33
Desastre absoluto el intento de correr en la moto de nieve junto a Nanook, ni de seguirlo, y aun menos que la siguiese a ella.
Le dolía la muñeca de la caída. Al principio no mucho, pero luego aquel dolor fue a más. Eso sin contar con el trabajo que le había costado levantar aquel trasto.
No veía ni a Bjorn ni a sus perros en la entrada del pueblo. Así que continuó hacia la chocolatería, era ya la hora de la comida. Se había acostumbrado a comer con Bjorn y le apenaba que aún no hubiese regresado.
Detuvo la moto donde solía hacerlo con él cuando iban a la chocolatería y se bajó.
Notó que había poca gente en aquella calle, pero a través del cruce pudo ver que la gente estaba agolpada en otro lado.
Mierda.
¿Habían llegado ya? Claro que habrían llegado.
Mierda. Mierda.
Se giró hacia la moto de nuevo. Necesitaba quitarse de en medio, perderse de nuevo en el bosque y buscar a Nanook.
—Joven Aurora. —La voz de su tía sonaba a reprimenda irónica.
Mierda. Mierda. Mierda.
Delante de su tía no podía escabullirse. Resopló antes de darse media vuelta para mirarla.
—¿De qué tienes miedo exactamente? —Su tía fue directa. Demasiado directa, no sabía si en venganza por presionarla sobre contarle la verdad a Bjorn.
Aurora desvió la mirada.
—De sentirme otra vez como antes de venir. —Bajó la cabeza.
En Milán la habían dejado por otra, la habían despedido y le dieron su puesto a otra. —Hundió el pie en la nieve.
—¿Y cómo te sentías antes de venir? —preguntó tía Agnes.
Aurora alzó la mirada.
—Sustituible —respondió. Quizás era la palabra más exacta que había encontrado a su sentimiento.
Pero no cualquier sustitución, una de poca dificultad. Sustituible de manera demasiado flexible.
Su tía había alzado las cejas.
—Vienes de un bosque prohibido donde estabas acariciando a un Kyrax —sonrió—. Y conservas las dos manos. ¿Dime quién demonios puede sustituirte ahora mismo?
Tuvo que sonreír al oírla.
En el bosque y quizás para Nanook ella era insustituible. Era su Kyrax, el animal más mágico del valle.
Pero Nanook no era Bjorn.
—¿Puede ser que te hayas enamorado del guardabosques? —preguntó su tía. Ella no le había dicho nada, pero supuso que lo acabaría sospechando, o quizás lo sospechaba desde antes de que se iniciase—. Menuda sorpresa, ¿no? —lo dijo con ironía—. Tú que no habías venido para eso.
Aurora tuvo que desviar la mirada de nuevo, pero su tía la enganchó del brazo para que avanzase.
—El Kyrax hizo su elección —decía mientras la llevaba junto a ella—. Y Bjorn ha hecho su elección. Y tú quieres saber si ambos han coincidido. Pero te da miedo que el resultado sea otro.
Tía Agnes siempre sabía. El hielo, el valle y los años le habían dado intuición de sobra.
Aurora hizo por detenerse y no seguir avanzando hacia la calle donde estaba la gente.
—No es para tanto. —Volvió a bajar la mirada—. Han sido solo unos días.
—La intensidad de lo que recibes en el cuerpo no puedes medirla por muchos o pocos días —respondió la mujer—. No estás preparada para un rechazo, a eso sí que no venías —añadió Agnes.
Agnes se detuvo y Aurora con ella.
—Ahora escucha bien lo que voy a decirte —dijo la mujer—. Vivien pertenece a la familia Ulrich —le dijo y la miró a los ojos—. Pero su madre es una Ballahios.
Alzó las cejas al escucharla.
—Y no te vayas a creer que cualquier Ballahios, pero esa es otra historia —añadió—.
Renunció a ellos y se casó con un enemigo de su padre.
—Agnes entornó los ojos—. Ahora el abuelo de Vivien está muerto, pero sus tíos y primos no.
Los de por aquí dicen que si los Ballahios pueden, irán a por los Ulrich, y han venido los cinco.
