32
Desde lo del aserradero hubo dos días de calma y el oso volvió a atacar.
La fecha de la carrera había cambiado dos veces por una tormenta próxima que se estaba comportando de manera extraña.
Hasta habían planteado la posibilidad de tener que cancelarlo, pero la naturaleza parecía de momento apoyar aquella locura.
Uno de los vecinos del pueblo que tenía una finca en el oeste había perdido varios animales por el ataque de oso que habían escapado a través de la valla rota por el ataque, y Bjorn había ido a ayudarle.
Aurora se había acercado a uno de los puntos de control de Bjorn, aun sabiendo que no lo encontraría. Solo buscaba un refugio conocido para comprobar que Nanook estaba bien.
No tardó en aparecer, siempre andaba cerca. Parecía vigilarla desde algún lugar cercano a la casa y luego la seguía mientras avanzaba con la moto. Solo tenía que detenerse, silbar y esperar que aquella silueta enorme apareciese en algún lugar.
—Mi ángel de algodón y nieve. —Eran las primeras palabras que solía decirle mientras él llegaba a ella y cerraba los ojos esperando aquella caricia en la cabeza.
Bjorn había vuelto a estar junto a él. Y sus perros en cierta medida también. La reacción de humano y animal le era más fácil de controlar que la de animal con animal, esa la tensaba más.
—No voy a participar en esa carrera, he prometido portarme bien.
—Nanook se acercó a su cara para olerla, justo en su oreja.
Encogió el hombro al sentir la lengua áspera del animal—.
Esperaré con tía Agnes en algún punto y me desplazaré al pueblo para estar en el regreso.
Pero no te alejes, que te llamaré si pasa algo —seguía acariciándolo—. Espero que no.
Lejos había quedado su fantasía de correr con él. Se permitían perros, por qué no un Kyrax. Lejos, lejos y demasiado de la realidad. Aunque hubiese participado él no correría con ella. No podía controlarlo y menos entre tanta gente y tantos animales que no conocía.
Pero quedaba tan bien en su cabeza que le gustaba imaginarlo. Estaba nerviosa. Todas las personas, amigos y mujeres que rodeaban al guardabosques estarían allí y correrían con aquella fuerza y valentía que tenía la gente de aquel pueblo.
Y eso la hacía sentirse pequeña.
Bajó los ojos. Vivien, aquella chica del otro pueblo de la que Bjorn había estado enamorado, o al menos saliendo durante un tiempo intermitente, el que le permitía el clima, estaría por llegar.
Housen y Viken habían preparado una casa en la calle central del pueblo para los invitados de las comarcas colindantes.
No se la imaginaba siquiera. Como aquel era un lugar con una especie de puerta del tiempo en tecnología, Bjorn ni siquiera tenía una foto de ella. La imaginaba similar a Vilma, a su hermana Karina, a Maggie… A aquellas muchachas de piel de porcelana clara y pelo rubio hielo.
Y si Bjorn se había fijado en ella, seguramente sería tan temeraria como Vilma, solo esperaba que no tuviese ese arraigo con el valle y aquella teoría de que el bosque decidiese sobre los forasteros.
Porque ella era forastera tanto para los del pueblo como para los invitados.
Forastera significaba no pertenecer a la nieve ni a las montañas.
Y era una joven de grandes urbes.
Cogió aire de manera profunda y lo echó de golpe.
—Torpe, curiosa, inconsciente —decía sentándose en un tronco caído que Bjorn tenía junto a la pequeña construcción para hacer leña—. Y ahora también cobarde.
Le hizo una mueca a Nanook y negó con la cabeza.
—Menudo chasco se va a llevar la Vivien cuando me vea, no sabrá ni que Bjorn tiene ya a otra, y encima forastera. —Siguió acercando a Nanook a ella para rascarle el cuello—. Y encima forastera —repitió—. Y cobarde, y metepatas. —Cruzó la mirada con la del perro—. ¿Soy poca cosa para Bjorn?
Lo pensarían todos. No estaría a la altura de ninguna manera, ni siquiera literalmente. Era la joven de más baja estatura de allí.
Luego estaba la incertidumbre. Sabía que Bjorn y Vivien tenían una relación extraña, por épocas, por semanas y luego nada hasta que se volviesen a ver.
