Mi ángel de la nieve 37
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El polideportivo donde estaban haciendo aquel aperitivo para los invitados de los otros pueblos del valle estaba repleto de mesas largas llenas de lo que cada vecino había aportado.

Había una hilera de barbacoas de hierro que humeaban algo que olía inmensamente bien.

Uno de sus olores favoritos de allí, las salchichas gigantes.

A Nanook le fliparían. A ver cómo consigo llevarme.

Hacía frío a pesar de que se agolpase cada vez más gente. Divisó al final de la hilera de las barbacoas a los Ulrich al completo, con aquellos cabellos castaños o rubio cobre. Eran una familia tremendamente hermosa.

Chocó contra la espalda de la tía Agnes, que se había detenido en la mesa de los dulces revisando que todo lo que había llevado estaba en su lugar.

Aurora la había ayudado con el transporte mientras Bjorn ayudaba a otros a montar aquello.

Hacía ya rato que no lo veía, el polideportivo estaba demasiado lleno ya.

—Hay varios favoritos del pueblo. —Oyó la voz de Vilma—. El hijo de Stanford, Hakum, Karina y yo.

Aurora giró la cabeza para mirarla, Vilma hablaba con un grupo de vecinos, no eran de allí, serían de otro de los pueblos.

Pues ojalá que Vivien te funda.

Los ojos de Vilma se detuvieron en ella.

—Cuando vi tu nombre en la lista pensaba que no serías capaz de acabar la carrera siquiera —le dijo directamente a ella—. Pero no que ni siquiera fueses capaz de empezarla.

—Vilma. —Era la mujer del alcalde y su madre—. Aurora lleva aquí poco tiempo y para ella es más peligroso que para el resto. Además ha dicho tu padre que es por recomendación de Bjorn.

Vilma alzó las cejas, quizás esa anotación no la sabía.

—Apuntarla a esa lista fue un error mío —intervino con rapidez la tía Agnes—. Solo quería que se divirtiera con los jóvenes en uno de nuestros eventos favoritos. —La empujó levemente para que siguiese adelante y las pasase de largo—. Pero Bjorn lleva razón.

—La lleva. —Era la voz de Vilma de nuevo—. No es su lugar.

Aurora entornó los ojos, le ardía la garganta y la lengua.

Saca lo peor de mí.

Tuvo que espirar el aire despacio para que su cuerpo se tranquilizase. Tom apareció delante de ellas. Ver a Tom en medio de una multitud era similar a ver a un padre distante que vigilaba todo el tiempo. Le gustaba su presencia, le importaba su opinión y modo de ver y dirigir las cosas.

Y a ratos algunos avances con Nanook se los debía de alguna forma a él.

Se inclinó hacia Aurora para hablarle al oído.

—Acaba de salir una bandeja de esas salchichas que te encantan —le dijo en un susurro.

Aurora sonrió al oírlo y alzó la mirada hacia la barbacoa en concreto que acababan de vaciar.

—Gracias —le dijo pasando por delante de él, dejando atrás a su tía, a la mujer del alcalde y a Vilma.

Se acercó a la zona de las barbacoas y allí el olor era intenso. Allí estaban alineadas las salchichas que poco a poco iban desapareciendo. Pensaba por las palabras de Tom que ya estaban hechas, pero no. Había largas varas para que cada uno trinchase la suya y se la hiciese uno mismo.

Y fue lo que hizo, aunque la suya rodó varias veces hasta que logró atravesarla con el pincho. Vio que un hombre junto a ella observaba su hazaña.

Hasta para esto se nota que soy torpe.

Se mordió el labio inferior y rodeó al hombre para alcanzar la barbacoa más cercana. Allí dejó la salchicha.

Vio que el mismo hombre que la observaba se había acercado de nuevo.

—La sobrina de Agnes, imagino —le dijo y ella tuvo que mirarlo—. Soy Scott Haardum. —Le tendió la mano. El nombre lo reconocía. Era amigo de Tom y del primer marido de su tía. Y alcalde de otro de los pueblos.

Uno de los viejos guerreros del valle.

—Si lo que dicen por ahí es verdad —continuó él y ella se sobresaltó—, ¿cómo alguien de ciudad sobrevive al bosque?

¿Cuál de las veces?

—Tenemos un buen guardabosques —respondió y lo vio sonreír.

—Sí, eso sí es verdad. Pero no suele ser suficiente.

Aurora le dio la vuelta a la salchicha.

—Además eres la única que ha llegado a ver el oso —añadió el hombre y ella alzó la mirada.

—No llegué a verlo. —Bajó de nuevo la mirada hacia la salchicha—. Estaba de espaldas.

—De frente es difícil sobrevivir a un oso, ¿cómo se hace de espaldas? —La ironía de Scott hizo que volviese a darle la vuelta a salchicha para disimular.

—Lanzándome por un barranco. —Era la verdad.

—¿Cómo te dio tiempo?

Y ahí está la otra verdad.

—No tengo ni idea. —Otra vuelta que la hizo descubrir que su salchicha por aquella cara se había carbonizado. Algo que Scott apreció enseguida. La joven se apresuró a levantar la vara donde la tenía clavada.

Mierda.

La sacudió en el aire, pero fue un gesto absurdo, aquello no tenía arreglo.

—No te preocupes, hay más —le dijo el hombre enseguida cogiendo una servilleta de papel para quitarla del pincho. La dejó caer enseguida en un cubo de plástico que había bajo la barbacoa.

—Las solemos echar ahí para los perros, les encanta.

Y a mi Nanook.

Scott le quitó la vara y trinchó él otra salchicha y la depositó sobre la parrilla.

