43
No sabía ni cómo había conseguido coger el sueño unas horas. Estaba nerviosa, con el cuerpo tenso y el cuello con demasiada rigidez.
En el pueblo estaban preparando la carrera, pero ella había conseguido escabullirse hacia el bosque.
Aquella mañana le había dado de comer, aunque sabía que él buscaba comida sin ayuda, una carne que le había preparado Tom, que solían comer antiguamente los perros antes de las carreras. Ahora adaptada al peso de un Kyrax. Nanook comía cantidades enormes, como él.
Pero antes de dirigirse a la carrera tenía que volver a verlo y colocarle el arnés que le había hecho Tom. No le gustaba que Nanook llevase nada pegado al cuerpo, además no estaba acostumbrado y lo veía moverse con incomodidad, pero necesitaba algo donde poder engancharlo si le hacía falta.
Además le había venido bien para demorarse y perder tiempo, prefería estar el menor tiempo posible entre la gente en aquella especie de celebración previa. Algunos no harían más que ponerla nerviosa.
Prefería el bosque y estar sola.
Rascó bajo la mandíbula de Nanook.
—No quiero ganar, eso lo merecen más otros —le decía—. Mis intenciones son diferentes.
Él la miró a los ojos.
—Nuestra misión hoy es diferente.
Sentía el pecho aprisionado, como si alguien lo hubiese estrujado hasta que quedase hecho un gurruño.
Y estaba muerta de miedo.
—Me tiemblan las piernas, menuda heroína, Nanook —resopló—. Menuda heroína.
Ya se atrevía a acercarlo a la gente si era junto a ella, pero Tom siempre dijo que no era buena idea. Solo podía llamarlo cuando estuviese sola, cuando quedase atrás.
No podía demorarse más. Le colgó a Nanook en el arnés la chapa de metal con el número que llevaban en la carrera.
Para colmo, el trece.
Hizo una mueca. Locura absoluta y atrevimiento superlativo lo que pretendía hacer.
—Hemos avanzado —le dijo al animal—. Aunque esto es solo el principio. Hoy estamos al nivel que estamos. —La punzada del pecho era cada vez más fuerte—. Pero no hay tiempo, es lo que hay.
Solo esperaba que no fuera todo un desastre.
—Te veo en un rato.
Nanook avanzó unos pasos junto a ella y luego se detuvo para que siguiese alejándose de él. Aurora se giró para mirarlo.
—Pase lo que pase —le dijo—. Será un honor y un privilegio, Nanook —sonrió.
Y tanto que lo era.
Le dio la espalda al Kyrax y espiró aire con fuerza.
Saltó de la roca y avanzó por la arboleda hasta llegar a la moto de Tom. Este no le dejó usar la suya, estaba preparada y lista para la carrera.
La arrancó y no cogió gran velocidad para regresar. No tenía prisa.
Atravesó la calle de la casa de la tía Agnes y cogió otro de los caminos que rodeaba el pueblo para llegar hasta la explanada donde estaban las banderas. Podía ver dónde estaban colocadas todas la motos.
Era curioso cómo cada uno había elegido un modelo según sus gustos. Decía Tom que no había estilo, motor o forma mejor que otra. Que era cuestión de quién la llevase.
Pero ella no entendía de una cosa ni de la otra. No iba a correr una carrera. Su misión era diferente.
Se detuvo un instante para ver todo lo que había montado, ya habría acabado la comida y estaban todos fuera. Los niños corrían entre las motos y a su paso algunos perros ladraban. Ahora entendía eso que le decía Bjorn. Ahí no había mucho más que nieve y bosque, y todos querían correr algún día.
Y luego estaba una forastera cometiendo una locura.
Contuvo la sonrisa, ser familia de Agnes aunque fuese tan solo política la hacía tener el privilegio. No iba en la familia Erikson, sino con el actual apellido de su tía.
Ser un ángel de la nieve tiene un precio.
El que pagaban Bjorn y Nanook. Y ella que ahora iba a conocerlo.
El plan de los Ballahios estaba claro, ni Tom ni Ulrich ni Housen ni Viken tenían dudas. Lo que nadie sabía era en qué punto lo harían. No había rastro de ellos.
Se había limpiado el bosque de trampas, al menos en el recorrido. O en los posibles recorridos.
Pero el oso andaba suelto.
Los Ballahios querían el valle, era lo único que le había quedado claro. El poder, el dinero y el bienestar de aquella gente.
Y no podía permitirlo.
Habiendo llegado de una gran urbe, no le entraba en la cabeza ni un segundo aquel modo primitivo de hacer las cosas. Pero era el valle y allí todo funcionaba con otra ley.
Aceleró la moto y bajó la cuesta que llevaba a la hondonada donde habían preparado la salida.
Ya comenzaba a olvidársele el mapa de los puntos de control, el camino exacto al canal helado y todo lo demás.
Por suerte la moto no iba vacía, el propio Tom se la había preparado.
Mapa, cuerdas, enganches, y herramientas que esperaba no tener que usar, porque no entendía nada de motos de nieve que no fuera acelerar y frenar.
Rodeó las motos de la carrera y llevó la de Tom hasta donde estaba él, tía Agnes y Maggie.
Ya se estaba arrepintiendo de haberse puesto el mono blanco de nieve que compró en Milán.
Le gustaba porque tenía un blanco más limpio que el antiguo mono de la tía Agnes.
Pero ahora lo estaba notando más fino, y luego bajarían aún más las temperaturas.
Era más cómodo, no podía negarlo. Era un mono para hacer deportes de nieve. Y se había puesto todo lo más térmico que tenía por dentro.
