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Pero Aurora no podía detenerse en nada más que en engancharle el mosquetón. Ella tiró también, pero no tuvo que hacer fuerza, Nanook se puso en pie usando su propio peso para aumentar la fuerza de tiro, como hacían los perros de Bjorn.
—Es un Kyrax, Aurora.
Se oyó el estruendo de la moto de Karina al liberar a la suya. Le quitó a Nanook el mosquetón y abrió la portezuela de su moto. Esta tenía el cable de metal más fino, pesaba menos.
—¿Cómo coño has conseguido un Kyrax? —Se había pegado al tronco de un árbol, el mismo con el que había chocado su codo.
Aurora no decía nada, rodeó la moto para empujar del otro lado y poder darle la vuelta.
—Vamos —gritó.
Y Nanook saltó sobre las patas traseras mientras ella empujaba del otro lado. La moto se colocó de perfil y luego cayó sobre la nieve ya derecha.
Cogió el cabe con la mano y la resbaló por él hasta el arnés de Nanook.
—Muy bien. —Pasó la mano por su lomo. Karina seguía en silencio. Liberó a Nanook y miró a la joven—. Siempre es mejor hacia delante, ¿no? Te llevo al punto de control.
Y así no perdía el poco tiempo que tenía ya para recuperar el plan.
Karina miró al Kyrax sin atreverse a dar un paso.
—Venga, monta —le dijo subiendo ella a la moto.
Karina vio que Nanook se colocaba delante de la moto e hizo una carrera para montarse ahora que él se había quitado del camino.
—¿De dónde has salido tú, forastera?
Arrancó la moto, le gustaba cómo Nanook se activaba con el sonido, ahora solo le quedaba esperar que no se cruzase.
Aceleró y él comenzó a correr a su lado, algo adelantado como siempre.
—Agárrate bien. —Era el único tramo para darle potencia a aquello, luego ya comenzaban los desniveles.
Dejó que Nanook se adelantase, a aquella velocidad no podía dejar que un desnivel se la jugara. Así que se concentró en seguirlo.
No había avanzado más de dos kilómetros cuando lo vio dar un salto. Le entraron ganas de cerrar los ojos, no sabía de cuánto sería el escalón. Pero si él lo había elegido, era que podrían.
Se acabó la nieve bajo la moto y quedaron en el aire. Cayeron en nieve de nuevo y siguieron avanzando.
—Nos vamos a matar. —Oyó a Karina a su espalda.
—¿Quieres llevarla tú? —tuvo que soltarle, ya no la soportaba más.
—Con los dos brazos bien no me importaría y lo haría mejor —replicó.
—Pero él no te seguiría —respondió ella, y Karina se calló la boca.
Siguieron avanzando, llegaban al lago. Ya no estaba el grupo, no iban a esperar eternamente. Ahora comenzaban los diferentes caminos y dejó que fuera Nanook el que lo eligiese.
—¿Cómo puedes estar con un miserable, sabiendo que es un miserable? —le preguntó a Karina.
—Es un Viken, quizás eso también ayuda —le dijo.
—Ser un Viken confirma que se le eleva más aún el nivel de miserable.
—Pero todas las familias quieren parentesco con ellos.
Alzó las cejas al oírlo.
—Y no sé por qué dices eso —siguió Karina—. Bjorn también es un Viken y no es así. Sabes que no lo es.
—Ya quisieran los Viken que Bjorn fuera uno de ellos —dijo y la chica la miró de reojo. Seguía con la barbilla en su hombro y se la estaba clavando.
—No tienes que ir mirando hacia delante —le dijo—. Voy conduciendo yo.
—No estoy mirando el camino —respondió Karina—. Lo estoy mirando a él.
Aurora contuvo la sonrisa, no era consciente de lo que significaba un animal de aquellos para la gente del valle. Hasta la soberbia y aquella estela de superioridad de las Hausen se acababan ante él.
Era Nanook, pero también era un Kyrax. Y aunque en un principio pudieran sorprenderse u ofenderse porque él a pesar de haber podido tener al humano que quisiera con él, la hubiese elegido a ella, al fin y al cabo no tendrían más que inclinar la cabeza ante el más legendario de los animales del valle.
***
Habían llegado al control de la fase uno.
Hakum y alguno más. Pocos por suerte, habían seguido adelante y no esperaron al grupo.
Y faltaban también Karina y por supuesto Aurora.
Lo de Aurora lo esperaba, pero que Karina no estuviese con Vilma no le gustaba.
Ella dijo solo que su hermana se había caído, pero las únicas bengalas que se habían visto eran de otra chica del valle que entró en pánico en el lago y quiso retirarse.
Solo les quedaba seguir.
Fase dos. Llegaba el peligro.
***
Había tenido que enganchar de nuevo a Nanook a la moto. Las había llevado por monte y rocas, y la moto ya no podía avanzar.
—Si hubiese sabido que íbamos a hacer la fase andando… —protestó Karina—. Te juro que hubiese lanzado las bengalas.
Iban por un estrecho pasillo de rocas, Aurora empujaba la moto desde atrás mientras que Nanook iba delante tirando. Karina solo tenía la mano puesta sobre la moto, hacía fuerza intermitente.
—¿Cómo tienes el codo?
—Ni preguntes. —Hizo una mueca—. ¿De verdad esto es mejor que Milán?
—Ve allí y lo compruebas.
—Si me dejasen, créeme que lo comprobaría. —En ese momento sí la sintió empujar—. Pero algunas solo tenemos el valle.
