Mi ángel de la nieve 34
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Había vuelto sola a la casa de la tía Agnes. Si hubiese estado con otro ánimo, la hubiese ayudado en la chocolatería como tenía pensado. La multitud había llenado todos los locales del pueblo, que ya eran pocos de por sí. Y estaban repletos.

Pero solo tenía ganas de apartarse, así que cogió su cesta de la comida y regresó a casa.

Bjorn no había regresado aún. Vivien tampoco.

Era temprano, sabía que le ocuparía tiempo rastrear a los animales en el bosque.

Cogió una cesta y colocó en ella una de las carnes de Nanook. No era la hora de la comida, pero tampoco sabía dónde andaría aquella noche ni a qué hora regresaría a casa. Había escuchado algo de una cena en el pueblo, tampoco sabía los planes que tendría Bjorn.

Pensar en él hacía que regresase el nervio de pequeñas punzadas y la ligereza de piernas. Quizás ya los planes de Bjorn no estaban con ella.

Sacudió la cabeza, se había prometido no pensar más. Pero no podía detener aquella sensación en el cuerpo.

Cogió la cesta, la comida de Nanook y salió fuera. Atravesó el camino de la farola y se metió en la primera arboleda, justo donde lo encontró la primera noche.

Bajó la mirada hacia el silbato y se lo acercó a la boca.

Justo cuando fue a soplar oyó a lo lejos la jauría de Bjorn. Contuvo la sonrisa, la ligereza se desvaneció al completo y le inundó una energía inmediata que la hizo dar tres pasos largos entre la nieve.

El motor de la moto se oía.

Paró en seco y se sujetó al tronco de un árbol. Junto a la enorme moto de nieve del guardabosques llegaba una más plana color azul metalizado.

Se acuclilló enseguida, por reflejo, casi inconsciente. Y contuvo la respiración.

Pasaron veloces, tanto que ni siquiera los perros se detuvieron en ella. Tomaron la curva de la farola a una velocidad que levantó la nieve, y siguieron camino hacia el pueblo.

No podía moverse aunque ellos ya habían pasado y ya eran dos pequeños puntos de color sobre la nieve.

Cogió aire y este le rebotó en los pulmones y salió con rapidez sin oxigenarla un ápice. Bajó la cabeza, seguía sujeta al tronco y se llevó la mano a la boca.

Los ojos se llenaron de inmediato y la tirantez en la garganta era tan grande que le dolía. Le dolía por dentro, al fondo de las costillas, al de las entrañas.

Seguía sin poder coger aire.

Otra vez.

La misma sensación que en Milán. Aunque hubiesen sido días junto a Bjorn, aunque apenas hubiese podido acceder más allá de su muro.

Se llevó la mano a la boca y comenzó el llanto, levemente. En silencio.

Notó un cosquilleo, su pelo se movía hacia el cuello. Giró la cara despacio, su cuerpo estaba pesado, vacío de energía completamente.

Encontró la fría y brillante nariz húmeda de Nanook. Parecía estar hecha de charol.

Ni siquiera había hecho falta llamarlo. Bajó la mirada hacia la cesta y desenvolvió su carne.

Pero Nanook no prestó atención al rodillo, aunque el olor lo invadiera. Seguía pendiente de su cara.

Y sus ojos se cruzaron con el medio lobo.

La tirantez aumentaba, y el dolor, y las ganas de soltarlo.

Su estómago rebotó en un quejido leve, encorvó el cuerpo y Nanook dio un paso para acomodarse en su regazo. Abrazó el enorme cuerpo del animal.

Y rompió a llorar.

—No puede ser —dijo entre lágrimas—. Otra vez.

Otra vez lo mismo.

Daba igual el tiempo, como decía la tía Agnes.

Apartó la frente del lomo de Nanook y se limpió las lágrimas. Él la miró un instante y volvió a acomodarse en ella, esa vez en su pecho, como si quisiese que ella rompiese a llorar en él todo lo que necesitaba. Hasta que no quedase nada, hasta que quedara vacía.

Espiró el aire con fuerza conteniendo el llanto.

Se estiró y cogió aire de nuevo. Miró a Nanook.

