Mi ángel de la nieve 28
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Las pequeñas batidas se sucedían cada noche. Eran solo dos grupos de tres o cuatro personas que iban a puntos concretos a revisar trampas de los Ballahios. Y poco a poco ampliando el cerco seguro alrededor del pueblo.

Bjorn solía acompañar siempre al grupo de Tom, a pesar de que al otro lado, en el otro grupo, iba su padre.

Hakum se había recuperado, y aunque con una muleta, había podido verlo en la calle principal del pueblo.

Bjorn cada mañana la acompañaba al bosque.

La rutina comenzó rígida. Iban al bosque, ella bajaba al riachuelo, silbaba a Nanook, estaba un rato con él cada vez más amplio, regresaba con Bjorn y este la llevaba hasta casa de tía Agnes.

Pero días después el tiempo de regreso se fue ampliando, un día era visitar a Tom, otro la gasolinera, y otros acompañarlo a alguna labor de guardabosques.

Y cuando fue consciente, tía Agnes una mañana tenía dos cestas, una más junto a la de Bjorn, esperándoles para el almuerzo.

Bjorn le había enseñado poco a poco cada punto del valle, cómo reconocer los salientes y los árboles que era mejor evitar.

Las pocas plantas venenosas que había por allí.

Dónde beber agua y dónde jamás porque se filtraban los residuos del pueblo.

Cómo calcular la hora, cómo colocar la linterna para no ser visto, cómo ascender, descender y cómo atarse con una cuerda de metal de carrete.

Le había mostrado cómo seguir rastros, cómo evitar las trampas y cómo distinguir la zarpa del oso de la de metal. Aurora le había dado la que escondió cerca de la casa del lago y Bjorn se la llevó al alcalde.

Dos semanas y media más, intensas, de aprendizaje acelerado y de compañía excepcional.

Regresaban del bosque nuevamente, con la jauría de perros y con las cestas de la comida vacías.

Pero vio que Bjorn no aminoraba la marcha cerca de la casa de tía Agnes.

Era temprano para que se marchase a las batidas, de hecho le había extrañado que regresasen tan pronto, ya no necesitaba ver la hora para deducirla a pesar de la tenue luz de las pocas horas del día.

Se colocó justo tras la moto verde del guardabosques y se mantuvo allí camino al pueblo. Desde sus salidas diarias con el guardabosques solo habían aparecido por allí un día y era para devolver una mochila que perdió uno de los hombres de las batidas.

Bjorn detuvo la moto cerca de la chocolatería de tía Agnes. Justo el lugar donde ella le dio la cesta el primer día. Un día que ahora recordaba lejano, cuando ella aún no tenía ni idea del lugar al que había llegado.

Vio a Viken y a dos hombres más que avanzaban por la calle hacia una especie de bar que había al fondo, mucho más lejos de la chocolatería. Sabía que había visto a su hijo, pero no reparó en él, ni siquiera lo saludó con un gesto.

Pero no era su hijo, no era Hakum.

Miró de reojo a Bjorn, ya debería estar acostumbrado a aquel trato por parte de su familia.

Ni su padre ni su hermano ni su madre le habían dedicado un solo minuto durante el tiempo que ella pasó con él.

Solo recordaba una vez que Henrik le envió un mensajero a uno de los puntos del bosque, que eran cuatro diminutas cabañas repartidas a lo largo del valle, donde se refugiaba el guardabosques en caso de ventiscas inesperadas de nieve.

Construcciones simples, con una sola sala y un baño estrecho, una chimenea y un sofá.

Solo una vez en tantos días y porque a Viken le interesaba algo de Bjorn.

Entendía que a su tía Agnes le preocupase, le encendiese. Robar un hijo que no podían tener para luego tratarlo con aquella distancia, como si fuese un capricho pasado de moda porque ya tenían otro que no pasaría de moda nunca, un hijo verdadero.

Bjorn nunca hizo ningún comentario, pero era imposible que no notase que su presencia y la de Hakum no tenían nada que ver ante sus padres. Aún más por parte de su madre, para la que no era más que un vecino más del pueblo.

Bjorn estaba completamente solo en aquel lugar. Como Nanook, como tía Agnes, como Tom.

Y ya era una necesidad para ella que él al fin supiese la verdad.

Aurora tropezó con Blum, una vez más, como tantas. Siempre acostumbraba a ir delante de ella y a pararse de repente a oler cualquier cosa, y todas las veces que se lo hacía acababa con Aurora caída de bruces si Bjorn no estaba cerca.