Tragó saliva escuchando a su tía y de nuevo los líos que mantenía en su cabeza se iban liberando y enredando hacia nuevos nudos.
—Henrik lo sabe, Housen lo sabe. Y Bjorn lo sabe. El mayor peligro de la carrera lo tienen los Viken y los Ulrich —añadió su tía, y Aurora entornó los ojos—. Y tendrán que cubrirse unos a otros.
Bjorn le pidió que no corriera. Que necesitaba estar libre para proteger a otros. Contuvo la respiración. Los otros eran en gran parte los Ulrich.
—Bjorn no es un Viken —soltó parte de aquel nerviosismo interior con su tía en una frase demoledora.
—Pero los Ballahios no lo saben.
—No —respondió Aurora—. Pero Bjorn tampoco.
Apartó la mirada de Agnes, las piernas le temblaban aún más. Y no era por Vivien y esos celos absurdos que le aligeraban las piernas.
Era por la situación delicada de Bjorn en medio de todo aquello.
Y ella sin ser capaz ni siquiera de hacer correr a Nanook junto a la moto de nieve.
Nuevamente cobarde y torpe. Forastera.
Lo peor era que esa vez su torpeza podía tener consecuencias que le dolerían.
Tenía que ser sincera, su mayor miedo y ese nerviosismo que le producía la presencia de Vivien no eran los celos que pudiese tener al principio en una relación. No era solo eso.
Ya lo había sentido con Vilma, aunque en menor medida. Vilma era capaz de tanto, un bosque nocturno, un oso, los Ballahios. No dudó en coger la moto y adentrarse, colgarse y dejarse caer por una colina.
Vivien sería mucho más.
Si Bjorn estuviese en peligro, Vilma y Vivien serían mucho más útiles que ella.
Y quizás era una de las razones por las que Bjorn no la quería en la carrera. Ella sería un problema, su torpeza y su locura, su inconsciencia sería una carga.
A ella siempre la tenían que salvar.
Pero Vilma y Vivien estaban hechas de otra materia y no tenía dudas de que eran capaces de salvar a los ángeles.
Y solo le quedaba agachar la cabeza y esperar ser invisible porque el bochorno le llegaba hasta las orejas.
Por lo que le contaba Tom, su tía era similar a ellas dos de joven, y hasta hacía bien poco.
Pero su tía estaba hecha de hielo y nieve.
Miró a Agnes de reojo, la envidiaba. Envidiaba a Vilma. Envidiaba a Vivien. Y envidiaba al propio Bjorn.
Cogió aire con fuerza. No le quedaba otra, tenía que avanzar o además de forastera parecería tonta.
Agarró el brazo de su tía y tiró de ella.
—¿Qué demonios coméis por aquí para ser así? —murmuró a su tía y esta sonrió.
—Todo son años y costumbre —respondió su tía—. Llevas aquí semanas, no tienes que compararte con nadie.
Aurora volvió a bajar la mirada sin dejar de andar.
—Pero mola más ser vosotros.
—Piensa que si fuéramos a Milán, seríamos un desastre.
Aurora negó con la cabeza.
—Lo seríamos —repitió su tía.
La joven alzó la mirada y no tardó en divisar un cabello envidiablemente largo color rubio cobrizo. Justo el color del óxido en el metal, pero que en el pelo en medio del blanco de la nieve, reflejaba la poca luz que había por el día.
—Ella —le dijo a su tía, y esta no respondió.
Era alta, como todos allí. Estaba seria, supuso que sabría bien a lo que iba. Descargaba lo de un coche todo terreno, que más parecía un coche militar que de uso particular.
Cogía una mochila que llevaba colgada un joven, más alto que ella, pero que compartía el mismo color de pelo. Y un tercer chico, bastante más joven, casi un niño. No tendría más de catorce años, pero apuntaba a llegar a ser el más alto de los tres.
Estaba claro que Vivien era la mayor de los tres y era algo más joven que ella. Veinticinco le había dicho Bjorn.
Su tía Agnes le pasó la mano por los hombros.