Y ella ni siquiera fue capaz de preguntar más.
Le daba miedo la respuesta de Bjorn. Que le dijese que Vivien fuera su amor imposible o algún similar.
Sacudió la cabeza, comenzaría a rayarse y eso no la llevaría a ninguna parte.
Ladeó la cabeza y miró a su ángel de la nieve.
—Me quedaría el consuelo de que a ti seguro que te gusto más que ella —dijo medio riendo, pero no le hacía gracia en absoluto. Si Bjorn se apartaba de ella, con los pocos días que llevaba junto a él, apenas tres, ya se acabaría su cuento de nieve.
Y no habría ningún consuelo. Acababa de llegar, no iba a pretender ponerse por delante de la mujer que más tiempo había estado físicamente cerca de Bjorn.
No tenía ni ganas de acercarse al pueblo. No quería tener delante a Vilma, Karina y sus amigas, le recordaba la realidad de cosas que no le gustaban. Tampoco quería ver la llegada de los invitados, sería inminente y encima tendría que sonreírles.
Prefería el bosque peligroso y prohibido, ignorar las vallas que cortaban el paso, desobedecer a Bjorn de que sin él no entraría allí, y estar sola con Nanook.
Nanook y Bjorn eran los únicos dos seres que no la hacían sentirse pequeña.
Y eso era exactamente lo que había ido a buscar a aquel lugar cuando cogió el avión. Sanarse, crecer y regresar pensando que podría conseguir mucho más de lo que perdió.
Pero ahora ni siquiera le apetecía regresar. No lo pensaba. Quizás no regresaría nunca, quizás cogería el primer autobús en cuanto la nieve lo permitiese.
Todo dependería del destino y de las circunstancias. Se había propuesto no hacer planes a largo plazo. No quería volver a caer como cayó en Milán.
—Hubiese estado chulo correr contigo —seguía imaginando. Imaginar le sentaba bien, al menos calmaba aquel nerviosismo que le hacía ligero el cuerpo cuando pensaba en la carrera.
Entornó los ojos.
—Tú y yo. —Cogió la cara de Nanook—. Podríamos intentarlo. Nadie nos ve.
Se puso en pie.
—¿Por qué no?
Nunca lo había hecho.
Agarró el pelaje del lomo de Nanook mientras andaba junto a ella. Había pensado en ponerle un collar, pero luego pensó que podría molestarle o enganchársele con algo en el bosque y desistió. Era un animal salvaje, no un perro. Eso le decía Tom.
Pero era raro no tener por dónde agarrarlo como hacía con los de Bjorn.
Llegó hasta la moto y se subió a ella.
—Yo arranco y tú me sigues, ¿vale? —dijo, pero Nanook estaba oliendo el árbol más cercano.
Ella hizo una mueca y la puso en marcha, miró atrás, él estaba pasando de ella, perecía rastrear algo en el tronco.
Hizo el intento de un silbido natural, no con el silbato, que se oyó de pena.
—Joder. —Le dio algo más de velocidad a la moto—. ¡Nanook! —Era la otra posibilidad.
Y una montaña enorme de pelo pasó veloz y saltó para colocarse delante de ella.
Tuvo que frenar y girar la moto para no chocar contra él.
Resopló y volvió a reanudar la marcha. El animal iba delante, no la esperaba.
—Mierda—se apresuró a seguirlo—. Nanook —volvió a llamarlo.
Alcanzarlo no fue difícil, lo difícil fue esquivarlo. No era un perro de Bjorn, era como tres perros juntos, costoso para bordearlo, más aún cuando él no parecía llevar un rumbo ni estar pendiente de no cruzarse.
—Joder, pero échate a un lado. —Tampoco podía adelantarlo—. Nanook. —Él corría delante cada vez más rápido, la hizo acelerar.
Oyó un gruñido de Nanook, no muy agresivo, pero gruñido al fin y al cabo.
—¿A mí?
No había nadie más. Quizás él temía que lo arrollase y le estaba diciendo que se apartase. Así que aminoró la marcha para seguirlo en vez de intentar ir junto a él.
Pero él se detuvo de repente.
Aurora dio un frenazo.
Demasiado brusco el volantazo.
Cayó de lado.