Mi ángel de la nieve 29 #2
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—Sea lo que sea. —Aurora se giró para mirar al frente y colocó sus manos sobre las de él, como si quisiese dirigir ella la moto—. No lleva razón.

Apartó sus manos levemente para dejar que ella las metiese debajo y llevara el control de la moto, pero sin soltarla por si se le descontrolaba.

Se inclinó algo más sobre ella.

—No quiere volver a verme contigo —le dijo y no la vio hacer ningún movimiento de incomodidad o de sorpresa. Como si ya lo imaginase.

—¿Y eso es importante para ti? —La oyó preguntar.

—No, ya quisiera él.

Aurora giró levemente la cara para mirarlo de reojo un instante y volvió a mirar al frente.

—Me alegro. —Aurora había desviado la dirección y comenzaba a subir montículos pequeños de nieve.

Y solo había una explicación a que quisiese ir por el camino complicado.

—Quítate esa carrera de la cabeza. —Bajó la mirada hasta su cara. Supuso que a ella le sonaría igual cuando los primeros días le decía que no se adentrase en el bosque.

—¿Estarás tú?

—Mi padre no me deja participar y es el principal de los Viken, él l elige quiénes representan a la familia.

—¿Y no quiere al mejor del pueblo? Menuda estupidez.

—Este año nadie irá a ganar, sino a provocar a los Ballahios. La jugada maestra de mi padre, exponer a los jóvenes a su antojo y conveniencia.

—¿Como hace contigo?

Volvió a mirar a Aurora.

—¿Qué sabes tú?

—Que vives solo en una colina entre hielo y osos salvajes, y más expuesto a los Ballahios y al temporal que cualquier otro —respondió ella—. Y nadie pone remedio.

Supuso que Agnes le habría dicho algo. Todo el pueblo sabía que él era el Viken desterrado.

—Pero gracias a eso esta vez los jóvenes tienen algo que no tienes tú —dijo Aurora y volvió a mirarlo de reojo—. Un guardabosques.

Bjorn negó enseguida con la cabeza.

—En esas circunstancias, con tanta gente, no puedo garantizar la seguridad de nadie. —Era cierto, no podía. A veces ni siquiera en circunstancias normales podría garantizarlo.

—Ya veremos. —Aurora se inclinó hacia delante, llegaba la primera curva—. Me has salvado todas las veces.

—Tuve ayuda, aunque no lo sabía. —Soltó las manos del manillar y se agarró al mono de Aurora, podía hacerlo sola.

Se retiró de la espalda de Aurora irguiéndose, observándola llevar la moto sola por aquel terreno a aquella velocidad y sin ser un camino marcado.

—Todos se adentran en el bosque con ese puntero de luz. —La oía decir—. Saben que acudirás si lo necesitan.

—Una responsabilidad de la que no estoy a la altura.

—Siempre los salvas —respondió ella cogiendo otra de las curvas.

—Suerte.

La vio mirarlo un fragmento de segundo y enseguida volvió la vista al frente.

—No soy ningún héroe —tuvo que añadir él.

—La otra noche no dudaron en ir a buscarte, a pesar de esas estúpidas normas de este pueblo. Claro que eres su héroe.

—Porque la otra noche no era cuestión del bosque, sino de los Ballahios. No es lo mismo.

Ahora avanzaba entre una vegetación más frondosa y con una inclinación más acusada, tuvo que aminorar la marcha. Lo estaba haciendo bien, cada vez mejor.

La penumbra del bosque se hacía más intensa cuando las copas de los árboles tapaban la tenue luz que reflejaba el cielo en la nieve.

—Pero es un bosque maldito de todos modos —dijo él y Aurora volvió la vista atrás de nuevo.

—¿Un bosque maldito? —dijo ella. El pelo de Aurora le revoloteó en la cara cuando la joven volvió a inclinarse hacia delante, llegaba una bajada más acusada y una leve curva.

Ya estaban en el esplendor del bosque, donde los lobos, los zorros, el oso, el Kyrax, las trampas, la pendiente traicionera, el valle, los salientes de roca, los desprendimientos y las avalanchas de nieve.

—Está repleto de peligros. —Le tuvo que aclarar él, aunque ella ya lo sabía—. Llevas desde el primer día viviéndolos. Y ahora se está llenando de demonios.

—Esos no existen —dijo ella.

—Aquí sí. Humanos y animales. Los demonios pueden venir de muchas formas.

¿Cómo no iba a ser un bosque maldito?

—Si entras solo encontrarás peligros, bosque y nieve —añadió mirando al frente.

—Encontré un Kyrax y un guardabosques. —La sintió elevarse del asiento, la moto aceleró y quedaron suspendidos en el aire un instante para luego caer sobre la nieve.

Hacía solo dos días que la había enseñado.

Y por lo que estaba comprobando, la había enseñado bien—.

No es un bosque repleto de demonios, es un bosque repleto de ángeles —añadió Aurora después de una leve curva que tuvo que hacer para esquivar una roca—.

Los ángeles también pueden venir del muchas formas —seguía.

Había cambiado de dirección para bordear la cresta de la colina sin acercarse mucho a la zona rocosa donde volvería la moto.

Bajó la mirada al escucharla. No merecía aquel concepto. No era un héroe, ni mucho menos lo que decía Aurora. Aquella joven acababa de ponerlo al mismo nivel del animal que acudía a ella en cuanto la oía poner un pie en el bosque. Él era mágico y mitológico, una leyenda del valle. No era justo.

—Para —le dijo él y ella aminoró la marcha enseguida.

Estaban cerca del antiguo aserradero. Desconocía qué recorrido tendría aquel año la carrera, pero las ruinas siempre eran una parte de él, donde solían poner un punto de control.

La moto se detuvo, los perros siguieron corriendo unos metros más hasta que fueron conscientes de que la carrera había terminado. Dos de ellos siguieron adelante y se perdieron en la bruma, quizás querrían acercarse más a las ruinas, solía ser nido de animales del bosque, un paraíso para su olfato.

No esperaba la bruma tan baja ni tan espesa, que daba un tono tenebroso que a cualquiera hubiese animado a huir. No solo estaba maldito, también era oscuro, y frío, completamente inhóspito. El decorado perfecto de un película de terror.

No entendía cómo podía ser el único lugar al que llevaba a Aurora, cuando estaba prohibido el paso a todo el mundo, salvo a las batidas y a él.

El último lugar del mundo para llevar a nadie.

Pero allí estaban, en medio del silencio de la noche.