—¡Ulrich! —le dijo al hombre que se bajaba del lado del conductor de aquel tanque impresionante.
—¡Agnes!
—Bienvenidos. —Llegaron hasta ellos.
El hombre sonrió y luego hizo un gesto extraño, quizás no estaba de acuerdo en aquella pantomima y era normal. Tres hijos y su mujer en la diana de los Ballahios.
El señor Ulrich enseguida miró hacia ella.
—Es mi sobrina Aurora.
La forastera. La curiosa. La torpe, la que estorba en el bosque.
El señor Ulrich bajó la mirada hacia ella.
—¿Qué te trae por el fin del mundo?
—La curiosidad —respondió y vio a tía Agnes sonreír.
Ulrich negó con la cabeza.
—No es el mejor invierno para ser curiosa.
Aurora negó también con la cabeza. Era evidente que el señor Ulrich habría sido un joven atractivo en sus mejores años.
Aun ahora seguía manteniéndolo levemente dentro de sus años.
No entendía cómo una Ballahios había acabado con alguien de uno de los pueblos, pero su imaginación se disparó enseguida. Y también la curiosidad.
Y enseguida pudo comprobar de dónde procedía aquella melena cobriza mechada de los hijos Ulrich.
La señora Ulrich tenía el pelo voluminoso y lo llevaba suelto, haciéndola parecer algo más joven de lo que seguramente sería.
O no. Quizás había una diferencia de edad entre ellos de unos diez años, tal vez más.
—Ella es Sarah Ulrich —le dijo su tía Agnes.
—Aurora. —La señora Ulrich habría escuchado su nombre desde el otro lado del tanque. Le sonrió. No solo su marido conservaba el atractivo arrastrado y deteriorado de sus años jóvenes. Ella lo había hecho mucho mejor.
—¿Mamá? El imbécil ya la está liando —dijo Vivien y le dio una colleja a un chico, pero no era ninguno de los dos de antes. Este era algo más pequeño y su pelo no era cobrizo, sino más castaño parecido a su padre.
—No lo llames así. Arron, ven —le dijo su madre.
Vivien cruzó una fugaz mirada con ella y luego con Agnes.
—Mi sobrina Aurora —le dijo su tía con rapidez.
—¡Hola! —le dijo la chica sonriendo.
Un niño de pelo cobrizo se lanzó de uno de los asientos del coche y chocó contra Vivien, que lo cogió en el aire y frunció el ceño.
—Me sobran hermanos, ¿querrías uno? —le dijo a Aurora sonriendo mientras se lo cargaba en la cadera.
Y mirando su sonrisa, aquel color verdoso de sus ojos y las leves pecas de sus mejillas y nariz, entendió qué había visto Bjorn en ella.
Belleza, valentía, fortaleza, familia.
Contuvo la respiración.
No estaba acostumbrada a nada de aquello. Venía de una gran ciudad donde todo era a ritmo acelerado.
Vivien no soltó a su pequeño hermano, pero se acercó a ella para darle la mano.
—Tengo ocho —añadió e hizo una mueca.
Nunca se le pasó por la cabeza, nunca en su vida, jamás, ni siquiera lejano, había deseado tener ocho hermanos pequeños. Hasta ese momento.
Bajó la mirada sintiendo que la vida le había privado de algo que estaba al nivel de una especie de lotería millonaria.
Apretó los labios, alzó la mirada y miró de reojo a Vivien, que se había alejado para darle otra colleja a imbécil . O a otro más que se le parecía bastante.
Nueve hijos.
Miró de reojo a los Ulrich.
Y seguro que todos nacidos en septiembre.
Desde luego que aprovechaban bien los inviernos.
Contuvo la sonrisa.
Imaginar que aquella fuera la referencia de Vivien y recordar a Bjorn hizo que la ligereza de sus piernas llegara a otro nivel. Aquellos celos le daban hasta vergüenza.
Hasta hacía poco no conocía a aquella gente ni sabía de aquella forma de vida. Y ahora ninguna otra forma le hacía ilusión.
—¿Participará en la carrera? —preguntó el señor Ulrich.
