de fuego, estaría a medio metro del suelo y cercando por completo el punto de control y sus alrededores, mientras otra bengala se iluminaba y salía arriba.
Habían entrado en la trampa de los Ballahios y no se habían dado ni cuenta.
Los habían metido en una jaula de osos.
—Son más —dijo Bjorn mirando atrás—. Pero uno ya no va a ser un problema.
Llegaron hasta una línea de banderas reflectantes.
—¡Harooon! —gritó Bjorn.
Y enseguida un grupo de hombres salió con una especie de escopetas con el extremo similar al de una trompeta.
Bjorn no se detuvo ni ella tampoco, rebasaron la línea de cazadores y a bastantes metros, Bjorn comenzó a aminorar.
Le agarró el mono en la parte del hombro en un movimiento rápido y se inclinó hacia ella, haciéndola que también se inclinase para que la alcanzara.
—Me lo pides, pero no puedo —sonó a disculpa.
Pero no podía disculparlo. Miraron atrás, desde allí podían ver poco, sonó un rugido, el sonido metálico y un nuevo rugido.
—Vamos —le dijo Bjorn.
Aurora se dio cuenta de que Nanook no estaba. Lo llamó en un grito que bien pudo rebotar en la cuenca de las montañas, cercada por el fuego.
Nanook acudió a ella, estaba atrás, donde los cazadores, supuso que haciendo su trabajo, no dejar que el oso se escapase, ni siquiera se había dado cuenta.
El motor de otra moto de nieve hizo que alzasen la vista al otro lado y el cuerpo completo le descansó cuando vio a Tom, aunque armado con otra escopeta de aquella de extremo ancho.
—¡Son tres! —les dijo.
—Ya son dos. —Bjorn ladeó la cabeza en un ademán hacia los cazadores. Tom siguió con la mirada la dirección que le había dado Bjorn hasta Nanook. Luego volvió a mirar a Bjorn.
—A tu padre y a Ulrich los han atrapado los Ballahios —le dijo Tom.
Aurora miró a Bjorn enseguida. No era su padre y ahora él lo sabía. Pero eso no cambiaba nada, para Bjorn seguía siendo el hombre que con más o menos tacto había sido su padre toda la vida.
—¿Dentro del cerco? —preguntó él, y Tom negó con la cabeza.
—Esto solo es una jaula, Bjorn —dijo Tom—. Aurora, sígueme al oeste.
Nuevamente tenían que separarse. Miró a Bjorn un instante.
—Únete al grupo de Hakum y Vivien —le dijo Tom a Bjorn—. Y traedlos.
Aurora adelantó la moto hacia Tom.
—Nanook —lo llamó y Bjorn silbó a sus perros.
Se separaron nuevamente. Bjorn le lanzó una última mirada antes de alejarse de ellos.
***