39
Huir, como siempre hacía. Alejarse, correr, apartarse, perderse en el bosque. Y de nuevo otra vez solo.
Sentía la traición como una puñalada en un costado, de Tom, del que creía su padre, de la que creía su madre, de Agnes. Y de Aurora.
Aurora siempre estuvo aparte de los demás en su imagen del mundo. Otro plano. Un lago superior y celestial. Un lugar sin nieve y sin la oscuridad del bosque.
Pero ahora ese lugar distinto estaba oscuro y helado como el resto de lugares que conocía.
Apretó los dientes y sentía cierto escozor en los ojos.
Siempre se sintió diferente a los Viken. Siempre supo que a ojos de sus padres no era como Hakum. Siempre fue el Viken desterrado.
Pero ahora resultaba que ni siquiera era un Viken.
—¡Bjorn! —Aún no había legado a la moto de nieve, pero Henrik había logrado alcanzarlo.
Se giró hacia él.
—¿Cuándo pensabas decírmelo? ¿Nunca?
Su padre, o al menos el que tenía en su mente como padre, miró a un lado.
—¿Robado? ¿Me robaste? ¿Por qué?
Viken negaba con la cabeza.
—Porque no podíamos tener hijos. —Lo miró al fin a él.
—Y robas uno —dijo Bjorn con ironía—. Así de simple. Robas uno. Y robaste mi identidad y mi apellido, y la vida que podría haber tenido junto a una madre que seguramente lo hubiese hecho mejor que tú.
Tenía tantas ganas de decirle tantas cosas, pero ahora solo podía contener su pecho, aquello molesto en los ojos y lo de su garganta.
—Siempre supe que había algo —añadió, y fue él quien que miró hacia un lado. Se oyó otro aullido de Kyrax—. Podríais haber disimulado al menos. —Las lágrimas fueron incontrolables—. Podríais haber disimulado que no me queríais. —Casi no pudo acabar de decírselo.
Pero daba igual lo que le dijese. Henrik Viken estaba hecho del mismo material que el lago en invierno. De hielo.
Se dio media vuelta y se dirigió hacia su moto, silbando para llamar a sus perros.
—¿A dónde vas? —le preguntó Henrik—. Están todos buscando al Kyrax. ¿No lo escuchas? Sal ahora mismo y trae a ese bicho al pueblo porque es nuestra ocasión con los Ballahios.
Bjorn arrancó la moto.
—Pues tened suerte. —Aceleró mientras se le unía su jauría y se encaminó hacia las afueras del pueblo.