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Llegó a la casa de tía Agnes y vio la moto de Tom en el porche lateral. Se bajó y echó a correr.
Abrió la puerta y los vio en la mesa circular.
—¿Y Bjorn? —preguntó la mujer.
—Bjorn se marchará después de la carrera.
Vio la reacción de los dos, lo imaginaban. No era una sorpresa para ellos. Después de algo así era normal que se sintiese traicionado, abandonado y con una identidad que no reconocía.
Necesitaba huir.
Pero no era el único que necesitaba buscarse, encontrarse y ser.
Miró a Tom.
—¿Tienes ahí el cuaderno? —le preguntó.
Y Tom contuvo la sonrisa y miró a tía Agnes. Fue consciente de que ambos estaban deseando que cambiase de opinión.
Tom puso el cuaderno sobre la mesa, al abrirlo Aurora vio que en las primeras hojas había fechas un par de siglos atrás. Cuando no había motor y más carreras eran de trineos. Nombres de ganadores y finalistas que ya no vivían y que dejaron un legado y una tradición en el valle.
Aurora cogió el bolígrafo, ya estaba hecho la mitad al menos. Escribió su apellido.
—Mira —le dijo Tom señalando unas rayas en la parte derecha—. Aquí van los nombres de los perros. Recuerda que en su origen eran trineos. Ahora no es obligatorio, pero hay quien lleva guías.
Sacó la hoja de inscripción de Bjorn, allí estaban los nombres de los cinco perros.
Aurora ladeó la cabeza mirando la hoja de inscripción individual. No pertenecía al libro, eran unas hojas aparte, un registro de participantes y sus guías.
Rellenó nuevamente su nombre y apellido. Color de moto, blanca. Guía…
Sonrió acercando el bolígrafo al papel.
Nanook.
No era consciente de lo bonito que quedaba aquel nombre escrito.
Dios unos pasos atrás para ver la hoja completa.
—Preguntarán por él si ven esto, que de dónde sale este perro —dijo Tom alzando la hoja y la sonrisa de tía Agnes se amplió orgullosa.
Aurora se llevó el dedo índice a los labios, en una señal de que Tom no dijese nada.
—Confío en ti —dijo Tom.
—Y yo en que arreglarás esa chatarra o no llegaré ni a la primera fase.
La risa de tía Agnes hizo que tuviese que mirarla.
—Bjorn y Aurora en una carrera, ¿quién iba a decirlo? —dijo la mujer poniéndose en pie.
No quería valorar si era lo correcto o no. Solo sentía y necesitaba hacerlo.
Un ángel de la nieve.
El aire entraba pleno en sus pulmones.
Mi propio ángel de la nieve.