Mi ángel de la nieve 40
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No sabía cómo se le había pasado por la cabeza pretender apuntarse a una carrera como la que iban a hacer con la moto blanca de la tía Agnes.

Notaba la diferencia infinita de potencia con la de Bjorn y más aun subiendo la pendiente hacia la casa del guardabosques.

Aceleró, pero la moto no daba más, iba ahogada completamente.

Ridículo mayúsculo iba a hacer.

Llegaba a la casa, sabía que él estaba allí. Llevaba todo el día sin salir de allí. Tom y tía Agnes le dijeron que lo dejase solo. Pero no quería dejarlo solo.

Aquel día tampoco hacia visto a Nanook. Ya lo habían descubierto, no hablaban de otra cosa en el pueblo. Después de tantos años se volvía a escuchar a un señor del valle, y eso daba buenos augurios. Buenos augurios y la ambición de unos cuantos que estaban dispuestos a buscarlo por cielo y tierra.

Así que ir al bosque significaba darle más problemas a Nanook. No iba a permitirlo.

Él sabía esconderse y no podían hacerlo salir de la guarida.

Se bajó de la moto y se dirigió a la puerta de Bjorn. Un día sin ángeles allí se hacía, largo, frío e infinitamente triste.

Necesitaba verlo, comprobar cómo estaba, cómo digería todo aquello.

A pesar de saber que estaba enfadado con ella.

Llamó a la puerta y oyó a los perros ladrando y seguidamente, oliendo con fuerza por debajo de la puerta.

Y luego se oyeron algunos gemidos de alegría.

La puerta se entreabrió, solo un poco. Oyó a Bjorn decirle algo a sus perros, luego se abrió algo más y salió cerrando tras él.

Y ya aquel detalle hizo que supiese que la iba a largar de inmediato. Clavó los ojos en ella.

—¿Por qué has venido?

Enfadado, dolido, decepcionado, podría estar minutos diciendo todo lo que estaba viendo en él.

—Para comprobar cómo estabas. —No sabía qué decirle, no lo esperaba tan cortante.

Él solo asintió con la cabeza.

—Confiaba en ti, Aurora. —No estaba acostumbrada a aquel tono en Bjorn. No estaba acostumbrada a aquel cúmulo de ira, decepción y enfado—. Confiaba en ti más que en nadie en este… —señaló hacia el pueblo—, infierno de pueblo. Y tú me haces esto.

Frunció el ceño.

—No me correspondía a mí, Bjorn.

—Te he abierto las puertas de mi bosque, mi casa y mi vida. ¿Cómo…?

Los ojos se le llenaron de lágrimas enseguida, no solo por lo que le estaba diciendo. Sino por cómo lo estaba viendo. No lloraba, no gritaba. Pero estaba completamente destrozado.

Bjorn se llevó la mano hacia el entrecejo.

—Necesitas tiempo, pero…

—¿Tiempo? —replicó él apartándose la mano de la cara—. Antes era un Viken desterrado. Ahora no sé ni quién soy.

Miró hacia un lado, hacia el valle.

—Ya ni siquiera quiero quedarme aquí.

Ella frunció el ceño al oírlo.

Bjorn negó con la cabeza y la miró.

—Correré esa carrera, que es el sueño que nunca se me ha permitido vivir en esta pantomima de lo que creía que era mi familia —dijo—. Y luego me iré.

Abrió la puerta de la casa con cuidado de que no se saliese ninguno de los perros.

—Lo siento, Aurora —le dijo—. Pero lo tengo decidido.

—Bjorn. —Lo agarró del brazo.

—Se acabó —le dijo él, se liberó con suavidad de su agarre y entró en la casa—. Quiero irme de aquí. Quiero irme del valle.

—¿En medio del invierno? —preguntó ella y Bjorn giró la cabeza para mirar antes de cerrar.

—Me marcharé a la aldea de Scott hasta que la nieve me deje salir a otra parte —añadió—. Pero no pienso quedarme aquí ni una semana más.

Aurora quedó inmóvil mirando la puerta. Luego volvió a llamar.

—Vete, Aurora. —Ni siquiera le abrió.

Ella apoyó las manos en la puerta.

—¿Pero tú te estas oyendo? ¿Dejar el valle? ¿Y tus perros?

—Se vienen.

—¿Viajar con cinco perros? No has viajado nunca.

Se hizo el silencio unos segundos.

—Aurora, por una maldita vez he decidido algo sin pensar en nada ni en nadie, ni en el bosque ni en mi familia, ni en las familias del pueblo ni en los animales del valle. En nada, en nadie. Solo en mí. Por una vez en toda mi vida.

Aurora apretó los labios y los torció en un gesto.

Luego dio con ambas palmas en la puerta.

—Me parece muy buena idea —dijo y volvió a golpear la puerta con las dos manos—, Es más, me parece una fantástica idea. Tanto que te la copio.

Le dio la espalda a la puerta y miró el valle.

—En nada ni en nadie.

Sintió la brisa helada de la altura de donde se encontraba.

No pensar en nada ni en nadie era su primer plan cuando decidió ir hasta aquel pueblo perdido.

—No pensar en nada ni en nadie.

Solo en ella misma. Miró de reojo tras de sí la puerta.

Luego se colocó de cara al valle y cogió aire soltando en su suspiro.

—Solo en mí. —Dio unos pasos hasta las vallas de madera donde estaba ya el vacío—. Solo en mí.

El valle era extenso, las montañas cubiertas de nieve parecían monstruos blancos engullendo la vegetación de la cuenca que se resistía a dejarse cubrir del todo.

Volvió a mirar la casa y luego al valle.

Bjorn le acababa de retirar uno de los ángeles. Ya todo el castillo que estaba construyendo en su cabeza junto a él se desmoronaría en unos minutos, en cuanto fuese consciente, en cuanto lo digiriese. En cuanto lo siguiese echando de menos.

Ya no quedaba más que el invierno y el frío. Y el hielo, y la nieve. Y las tormentas. Y el valle. Y el oso. Y la amenaza. Y los insultos. Y la humillación.

Se agarró a la valla.

Tenía a uno de sus ángeles posiblemente acurrucado en una cueva, escondido, sabiendo que si salía y alguien lo veía, lo perseguirían sin descanso.

Tenía al otro ángel encerrado en otra cueva, de madera. Que solo quería huir.

Se apresuró hacia la casa de Bjorn y se apoyó en la puerta.

—Lo siento —le dijo, sabía que aún estaba allí y que la escuchaba—.

No podía ser yo quien te lo dijese. —Que ya lo supiera era una liberación.

Las consecuencias estaban siendo diferentes a lo que esperaba, pero estaba libre y ese peso que se había quitado de la espalda la hacía sentir ligera—. No podía.

Pasó la mano por la puerta.

—No voy a ser yo quien te intente impedir hacer lo que sientes —añadió y sonrió al decirlo—. Gracias, Bjorn.

Tragó saliva un instante.

—Tú también eres mi ángel de la nieve.

Pero por una vez yo también tengo que ser mi propio ángel de la nieve.

La ligereza le subió tobillos arriba.

—Te quiero, Bjorn. —Se retiró de la puerta dando un paso atrás—. Y suerte.

Se giró y echó a correr hacia la moto de nieve.

Se subió casi de un salto y la arrancó mientras se colocaba las gafas. Cuesta abajo podía acelerar y era una sensación similar a la de volar.

Ser su ángel de la nieve. Por una vez.

Ya estaba bien de que todos la salvasen.

Ahora tenía que hacerlo por ella.

Sin pensar en nada ni en nadie.

Y solo así tenía la posibilidad de salvarlos a todos.