31
Bjorn detuvo la moto a cierta distancia de la farola.
—¿Estás bien? —le dijo él antes de bajar.
Aurora asintió con la cabeza y miró hacia el bosque.
Había albergado la esperanza de que Nanook los hubiese seguido, pero no.
Él no pertenecía a ellos, iba por libre, lo pudo ver hasta cuando corría junto a ellos cuando rugía el oso.
No era uno más de la manada, los bordeaba dibujando un muro para que la bestia no pudiese llegar a ellos. Solo los cubría.
Y luego quedaba solo mientras ellos huían.
De nuevo el pecho comenzó a rebotarle, las ganas de volver a llorar aumentaron. Bjorn había bajado de la moto y le cogió la cara.
—Él ya estaba solo antes de que aparecieses tú —le dijo Bjorn—. Sabe cuidarse.
Lo sabía, era consciente. Pero no quitaba que le doliese verlo en peligro.
Miró la casa de tía Agnes, la luz estaba encendida y la chimenea humeaba. Podía ver la moto blanca y la de Tom en una especie de pérgola lateral donde su tía solía guardar las herramientas quitanieves.
—¿Quieres pasar? —Posiblemente Tom se quedaría a cenar. Hacía muchas visitas a la casa para informarse de cómo iba con Nanook. Y allí siempre había comida para todos, más aun siendo un invierno extraño.
Bjorn negó con la cabeza.
—Tengo que llegar al pueblo antes de subir —respondió él.
Alzó la mirada hacia él, posiblemente iría a hablar con Housen o con el que creía su padre. Ver cómo lo trataba su familia le ardía por dentro tanto o más como le ardía a la tía Agnes.
Bjorn actuaba como si ya no le importase, pero no sería así en el fondo y no era justo. Bjorn tenía que saber la verdad.
Tocó la cara de Bjorn, lo que le despertaba aquel hombre por dentro sobrepasaba lo que había conocido hasta el momento.
Se mezclaba aquella atracción superlativa con una necesidad irremediable de compensar aquella soledad que al principio seguramente él no elegiría, de los desprecios y de todo lo que provocaban los Viken. Del primero al último.
Tragó saliva, regresaba la pena por Nanook y aumentada sobremanera por todo lo que podía ver alrededor de Bjorn. Uno de los ángeles de la nieve de aquel lugar, el ángel de todos los que vivían allí. Pero él no tenía ninguno.
Lo vio montarse en la moto de nuevo y ella hizo un rápido movimiento hacia él, rodeándole con los brazos.
—No participaré. —Era lo único que podía hacer para liberarle parte de la carga. No había más en su mano. A pesar de toda la adrenalina que le producía pensar que podría intentarlo, no merecía la pena si aumentaba la angustia de Bjorn. Ya tenía bastante encima como para darle más problemas.
Dejó el peso de su cuerpo sobre el de él y acercó sus labios a los suyos. Los dejó ahí, en un beso de unos segundos antes de apretarlo en un abrazo.
Contuvo la respiración sin soltar a Bjorn un ápice y su forma de reaccionar a su abrazo le recordó al Kyrax de una manera llamativa que le mostraba la realidad. Ninguno de los dos estaba acostumbrados al calor humano. No de esa manera.
Desde el principio Bjorn la dejaba descansar sobre él, la sostenía, la protegía, de la misma forma que pudiese permitirle el Kyrax. Pero había un muro de hielo delante de los dos. Entre ellos dos y ella.
Ninguno de los dos eligió la soledad, pero el tiempo los había acostumbrado a no tener compañía. Y nada tenía que ver con rarezas sociales. Bjorn no era un hombre huraño y apartado, hablaba con todos, ayudaba al que lo necesitase, pero vivía sin el apoyo de nadie.
Y eso era duro y haría esos inviernos más fríos.
Volvió a besarlo.
—No voy a hacerlo —añadió por si no la había creído. No lo había hecho, no había cambiado su expresión al oírla.
—Mañana dirás otra cosa.
Ella negó con la cabeza.
—En cuanto llegues al pueblo y las Housen y el resto te llamen cobarde —dijo él.
Cómo las conoce. Pufff, quiero correr. Quiero. Quiero.
Volvió a negar con la cabeza.
—Tu tía te convencerá.
Negó aún con más energía.
—No estoy preparada —le dijo, algo que sonaba sincero. No lo estaba—. Ni Nanook tampoco.
No era el momento. Tom le dijo que quizás necesitara más de un año en hacer un vínculo fuerte y entrenarlo para llegar a un nivel similar al que tenía Hans con el suyo.
—No lo voy a hacer.
Otro año, supuso. Teniendo en cuenta que le permitiesen quedarse, y no era un permiso formal. Que pensase en Milán o no dependía de tía Agnes, Bjorn y Nanook.
Porque no quería alejarse de ninguno de los tres.
Volvió a coger la cara de Bjorn.