—No. —Su tía volvió a pasarle la mano por el hombro—. Ha llegado hace poco, se está haciendo a este lugar aún.
—Buena decisión —dijo Ulrich y cruzó una mirada con su mujer. No sabía cuántos de sus hijos participarían. Tenía varios mayores.
Vivien regresaba con otro niño en brazos, más pequeño aun que el anterior que había cogido, este lloraba señalando a otro que estaba haciendo una bola de nieve en el suelo.
—Mamá, ya la están liando —le dijo y su madre aceleró el paso hacia el niño de la nieve.
El Blum de la familia, fijo.
El niño dejó de llorar y apoyó la mejilla en el hombro de su hermana, como si fuera a dormirse.
—¿Bjorn está en el pueblo? —le preguntó a tía Agnes, y Aurora sintió cómo el pecho y las costillas se le daban la vuelta.
—El oso ha atacado una de las fincas y los animales se han escapado —respondió su tía—. Estará en el bosque, al oeste, intentando recuperar algo.
Vivien miró a su padre.
—Voy a buscarlo —le dijo a la vez que le daba el niño.
—Vivien. —Su padre cargó al niño, que enseguida se acomodó en su hombro también—. Está prohibido.
—¿Y? —Se alejó de ellos.
Aurora sintió que el corazón se le aceleraba tanto que le empezaba a marear. Las piernas se le aligeraron sobremanera, como nunca, nivel que le provocó el oso salvaje. Quizás estaba ante una bestia del mismo nivel, con cabello cobrizo a ondas.
Esperaba que su padre se negase, pero solo negó con la cabeza.
—Hermana, ¿dónde vas? —dijo uno de los chicos mayores girando a la vez que su hermana lo sobrepasaba.
—A entrenar cómo te gano —respondió y él empezó a reír.
Su hermano la señaló con el dedo y miró a su padre.
—¿Sabe que hay un oso en el valle?
—Y mis hermanos —dijo su madre desde la parte de atrás del coche.
Vivien estaba en otro tanque aún más grande y sin ventanas traseras, y montaba en la parte de atrás una rampa metálica, sería para sacar la moto de nieve.
—¿Un oso no es el mejor momento para pescar un Kyrax? —dijo otro hermano de Vivien, más mediano y adolescente, también de pelo cobrizo—. ¿Se sabe si ha bajado alguno?
La tía Agnes le respondió con una mueca en señal de que no tenía ni idea.
—Papá, déjame ir al bosque —le dijo a Ulrich. Pero él negó enseguida.
¿Un niño de doce años quiere ir al bosque? Joder.
Después crecían y eran como Bjorn, los Viken, los Housen…
El motor de la moto de Vivien sonó y Aurora se giró enseguida. Era azul metalizado, un azul cielo con un toque frío que combinaba perfecto en aquel paisaje. No era tan grande como la de Bjorn, pero tenía una línea aerodinámica con la que podía imaginarla volando sobre la nieve.
Y el motor decía el resto.
—Ten cuidado —le gritó su padre como podría decirle a cualquier hijo que fuese a dar un paseo en bici.
Pero no era cualquier paseo ni una bici. Era un bosque peligroso, un valle maldito lleno de salientes, agujeros, colinas emanadas, con una bestia suelta y posibles trampas de los Ballahios.
Vivien se colocó la capucha y las gafas y emprendió la marcha. No iba rápido, era una calle llena de gente, de hecho una de sus botas iba a ras de nieve arrastrándola con la punta del pie. En cuanto rebasó los transeúntes y el resto que descargaba las motos, Vivien aceleró.
Aurora tragó saliva.
La perdió de vista.
Quedó inmóvil un instante, mirando la calle con la gente pasando. Sintió el codo de tía Agnes y se sobresaltó.
—¿Quieres un chocolate caliente?
En aquel momento no la calentaría ni la chimenea a tope como la colocaba Tom.
Asintió con la cabeza sin embargo. Tía Agnes le hizo un ademán con la cabeza para que la siguiese.
Comenzaban las tormentas en el valle, y no eran solo las de nieve.