Mi ángel de la nieve 29
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Encontró a su padre a medio camino de la casa de los Housen.

—¿Qué demonios me ha dicho Viktor de la carrera? —preguntó enfadado en cuanto llegó a él.

—Está decidido —respondió su padre de inmediato.

—Es una locura. —No podía creerlo. No lo esperaba, no de Housen—. ¿Sois conscientes del peligro?

—No habría otro momento antes de las tormentas.

—Pues se pospondría para el siguiente año como otras veces.

Su padre negó con la cabeza.

—No podemos perder la oportunidad contra los Ballahios.

—¿Puedes pensar por un momento algo más allá de esa familia? —Alzó la voz levemente—. Exponer al pueblo, a las familias, a todos por tu guerra personal.

Henrik alzó las cejas.

—¿Mi guerra personal? Hace años que hubiesen convertido el pueblo en un infierno si no fuera por mí. Mi guerra personal es la guerra de todos aquí. Es lo mínimo que me deben.

Bjorn apretó la mandíbula.

—Ni siquiera lo habéis consultado conmigo. —Y le dolía que no hubiesen contado con él.

—¿Contigo? —A su padre pareció hacerle gracia su comentario.

A pesar de arriesgar su vida continuamente en el bosque, nunca contaban con él.

Su padre movía y decidía sin importarle lo más mínimo sus decisiones.

Por más que hiciese por aquel pueblo, por el bosque, por todos, su padre imponía su conveniencia y Housen y el resto de familias con algo de poder lo seguían en todo como títeres. Minimizándolo hasta hacerlo invisible.

—Soy el guardabosques —añadió Bjorn.

—Eso no te da derecho a meterte en todas las decisiones que tomemos —respondió su padre enseguida—. Eres guardabosques de este pueblo porque no encontré otro lugar en el que mantenerte más alejado de nuestros asuntos. No porque quisiera que tuvieses voz en nada.

Bjorn apretó los labios.

—Así que cierra la boca y obedece —añadió Henrik—. Se hará la carrera como siempre. La zona estará vigilada y estaremos preparados todos para cuando actúen los Ballahios. Porque lo harán, no te quepa duda.

Se inclinó hacia su padre, aunque este le sacaba algunos centímetros.

—Hacer lo que haces cada vez que quieres darle caza al oso, exponer cebos —replicó Bjorn con furia—. Cebos que no te dan resultados y que esta vez solo conseguirán que alguien acabe muerto.

Pero su padre se alejaba de él sin ni siquiera responderle. Le daba exactamente igual lo que le dijese. No sabía cómo había podido convencer a los tres alcaldes del valle para semejante atrocidad.

—Participaré yo —le dijo y su padre se detuvo.

—Participará Hakum.

—No está bien, ¿vas a exponerlo en esas circunstancias? —Sus palabras hicieron que su padre se girase.

—Tu hermano tiene agallas suficientes para eso y para más —le dijo con desprecio—. Las que tú no tienes. Un Viken de los pies a la cabeza. Y participará en la carrera, junto con las hijas de Housen.

—Aun así, yo puedo participar también. —Necesitaba estar en medio de la carrera si quería evitar más complicaciones. Quizás desde fuera no era suficiente.

—Olvídalo. —La misma forma de siempre al prohibirle aquellas carreras—. Participarán Hakum y mis sobrinos. Haz lo que siempre haces.

Que se limitaba a la vigilancia del recorrido o en alguno de los puntos de encuentro a mitad de camino. No entendía por qué nunca lo dejaba participar. Era el que mejor conocía el bosque, sabía que hubiese ganado cada año sin mucha complicación.

—Una cosa más —añadió su padre—. Esa joven —no le hizo falta ni nombrarla para que Bjorn dirigiese su cabeza directamente a Aurora—. La sobrina de la loca de Agnes —siguió diciendo—. No te quiero ver cerca de ella.

Bjorn desvió la mirada.

—No te importa nada de lo que yo hago. ¿Y ella sí?

—Aléjate de ella. —La voz de su padre sonó más firme que antes.

Contuvo la respiración un instante mientras su padre se daba la vuelta para darle la gran espalda y comenzar a avanzar alejándose de él.

—No —le dijo y su padre se detuvo de inmediato, girando la cabeza con rapidez para mirarlo.

—¿Te estás tirando a la forastera? ¿Es eso? Hay decenas de mujeres mejores en el pueblo.

—Cambia el tono, papá —le advirtió Bjorn.

Henrik entornó los ojos.

—Si sigues andando con esa mujer…

—¿Vas a desterrarme aún más lejos de la colina?

No habría otro imbécil para hacer el trabajo de guardabosques.

Nadie lo quiere —replicó Bjorn—. ¿No vas a invitarme a la cena de Navidad?

Llevas años sin hacerlo. ¿Negarme la entrada a la casa Viken?

No recuerdo la última vez que la pisé. Creo que ya no hay nada que puedas quitarme.

—Porque solo dabas problemas —lo dijo en un rugido, lo había enfadado y mucho.

—Hakum da problemas, continuamente, pero no dejas de taparlo aunque tengas que recurrir a apoyos no muy cívicos para hacerlo. No muy lejos hay una joven prueba de ello, se llama Maggie. Tu nieto nacerá en unos meses.

Antes no lo había enfadado lo suficiente, ahora sí. Por encima de la barba pudo apreciar la rojez de sus mejillas.

—Por si alguien en el pueblo tuviese dudas, llevará el apellido Viken si Maggie quiere, yo mismo me he ofrecido a dárselo.