—Encárgate del resto de cosas —le dijo al guardabosques—. No daré problemas ni seré una carga.
Bjorn frunció las cejas en una expresión irónica. Eso sí que no se lo creía.
—Me tiene en muy poca estima, señor guardabosques —le dijo ella y él comenzó a reír. Hacerlo reír le producía la sensación, quizás falsa, de estar abriendo una ventana en su muro. La misma ventana que le abría Nanook cuando acudía a su voz y andaba junto a ella.
En un arrebato veloz, Bjorn le rodeó la cintura y la pegó a él, todavía riendo.
Claro que tengo una ventana.
Recibió los labios de Bjorn que se le pegaron con fuerza durante unos segundos y que acabó alargándose y haciendo que ella se llevase consigo el labio inferior de Bjorn mientras recibía un latigazo de calor entre las piernas.
Qué peligro tiene esto.
Volvió a pegar sus labios a los de él metiéndole la lengua en la boca, buscando la lengua de Bjorn. La ardentía le llegó hasta la cara, el frío había quedado en un segundo plano.
Se fue inclinando hacia Bjorn hasta hacerlo bascular algo hacia atrás.
En la nieve no se puede. En casa de la tía tampoco. Y a la colina no va a llevarme. Así que para, Aurora.
Se apartó de él y le vio cierta rojez en la cara.
Puedo subir luego y presentarme allí.
Tenía que calmar las pulsaciones, los latigazos calientes y la respiración.
Bjorn tiró de ella de nuevo, al parecer no solo ella había entrado en aislamiento térmico a pesar de estar bajo cero.
A la colina me voy a ir esta noche.
Y al apretar algo más su cuerpo al de él, encontró aquel impedimento duro bajo el pantalón de Bjorn, entre los dos, un muro no era desde luego, pero duro como un bloque de hielo sí. Aumentaron los latigazos y las ganas de alzar una de las piernas para notarlo aún más.
Fue él quien se retiró de ella y le dejó caer la boca en el cuello, lo oyó resoplar.
—Ya vale —le dijo en un murmullo que la hizo sonreír. Sintió un beso leve y corto en el cuello. Él también intentaba autorregularse.
—Ya vale —respondió ella y lo oyó reír de nuevo.
Bjorn despegó los labios de su cuello y la miró.
Tenían tan cerca sus caras, que apenas podía apreciar la de Bjorn al completo, así que se concentró en sus ojos.
En aquella corta distancia de apenas centímetros volverían a besarse, a engancharse en una nueva sesión de caldera de la que quitaba de verdad el frío en la intemperie.
Y eso allí era muy complicado. Pues lo conseguían ambos.
Podía notarlo en su cara y en las mejillas sonrosadas de Bjorn.
Y en sus ojos.
Cerró los suyos y pegó sus labios a los de él, pero fue suave. Beso, solo los labios. Nada más.
Se retiró de él.
—Hasta mañana —le dijo ella.
Como estos latigazos no se quiten, me presento luego en tu casa.
Sonrió al pensarlo mientras alzaba la mano diciendo adiós.
Porque no tengo por qué contenerme un ápice. Con el frío que hace… Ufffff.
Le dio la espalda para avanzar hacia la casa y se volvió un instante para mirar a Bjorn.
Este y yo derretimos la colina.
Encogió la nariz en una mueca que hizo sonreír a Bjorn. Sintió el arrebato de volver a ir a por él, pero así no acabarían nunca y tenía que irse. Y luego regresar a la colina.
Y yo acabaré yendo también.
Porque aquello no se bajaba un ápice.
Voy a tener que meter la cara en la nieve.
Faltaban unos pasos para llegar a la puerta y escuchó a su espalda el ruido del motor, giró la cabeza antes de abrir y cruzó una mirada fugaz con él antes de que tomase velocidad y se alejase hacia el pueblo.
Y el chocho también lo voy a meter en nieve.
Resopló y abrió la puerta de la casa tía Agnes.
Tom y ella estaban sentados en la mesa circular, tomaban algo que humeaba. El calor del interior hizo que le ardiese la cara aún más y le sobrase el mono de inmediato.
—¿Bjorn no se queda? —preguntó su tía y ella negó con la cabeza.
Miró directamente a tía Agnes.
—Bjorn tiene que saberlo —le dijo y vio que Tom cruzó rápidamente una mirada con Agnes—. Antes de la carrera —añadió dirigiéndose hacia el dormitorio—. O se lo diré yo.
Miró de reojo a su tía, volvía a cruzar una mirada fugaz con Tom y comprobó que él estaba de acuerdo o que era algo que le llevaba tiempo diciendo.
—Y no voy a participar —añadió.
No los miró. Cerró la puerta de su cuarto y volvió a resoplar.
Decisiones que había tomado desde hacía tiempo respecto a eso, no sabía si correctas. Pero no soportaba más ser parte del aquel secreto. Si su tía Agnes no se lo decía en aquellos días, lo haría ella.