—Pensábamos que te habías arrepentido —le dijo la tía Agnes riendo.
Bajó la cabeza, a ratos le entraba el pánico y ganas no le faltaban.
Un hombre que no conocía se acercó a ellos.
—Es la que faltaba, ¿no? —dijo y Tom asintió con la cabeza—. ¿Y el perro? —seguía dirigiéndose a Tom.
Tía Agnes cruzó una mirada con ella.
—Se unirá luego —le dijo Tom.
El hombre no entendió bien, pero no insistió, tachó algo en un papel y se marchó.
Aurora se bajó de la moto.
—Llevas en el maletero una cuerda de metal de carrete y las cogidas —le decía Tom mientras se acercaban a las motos de la carrera—. ¿Sabes qué es esto? —Le enseñó lo que parecía un montón de correas enredadas.
No tenía ni idea.
—Un arnés de perro —le aclaró Tom—. Si la moto se hunde, se atasca, o no puedes pasar con la moto en marcha, amarra a Nanook a la argolla delantera y tiráis los dos.
Asintió rezando ya para no tener que usar mucho aquello.
Tiró de las propias correas que Aurora llevaba en la parte de la cintura, ya puestas de antemano.
—Si te hundes, te resbalas, caes en algún lugar o te arrastra la pendiente —añadió Tom, y volvió a abrir la boca para seguir hablando.
—Amarro a Nanook —dijo ella antes de que lo dijese Tom.
Y él asintió.
—No es tan rápido como los perros de Bjorn, pero tira como diez.
Aurora asentía con la cabeza.
—Llevas bengalas, un cuchillo, linternas, baterías de sobra. Tres brújulas de repuesto, los mapas… —Tom seguía recordando—. Bolsas de esas que las mueves y se calientan, te la metes en el pecho. No esperes, no se te ocurra esperar a tener más frío. Lo cortas con las bolsas.
Aurora seguía asintiendo.
—Si caes, si no puedes moverte, si tienes miedo y no puedes seguir, bengala, bengala, bengala. Irán a por ti.
Aurora volvió a asentir.
Tom le dio una palmada en el hombro y la rodeó para irse. Iría a revisar la moto una vez más.
—¿Nerviosa? —dijo la tía Agnes.
—Cagada completamente —respondió tirando de sus guantes para que le entrasen los dedos hasta el final, se le habían resbalado conduciendo.
Miró de reojo al grupo de Vilma.
—No las escuches, ni las mires en la carrera —le dijo Maggie.
Aurora negó con la cabeza.
—Concéntrate en el camino y en lo que te haya dicho Tom.
Suspirar ya no era suficiente para abrir los pulmones. El miedo iba cada vez a más, recorriéndole el cuerpo.
Notó una leve presión en su muslo y bajó la cabeza. Era Blum, que además la estaba llamando con un ladrido corto y agudo.
Al menos parecía que alguien estaba feliz de verla.
—Hola, guapo —dijo dirigiendo su mano hacia la parte interior del cuello del perro para rascarlo—. Menudo valiente. —Se acuclilló en el suelo—. Yo aquí cagada y tú tan feliz.
Sonrió al ver aquella expresión de despreocupación perenne.
Llegó Zuko de inmediato, reclamando su atención, y tuvo que llevar la otra mano hasta él.
—Otro crack —dijo riendo.
Y tras Zuko pudo ver a Sila. Así que supo que su dueño no estaba lejos, ella no se alejaba tanto como el resto.
—¿Qué locura vas a hacer? —Oyó su voz. Y aunque Aurora no podía verlo con los perros agolpados a su alrededor, imaginaba que ya habrían colocado el tablón con los participantes. El tablón en que irían tachando los que iban cayendo o se retiraban.
Alzó la mirada y vio a Bjorn. Se abrió hueco entre los perros para ponerse en pie.
—Sigues sin ser consciente, ¿no? —preguntó Bjorn.
Ella frunció el ceño y abrió la boca para responder, pero Bjorn tiró de su brazo y la apartó de la gente. Los perros de Bjorn pensaban que iban de paseo a algún lugar, como siempre, y comenzaron a saltar delante de ellos con ladridos agudos.
Rodearon la casetilla provisional que habían montado.
—Esto no es un juego, pero parece que hasta Tom ha perdido la cordura —le dijo en un tono alterado, como si en el trayecto de unos metros se hubiese ido encendiendo sobremanera, y enfadando . Ve ahora mismo y te retiras.
La joven frunció el ceño.
—No pienso retirarme —le dijo firme al guardabosques.
Y aquella respuesta pareció enfurecerlo más. Él estiró la mano señalando el otro lado de la casetilla mientras se inclinaba hacia ella.
—Han recortado las fases y reducido a tres, porque saben que los Ballahios van a echarnos encima al oso. Lo saben y están seguros. ¿Y tú…? —Al mirarla de cerca se detuvo un instante—. ¿Quieres meterte en esto?
Se hizo el silencio un instante. Tenía a Bjorn a centímetros de su cara, llevaba días que solo lo veía pasar veloz de lejos. Y estaba recibiendo en su cuerpo las consecuencias de estar de nuevo frente a él. Y eran intensas.
—No pensar en nada ni en nadie, solo en mí —respondió a Bjorn despacio—. Yo también lo necesito.
No esperaba la respuesta, no esperaba que repitiese sus palabras.
—No es lo mismo —dijo al fin—. Una vez entras pierdes el control, no decides hasta dónde, hasta cuándo. Una vez entras ahí no hay vuelta atrás.