—¡Maldita sea, Bjorn! —El grito tuvo que hacer hasta eco en la calle—. No te atreverás a hacer eso.

Dio un paso hacia su padre.

—Es lo que tendría que hacer mi hermano, ese que dices que tiene tantas agallas.

—Se detuvo y observó cómo la furia de su padre crecía por momentos—.

Pero a ti te parece bien todo lo que hace, aunque la mayor parte del tiempo se comporte como un miserable.

Sin embargo a mí me lo reprochas todo, me alejas, me ignoras…

—le dijo despacio—. Pero ya me da igual.

No tengo por qué seguir recibiendo tus desprecios. Ya ni siquiera me duelen.

Se mantuvo firme esperando que su padre añadiese algo más.

—Ahora estoy ocupado —le dijo su padre—. Pero no pienses ni por un momento que esto va quedarse así.

Bjorn negó con la cabeza. Lo sabía, conocía a su padre más que nadie. Y su madre aún más. Y a ella le gustaría tan poco como a él lo que había dicho. Pero por mucho que se enfadasen, apenas notaría la diferencia en su actitud con él.

Había aprendido que sus esfuerzos por agradarles, porque se sintiesen orgullosos al menos una sola vez, eran una pérdida de energía, de autoestima y de tiempo.

Bjorn se dio media vuelta también y sus perros enseguida acudieron a él para regresar a la chocolatería.

Era el lugar con más calidez de hogar que había encontrado en aquel pueblo, aunque la mayoría de los que estuviesen allí ni siquiera fuesen de su familia.

Muchos adeptos a su padre solían tratarlo de la misma forma que él para no desagradarlo, ampliando los castigos continuos a los que solían someterlo Hakum y él, y en alguna medida, su madre.

Otros como Agnes o Tom, lejos del temor que producía Henrik, lo trataban con una cercanía que lamentaba no haber agradecido lo suficiente, que lamentaba no haber aceptado lo suficiente. Como si creyese que no la merecía.

Entornó los ojos y vio a Aurora en el aparcamiento de las motos, dos de sus perros ya corrían hacia ella. Ladeó la cabeza sin dejar de mirarla.

Ella se giró al oír el ladrido de los perros, soltó el manillar de su moto blanca y comenzó a dar pasos hacia la puerta de la chocolatería. Bjorn la alcanzó y la detuvo antes de que pudiese abrir el picaporte.

—Vámonos de aquí —le dijo y ella alzó las cejas, sorprendida por aquel cambio en el plan. Pero él sabía lo que significaba entrar en la chocolatería abarrotada de gente y todos hablando de la nueva noticia no oficial. La carrera.

Necesitaba salir de allí. Siempre que discutía con su padre, siempre que no estaba de acuerdo con decisiones de aquel pueblo, se montaba en la moto y echaba a correr hacia el bosque entre sus perros. Solo.

—Vámonos de aquí —repitió y le cogió la mano para tirar de ella hacia las motos de nieve.

—¿Te lo han dicho? —Aurora se dejaba llevar sin oponer resistencia.

—Claro que me lo han dicho —respondió cuando llegó a las motos. Aurora no era lo suficientemente rápida para la necesidad que sentía de salir de allí.

—Es una locura. —La oyó decir.

—Lo es. —Seguía mirando una y otra moto.

—Tom y tía Agnes quieren que participe —dijo Aurora y se sobresaltó, mirando a la joven enseguida.

—De eso nada —dijo con firmeza, como si por una vez él tuviese poder de decidir algo. Precisamente en eso no lo tenía. Agnes estaba en su derecho de elegir a su sobrina. Pero también estaba en su derecho de no participar de ninguna manera.

La necesidad de echar a correr de allí aumentaba.

Rodeó a Aurora con los brazos, la cogió en peso y la subió a su moto.

—Nos vamos. —Se subió tras ella con rapidez.

Arrancó y aceleró con tanta potencia que notó cómo el cuerpo de Aurora basculaba sobre el suyo, lo que lo hizo sostenerlo en su pecho y acelerar aún más.

—No vas a ser parte de esa pantomima —le dijo acercando la barbilla a su hombro para ver por dónde iban.

—No puedo negarme. —La oyó responder.

—Claro que puedes negarte. Y vas a prometerme que lo harás.

La sintió girarse para mirar atrás, directamente a su cara.

—Tengo que hacerlo.

Bjorn bajó los ojos hacia los de ella. Le encantaba el olor del pelo de aquella chica, le recordaba a una fruta que llegaba solo algunas primaveras al pueblo. Escasa y deseada, pocas veces podía conseguirla.

Pero en Aurora el dulzor aumentaba aún más.

—¿Por qué? Créeme, no merece la pena. —Aceleró aún más y los mechones del pelo de Aurora revolotearon alrededor de su cara—. Aquí nadie agradece nada. Te tirarían en el bosque a los pies del oso.

Aurora frunció el ceño levemente y acercó una mano a su barbilla.

—¿Qué es lo que ha pasado?

No respondió. No sabría tampoco por dónde empezar. Además no quería contarle sus miserias a Aurora, a ella no le interesarían. Ni siquiera sabía por qué no la había dejado en la chocolatería y se había marchado solo. Había sido un arrebato estúpido, un error.

Pero volvió a acelerar.

—¿Qué te ha dicho Henrik Viken? —le llamó la atención que ahora usase el nombre completo de su padre, como si fuese ajeno a él.

No podía responder.