Entendió que Bjorn no era lo único por lo que ellas actuaban así. Había algo más, la posibilidad de conocer otra cosa que no fuese el bosque.
—No creo ni que volviese —dijo riendo y tropezó con algo. Luego miró a Nanook—. Por eso salías una y otra vez.
—Y por Bjorn —añadió Aurora.
Un bosque, dos ángeles.
—Vale, pero ¿por dónde demonios nos ha metido? ¿A ti también te hacía esto?
—No le busques explicaciones, puede ser por la seguridad, por el oso, por una trampa, por lo que sea, pero siempre lleva razón.
Karina guardó silencio.
Pero el pasillo de roca se acabó y vieron en la cuenca el punto de control. Muy cerca, pero mucho más abajo. Había una especie de camino en forma de caracol hasta abajo.
—Era un atajo, ok —dijo Karina y miró a Nanook—. ¿Podría tocarlo?
—Claro. —Aurora alargó la mano para que Nanook acudiese a ella y dejó que Karina lo tocase mientras le quitaba el enganche de la moto. Vio que se había quitado el guante.
—Joder —dijo la joven—. Yo que decía que no existían ya. Se lo contaré a mis nietos, supongo, me lo contaban a mí mis abuelos —sonrió—. Cuando estemos de vuelta, ¿puedo hacerme una foto con él?
—Las que te deje, claro. —No sabía si se dejaría. Ella también era algo que tenía pendiente.
Miró hacia abajo de nuevo.
—Vamos antes de que nos descalifiquen por desaparición —dijo Karina subiendo a la moto—. Yo ya me retiro abajo, que estará el médico.
Aurora se montó delante y arrancó.
—Al menos me has evitado la vergüenza de no haber llegado ni al control de fase.
Rio al escucharla.
Camino abajo era tan sumamente fácil que incluso hubo un momento que dejó atrás a Nanook.
Tenían el control ya a cincuenta metros.
—Para —le dijo a Karina—, yo me bajo aquí.
Se giró para mirarla.
—Suerte con el oso —le dijo la chica en cuanto estuvo en el suelo—. Y gracias.
No entendía por qué se había bajado para entrar a pie.
—Es mucho más de lo que ha hecho mi propia hermana —añadió dando unos pasos atrás—. No pierdas tiempo, no te pares, tienes gasolina de sobra hasta el siguiente punto. Solo cruza.
Karina miró hacia dónde estaban todos.
—Y después de nuestro historial, lo que te voy a decir parecerá que quiero que mueras, pero la realidad es… que el camino más corto es el hielo. Y vosotros podéis. Es la única forma de llegar antes que el resto.
Aurora asintió. Tom pensaba lo mismo. Así que allá iban.
Agarró las empuñaduras de la moto y se alzó en el asiento echándose hacia delante.
—¡Nanook! —lo llamó y aceleró.
No había mucha gente en aquel punto de control, pero en su mayoría eran niños. Era el límite de las criaturas, los habían trasladado hasta allí y luego regresarían al pueblo.
Pero a través de Bjorn sabía lo que significaba ver, por primera vez en sus vidas, lo que ya habían visto demasiadas veces dibujado en los cuentos y a través de las ilustraciones de Tom.
Teniendo en cuenta que para un niño las dimensiones de todo siempre estaban aumentadas, Nanook sería un monstruo de algodón gigante que los liberara de los osos y de todas las bestias que rodeasen el valle.
Era su señor. Legendario, mitológico, mágico. Lo dejó a su izquierda, donde estaban ellos, para que lo viesen bien. Y era consciente de que con aquel bicho enorme corriendo a su lado, su presencia quedaba completamente reducida.
Lo recordarán siempre, tenía que ser memorable.
No detenerse, solo mantener la marcha y la dirección.
Atravesó la línea del camino a la fase dos y oyó la ovación y los gritos. Era una pena no poder detenerse a ver sus caras, se conformaba con oírlos.
—Número trece. —Se oyó en el altavoz.
Y aun sin haber visto y solo oído, la vista se le emborronó enseguida.
Tragó saliva saliendo de aquella hilera de focos. Regresaban a la oscuridad.
A una oscuridad aún peor que la anterior, era más tarde. Podía ver desde allí cómo el terreno descendía más, llegaban al hielo y las montañas.
Y ella solo podía tomar una dirección.
Dirigirle por un camino y que él hiciese el resto era tan fácil como adentrarse inconsciente e intrépida y dejar que él resolviera el resto.
A lo lejos, muy lejos, se veía el siguiente control.
El cuerpo entero se le hizo ligero. Iban todos caminando a una locura.
Miró a Nanook.
Que el bosque se llene de ángeles.
***
En el hielo la moto patinaba, al menos no pesaba e iban marchando sin hacer esfuerzo, Nanook iba atado a la moto y ella iba dirigiendo la empuñadura. A ratos se detenía comprobando la dureza del suelo, luego cambiaba de dirección.
Hacía ya rato que no oía el crujir del agua congelada al romperse, y era un alivio porque ese sonido hacía que el corazón se le metiese en la garganta y se quedase sin poder moverse.
Y al fin llegó la nieve. Miró atrás, no podía creer que ya hubiesen acabado con el hielo, el alivio llegó en forma de descanso placentero.
Sacó una nueva bolsa caliente y se la cambió por la que llevaba bajo el mono.
La humedad del agua, aunque fuese congelada, se le comenzaba a meter por dentro y era insoportable.