—Es lo que hay. —Al menos ahora el aire entraba limpio y la había calmado. También tenía que reconocer que a veces romper a llorar era la cura de ciertos estados.

Y lo peor había pasado. La tranquilidad que le transmitía el Kyrax no solo funcionaba cuando estaba en peligro físico. También funcionaba con el dolor interno.

—Mi ángel de la nieve —dijo acariciándolo. No había tardado en acudir a ella. Eso quería decir que la sintió regresar del pueblo, conocía su estado de ánimo y acudió a ella como si el oso la estuviese desgarrando.

Y es que el oso la estaba desgarrando.

Con una garra de cuchillas de metal.

Se puso en pie y dejó caer una mano en la cabeza del animal, era tan alto que le resultaba cómoda la postura.

Avanzó sin quitar la mano, cuando lo hacía él solía seguirla pegado a ella. La altura del animal en pie junto a su cuerpo era imponente.

Todo el mundo estaba en el pueblo, hasta Bjorn y Vivien. El bosque estaba prohibido, así que tenía la certeza de que nadie más pasaría por allí.

Salió de la arboleda acercándose a la farola. Nanook nunca había avanzado más allá de la farola. Pero tenía que intentarlo.

Seguía sin soltarlo, seguía sin despegar la mano de su cuello, y él seguía sin despegarse de su pierna, como si fuese atado con una cadena corta que lo fijaba a su paso.

Rebasaron la farola y llegaron hasta el buzón, seguía roto. No se detuvo, un paso más tras otro.

Y se vio reflejada en el cristal de uno de las ventanas dobles del salón.

Ahí sí se detuvo y Nanook con ella.

Ahora entendía bien lo de animal mitológico y mágico.

Siempre había visto a Nanook de frente y solo. No en la misma imagen que ella.

La sensación que daba la imagen de que una joven menuda dominase a un Kyrax de aquella envergadura hacía que su pequeño cuerpo se alzase a un nivel que no había visto nunca.

Bajó un momento la mirada hacia él y la subió hacia el cristal.

No era consciente. Lo que le decía Bjorn, lo que le decía Tom, y lo que le decía la tía Agnes.

No era consciente de la responsabilidad, pero ahora estaba comprobando que tampoco era consciente del poder.

Por eso todos querían uno.

Que un animal así eligiese hacer un vínculo con un humano era algo sobrenatural y extraordinario a unos niveles que no lograba digerir. Quizás porque ella lo conoció sin saber ni siquiera lo que era.

Pero daba igual lo que fuera, siempre supo que él era un ser especial.

Y la salvaba hasta de lo que nadie era capaz de salvarla.

Bjorn quizás no la habría elegido.

Pero aún tenía uno de los ángeles de la nieve. El señor del valle.

Dio un paso atrás y vio cómo Nanook cambiaba de postura dispuesto a retroceder también.

Regresó hasta la farola y la rodeó para volver a acceder hacia la casa, bajando la vista para comprobar cómo él no pensaba separarse de ella.

Retiró la mano y Nanook se detuvo aunque ella siguiese avanzando. Miró al animal, ya reconocía sus gestos, esperaba que ella se siguiese alejando de él hasta que a media distancia él se volviese para seguir su camino al otro lado.

Pero esa vez decidió no moverse, alargó la mano hacia él buscando su contacto de nuevo. Y él dio unos pasos despacio hasta volver a colocarse junto a ella.

En su lugar.

Y volvió a dejarle caer la mano en el cuello.

—Creo que nos vamos entendiendo —susurró antes de seguir andando.

Abrió la puerta de la casa y la atravesó con cuidado, Nanook se tensó levemente, pero ella lo empujó con cuidado para que entrase. Y finalmente el animal entró.

El sonido de sus patas sobre la madera era algo a lo que debía acostumbrarse.

Cogió el rodillo de la cesta y lo dejó en el suelo, justo al lado del sofá de la chimenea, y el animal acudió a él.

Aurora se sentó en el sillón y se dejó caer en él con cierta satisfacción.

Tenía a un Kyrax en casa.

No era un perro ni era un lobo.

Y no podía tratarlo como lo uno ni como lo otro.

Pero comenzaba a entender de qué iba aquella responsabilidad.

La estela de seguridad de aquella magia sublime que desprendía, inundó toda la casa.