Mi ángel de la nieve 37 #4
83%

37 #4

—No lo olvidamos —respondió y Bjorn guardó silencio—. Conformarse no es olvidar. La diferencia es que mi oportunidad no iría más allá de la primera fase y tú sí podrías ganar.

—Nunca he pensado en ganar —dijo él—. Me gustaría tener las mismas oportunidades que el resto.

Acercó la mano a la barbilla de Bjorn, él inclinó enseguida la cabeza y pudo acercar los labios a los de él para besarlo y apretarle el abrazo.

En el silencio de la noche podían escucharse los alaridos de los perros de Bjorn y le sobrevino una carcajada. Era un coro de canto tétrico absoluto cuando Bjorn regresaba después de dejarlos atrás. Como si la casa estuviese en llamas.

Ya lo estarían oliendo.

Bjorn empezó a reír también y tuvo que dejar de besarlo.

—¿Se están muriendo de hambre? —preguntó ella con ironía.

—No —dijo él sin dejar de reír y puso en marcha la moto.

—Son tremendos —negaba con la cabeza riendo mientras Bjorn aceleraba de nuevo.

Y no tardaron en llegar a la casa donde el llanto de los perros se escuchaba con más volumen.

Bjorn se apresuró a abrirles la puerta y como otras veces, cayeron sobre él en una actuación trágica absoluta, intentando hablar todos a la vez, que a cada uno le prestase más atención que a otros. Y así una consecuencia de alaridos que dañaban los oídos.

—¿Ya? —les decía él tranquilo—. ¿Ya todos?

Ella los observaba a media distancia.

Es para quedarse con los seis. Ufff…

Sonrió sin dejar de mirarlos.

La paciencia que tiene con ellos. El día que tenga hijos va a ser…

Sacudió la cabeza con un pensamiento que logró replicarle las ligerezas del cuerpo, pero aumentadas sobremanera.

Tampoco entendió por qué su pensamiento aleatorio le había dado aquella imagen en la cabeza, no venía al caso, nunca había pensado nada similar. Ella misma no había pensado nada similar para sí.

El hielo me está congelando hasta las neuronas. No funciono bien aquí.

Se acercó despacio a aquella estampa de saltos y lametones y algunos perros llegaron a ella para saludarla. Bjorn no les permitió tanta efusividad para que no la dejasen caer, aunque siempre era difícil.

Así que sacó del bolsillo un paquete de aquellas cosas mágicas y enseguida los tuvo a los cinco sentados frente a él, con la lengua caída a un lado.

En cuanto cada uno cogió su trofeo, se fueron dirigiendo para dentro uno por uno.

—Ahora sí. —Bjorn le dio la mano y tiró de ella para que lo siguiera hacia dentro.

Nunca había entrado en la casa de Bjorn y tenía curiosidad por saber cómo era.

Pequeña y de dos plantas más una buhardilla, de plantas cuadradas, pero de muy muy poca dimensión.

La de abajo era apenas un salón escueto con una cocina a la vista y, por lo que veía, al fondo un armario y la escalera.

Y una chimenea rectangular que ocupaba casi media pared.

Tenía a la izquierda un sofá verde y a la derecha dos sillones de un color rojo oscuro. Lo que le daba, junto a la madera, un toque maride perenne.

Lo vio apilar leña en la chimenea y coger el encendedor.

—En un rato será agradable —le dijo.

—Es agradable ya —respondió ella y lo vio contener la sonrisa.

La habitación de Bjorn supuso que estaría en la planta superior.

Aurora observó a los perros, cada uno parecía tener su lugar exacto en el salón.

Blum tenía una alfombra tipo esterilla. Sin embargo la de Max era una especie de colchoneta fina como la de Sila.

Zuko tenía también una esterilla, pero de hilo roja y blanca y con flecos.

Y la de Zor era lo que parecía un trozo de alfombra cortada.

Bjorn había tomado la presencia de cada uno, sin seguir una línea ni un orden decorativo. Y todo tenía un desorden visual que le daba una calidez a la casa que no esperaba de alguien que vivía completamente solo.

Quizás su soledad era relativa. Los tenía a ellos. Y si ellos le producían la misma sensación que a ella Nanook, estaba segura de que apaciguaban en gran medida algunas carencias que tenía Bjorn.

Así que sonrió al mirarlos a los cinco, porque pocas veces se podían ver familias tan hermosas.

—¿Quieres comer algo? —le preguntó Bjorn desde la cocina.

Ella negó con la cabeza.

Puedo comer guardabosques.

Se encontraba mucho mejor que cuando salió del polideportivo. Ya solo le quedaba el bochorno de haber dado el espectáculo con tanta gente delante.

Y hasta eso ya tenía poca importancia. El fuego comenzaba a calentarle la cara y se desabrochó el abrigo.

—Ven —le dijo Bjorn con una gasa en la mano levantándole la barbilla—. No va a doler mucho, eh.

—Me tienes como una blandengue —replicó ella con ironía—. No lo soy.

Ya le estaba desesperando aquel concepto generalizado de ella.

Notó un pequeño escozor y sobre todo frío. Se le erizó el cuello y el hombro.

—Menuda gata tenéis en el pueblo —dijo y Bjorn sonrió.

—No les gustan los forasteros, ya lo sabes.

—No le gusto yo —aclaró ella—. Y que este cerca de ti menos.

La sonrisa de Bjorn se amplió y fue consciente de que en parte entendía a las jóvenes de aquel pueblo hermético. Había llegado la de fuera y eligió a lo mejor que tenían en el valle.

Y en parte no era justo.

Cerró los ojos y acercó los labios a Bjorn, él la atrajo a él y se alargó el beso varios segundos.

Claro que se había quedado con el mejor hombre del valle, no tenía dudas. Y no solo por aquel físico privilegiado, angelical y estéticamente perfecto. Sino por todo lo que podía ver a través de él.

Bjorn tenía compromiso, era leal, valiente, con mucho sentido de la justicia y de colaborar con su gente.

Y el resto de cualidades podía apreciarlas a través de cómo se comportaba con sus perros. Era normal que ellos lo adorasen de esa manera.

Y ella había caído a los pies del guardabosques sin remedio. ¿Cómo no iba a caer rendida? No había forma de escapar de aquella trampa de nieve.

Bjorn retiró sus labios de los de ella.

—¿Estás mejor? —le preguntó y Aurora sonrió.

—Claro que estoy mejor —respondió y él le acarició la cara.

Era una de las cosas que más le gustaban de Bjorn, que siempre se interesaba más allá de lo visible. Quizás porque él mismo vivía cosas desagradables por dentro.

—Mucho mejor —añadió cogiendo las solapas del abrigo de él y tirando de ellas para pegarlo a su cuerpo de nuevo—. ¿Y tú?

Bjorn sonrió.

—Mucho mejor.

Y le gustó escucharlo, así que se abalanzó sobre él dándole un beso que alargó hasta que comenzó a sentir aquella quemazón entre las piernas.

Pero Bjorn la atrapó de nuevo antes de que pudiese separarse de él.

Así que aquel tintineo que ardía en el extremo de su abertura se hizo intenso y cada vez más molesto, hasta que sus mallas de nieve rozaron algo que formaba un relieve en el pantalón de Bjorn.

Se dejó caer sobre él para comprobar al completo qué provocaban sus besos en el cuerpo de aquel hombre, algo que le estaba gustando sobremanera. Saber que él también tendría el ardor y el tintineo, a su forma. Y que la causa era exclusivamente ella.