Mi ángel de la nieve 36
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Sabía que Bjorn había llegado a la casa de tía Agnes y que luego había accedido a la arboleda, sin escuchar el motor de la moto ni el ladrido de sus perros, solo por la reacción de Nanook.

A pesar de estar trescientos metros hacia el bosque, a pesar de no tener visón más que de arboledas, a pesar de estar en medio del silencio y la nieve.

Pero el vínculo y cómo identificaba sus miradas y gestos avanzaba cada día.

Le dio la espalda a la dirección de la casa.

—Vamos —le dijo al Kyrax—. Que no piense que lo estaba esperando.

Regresó aquel nervio repleto de puntillas afiladas al pecho. Regresó la ligereza. Pero también resurgió cierta ira que le calentaba la cara y la garganta.

Realmente no lo estaba esperando, en el fondo le sorprendió cuando se lo dijo tía Agnes. Al menos había ido a buscarla.

—Lo mismo solo ha venido a decirme que se queda con la otra. Y que circule —añadió.

Siguió avanzando, recordando cuando por aquellos mismos arbustos se paralizó por la presencia de Nanook.

Ya podía escuchar algún sonido de los perros. Bjorn accedería andando, como ella, y no en moto.

—Esos cinco saben rastrearnos bien —siguió diciendo—. Tenemos que ponernos a la altura, eh.

Pasó la mano por su cabeza.

—Tenemos que ponernos a la altura de todos aquí.

Nanook giró la cabeza y parte del cuerpo para ponerlo tras ella, de frente hacia dónde venía Bjorn con sus perros, dejándola atrás. Aunque lo conociese, aunque lo hubiese visto y olido tantas veces. Y aunque hasta lo hubiese protegido del oso.

Pero supuso que un Kyrax no se fiaba de ningún humano salvo del suyo. Y de este en concreto, sabía que al menos era capaz de hacerla llorar.

Oyó un leve rugido de la garganta de Nanook.

—No —le dijo y el rugido se detuvo.

Era extraño, parecía que no reconociese a Bjorn.

O no lo hacía desde que la vio llorar. Nanook no iba a atacarlo, no estaba tenso, su rugido no era de advertencia como lo oyó con el lobo la otra vez.

Su rugido era de no estar de acuerdo, de estar enfadado, de darle a regañadientes una oportunidad más o quizás le estaba diciendo en su cara que no le gustaba.

Lo que fuera, lo dijo.

Y la hizo contener la sonrisa.

Se giró y vio a Bjorn parado a unos metros de ellos.

—¿Puedo? —preguntó sin dejar de mirar a Nanook.

—Puedes, claro —respondió.

—Lo digo por él.

Bajó la mirada hacia Nanook y tuvo que contener la sonrisa otra vez. Aquel animal estaba dispuesto a defenderla de todo lo que pudiese defenderla. Y eso lo hacía aún más mágico.

—Es que no sé qué le pasa.

—Puede que huelas diferente.

Puede que me haya visto llorar.

Quería que Bjorn hablase de una vez y le confirmase si había llorado en vano o solo era el primer llanto de los que vendrían después.

Pero Bjorn alzó los ojos y pudo comprobar que su propio Kyrax le había revelado lo que estaba pasando.

—Siento no haberte visto en todo el día.

No era eso, era otra cosa.

—Los animales estaban desperdigados y me llevó toda la mañana, Vivien ayudó con los últimos y pude regresar a la hora de comer. Te busqué en la chocolatería, pero ya no estabas.

—Había mucha gente. —Tiró levemente de Nanook para que dejase de echarle aquella mirada de desprecio a Bjorn. No había motivos al parecer.

Así que el animal la rodeó hasta colocarse a su lado dispuesto a seguir dando el paseo.

Aurora se dio media vuelta dándole la espalda y siguió caminando.

Cuando estaba Nanook, los perros de Bjorn no solían acercarse a ella, el respeto que le tenían a aquel señor del valle era absoluto.

Su humana era exclusiva en su presencia.

—La presencia de Vivien no cambia nada. —Lo oyó decir y dejó de avanzar.

He llorado para nada entonces.

Espiró despacio sintiendo cómo su cuerpo se relajaba completamente.

Giró la cabeza para mirarlo.

—Pero ahora no sé por qué no puedo acercarme —añadió Bjorn con paciencia.

Aurora bajó la mirada hacia Nanook, no sabía si él entendía su mirada como ella estaba aprendiendo a hacer con él.

Apartó la mano del animal y este dio unos pasos para alejarse de ella. El código estaba saliendo bien y le gustaba.

Bjorn vio cómo Nanook se alejaba, sabía que le había desconcertado la conducta de él y la de ella, inclusive. Pero ahora le estaba desconcertando aquel vínculo que podía detectarse hasta a simple vista.

Por fin lo estaba consiguiendo.

El guardabosques dio unos pasos hacia ella mientras Aurora lo miraba.

No sabía si era por tantas horas de trabajo en mitad de la nieve, pero el pelo alborotado, más que de costumbre, le sentaba más que bien. Vivien no había llegado en un buen día. El guardabosques estaba especialmente guapo.

La rodeó por la cintura y se inclinó sin dejar de observar su reacción en un intento de comprobar si podía o debía seguir.

Pero ella le agarró el abrigo y lo atrajo en un moviendo rápido.

Besarlo después de estar medio día con la incertidumbre de que no fuese a pasar más, hizo que aquel beso se le fuera de las manos.

Se apartó de Bjorn antes de que su cuerpo comenzase a hacer saltar lo que tenía entre las piernas. Comprobó en el rostro de Bjorn que aquel beso le había quitado todas las incertidumbres.

—Todo sigue igual —dijo Bjorn y sonrió levemente mientras le apartaba el pelo de la cara. Volvió a besarla. Y la besó una tercera vez mientras la iba empujando hacia uno de los árboles.

Ya conocía lo que conllevaba besarse con Bjorn apoyada en un tronco bajo la copa de un árbol.

No tenía dudas de que cualquier día derretirían el valle.