—Entonces no llegaste a ver si era blanco o gris —le dijo él y ella negó con la cabeza.

—¿Qué diferencia hay? Quiero decir… un oso salvaje es un oso.

—Nuestra cultura, leyendas y augurios. Eso ya te lo habrán contado.

La maldición del oso gris, ya lo sabía.

—No me refiero a eso. Me refiero a que provocan el mismo desajuste en el pueblo. Un peligro para vecinos y animales. No hay diferencia.

Scott ladeó la cabeza.

—Cada vez que uno llega hasta aquí es una desgracia, sí —respondió el hombre con sinceridad—. Y no creas que es tan fácil rastrearlo habiendo tantos lugares de difícil acceso. Y de repente aparecen de la nada y atacan. —Ya la tenía hecha, solo una vuelta a cada lado. Se la ofreció a la joven.

Aurora cogió una servilleta para envolverla. Scott enseguida trinchó otra.

—No es su lugar ni su hábitat —añadió Scott—. Ni siquiera están acostumbrados a este clima o a esta fauna. Enloquecen. Pero no son demonios.

—Solo están perdidos.

—Eso es.

Había quien los demonizaba, y en parte era verdad que eran máquinas salvajes de matar animales e incluso vecinos que accediesen al bosque.

—Por eso es importante encontrarlo cuanto antes y devolverlo a su lugar. Es lo mejor para todos, hasta para él.

Aurora asintió con la cabeza.

—Y no podemos tardar o afectará a las manadas autóctonas del valle —continuó Scott.

—Esta semana Bjorn ha encontrado a tres lobos muertos.

Scott alzó el dedo índice hacia arriba.

—Y acabará ahuyentando a las manadas —respondió el hombre—. Un depredador que no corresponde al valle cambia por completo las reglas que mantienen los ocupantes del bosque. Incluso nuestros osos, que ahora están en las cuevas, acabarán marchándose. No sabes lo que significa eso.

El hombre trinchó otra salchicha más y la dejó en la barbacoa mientras sacaba la otra.

—Lo mismo ocurre con los Ballahios —añadió en un murmullo.

Aurora hizo una mueca leve.

—Has venido el peor invierno. —Alzó la mirada hacia ella—. Este lugar suele ser mucho mejor.

Sonrió a Scott, aquel lugar seguía siendo maravilloso por otros muchos motivos.

—Y los de mi generación… ya no somos lo que éramos para un conflicto de estos. —Siguió colocando salchichas trinchadas en la parrilla—. Veinte años menos y un Kyrax —añadió.

La sonrisa de Aurora se amplió al oírlo.

—A lo mejor tampoco sería una solución.

—Solucionaría al oso, que ya es algo —rio el hombre—. Y echaría a los Ballahios.

—¿Con un solo Kyrax?

Scott le dio otra salchicha.

—Con un oso polar.

Se sobresaltó al oírlo.

Su mente se disparó sobremanera.

—¿Crees que ellos han preparado otra cosa para nosotros? No son imbéciles, ya no son los tiempos de antes. Ahora si nos matan pueden enfrentarse a consecuencias, por muy aislados que estemos. —Cogió otra salchicha para él—. Ese oso no ha llegado aquí por casualidad. Ulrich piensa lo mismo.

Alzó las cejas. Nadie del pueblo había pensado eso.

—No es difícil, eh, aunque lo parezca. Y los Ballahios saben moverse muy bien en climas extremos —negó con la cabeza—. Y eso si no hay más de uno, no es ninguna locura.

—¿Que han traído aquí un oso polar a través de la colina? ¿Cómo?

Pesaban demasiado para transportarlos por lugares que no cabía más que una moto de nieve, a veces ni eso.

—No se dice cómo lo han traído —respondió Scott—. Sino cómo lo han atraído hasta la colina.

Aurora iba a morder una salchicha, pero necesitó unos segundos para asimilarlo.

—¿Alguien se cree que van a venir con garras de metal a asustarnos y que después apareciese un bicho de esos? —negó con la cabeza—. Quieren acorralarnos y echarnos de aquí. No solo asustarnos. Ya has visto que asustarnos es difícil.

Aurora sonrió de nuevo.

—Pero si solo son osos, podríais pedir ayuda.

—¿En invierno? —Scott se inclinó hacia ella—.

El valle ha quedado solo, únicamente nos tenemos a nosotros.

Y a veces ni siquiera a nosotros. Mi aldea es la que está más al este, la primera en congelarse y la última del deshielo.

En unas semanas no podré ir a ver a Ulrich hasta la primavera, con suerte —añadió mordiendo su salchicha—.

La carrera es la última oportunidad del año de mi gente de socializar fuera de nosotros.

Tenemos menos jóvenes que el resto, una población envejecida y reducida.

Somos la carnaza fácil de los Ballahios, y no quiero que mis vecinos acaben entregándoles la aldea y marchándose a otro lugar.

Aurora entornó los ojos.

—Allí es donde van los que huyen de los Viken, ¿qué diferencia hay?

Scott frunció el ceño, quizás no esperaba esa respuesta de una forastera.

—No tienes la sangre de Hans, me dicen —dijo el hombre con media sonrisa—. Tampoco la de la propia Agnes.

Aurora negó con la cabeza.

—Pero apuntas maneras —añadió riendo—. Sobrevivir al bosque y a un oso. —El hombre hizo una mueca—. ¿Y a los Viken? —comenzó a reír—. Que el valle no te conceda un Kyrax —añadió con ironía.

El valle ya me lo ha concedido.

—¿Quién ha dicho algo de un Kyrax? —La voz de Vivien los hizo girarse.