Por suerte eso casi nunca pasaba, se vio sujeta enseguida y tuvo que reír.

—Este perro está dispuesto a matarme un día de estos —dijo agarrándose a Bjorn para recobrar el equilibrio.

Puede dejarme caer las veces que quiera si tú me sujetas.

No tuvo prisa por soltarse, resbaló los brazos desde los hombros de Bjorn y lo vio mirarla pensativo.

—Es una pena que aquí no tengamos las cosas a las que estás acostumbrada —dijo él.

En un principio no sabía a qué se refería. Luego se acordó de inmediato de que la tarde anterior le había estado hablando a Bjorn de centros comerciales, cines, bares, pub y todo un despliegue de entretenimientos de Milán.

—Dentro de poco ni siquiera podremos salir a la calle todos los días —añadió serio.

—No me parece un problema.

Quizás no le creía, nadie en su sano juicio la creería. Acostumbrada al ajetreo de Milán, aquello podría resultar completamente aburrido, pero Bjorn no tenía nada de aburrido.

—Cuando llegue lo peor del invierno me dirás.

—Esperemos a que llegue entonces —respondió ella. Supuso que lo peor del invierno sería más difícil de llevar cuando se estaba solo como él. No creyó que pasase aquellos días crudos en la gran casa Viken.

—Tía Agnes tiene una habitación libre —le dijo y él alzó las cejas—. No tienes que pasarlo solo.

—¿Qué tiene de malo estar solo? —Parecía que lo decía con convicción, pero había bajado la cabeza y dio unos pasos hacia la chocolatería.

—El frío.

—Estoy acostumbrado al frío.

—No me refiero al de fuera de una casa. —Bjorn ya estaba alejado de ella, pero la oyó y se detuvo.

—También estoy acostumbrado —dijo él y ella negó con la cabeza.

Aurora bajó la mirada hacia la jauría de Bjorn.

—Una manada es mejor que un único perro —le dijo a Bjorn—. Y una casa es mejor con más de un humano.

Luego elevó la vista hacia Bjorn.

—Ya hablas como Tom, no te viene bien ir tanto a verlo —replicó Bjorn con ironía.

—Pues no creo que Tom sea ningún ejemplo para decirte algo así.

Bjorn giró la cabeza para mirarla.

—Al contrario, lo dice por eso mismo —sonrió—. Pero mi lugar está en la colina.

Aurora frunció el ceño y puso expresión forzada.

—¿Voy a tener que mudarme a la colina cuando vengan las tormentas fuertes?

—dijo y lo vio desviar la mirada para reír, un gesto que era capaz de encender los motores de la máquina que molía las lanzas de hielo en su pecho que le lanzaba Bjorn a cada momento, seguramente sin quererlo.

Polvo helado que le erizaba la piel, le aligeraba el cuerpo y le producía aquella electricidad desde el ombligo al esternón—.

Tendría que llevarme a tía Agnes, eso sí.

—La risa de Bjorn aumentó—. Y a Maggie. Y a Tom.

Una recolecta de solitarios.

—Todos en la casa de la colina. Un invierno terriblemente largo —respondió él y sus palabras sonaron con poca convicción.

Aurora contuvo la sonrisa. La electricidad aumentaba ya en su pecho.

Aún quedaban días antes de aquellas crudas tormentas, el invierno les había dado una tregua y caían copos de una manera suave, haciendo que la temperatura bajase sobremanera, eso sí.

—No es estar solo —le dijo Aurora avanzando hacia él—. En Milán también hay mucha gente que vive sola y no pasa nada. Es el aislamiento que tenéis. Eso es otra cosa.

—A lo mejor es la única manera de que en este pueblo nos llevemos bien —dijo Bjorn señalando la chocolatería—. De hecho, en estos espacios es donde se producen la mayoría de las discusiones y problemas.

—Normal, si no os aguantareis ni vosotros mismos en invierno.

—Hizo una mueca alargando la mano hacia la puerta—.

Días sin poder salir. —De ahí las enormes despensas y lugares de almacenaje en las casas—.

Sin hablar con nadie. —Ni siquiera había cobertura—.

A veces hasta sin televisión. ¿Qué demonios hacéis?

Mejor no imaginaba lo que haría ella encerrada con Bjorn en aquellas circunstancias.

Contuvo la respiración.

Una camada de cachorros.

Apretó los labios para no reír, Bjorn mantenía el ceño fruncido.

—Déjame pensar a ver si se me ocurre algo —dijo él y ella apretó los labios para no sonreír.

Te lo enseño con dibujitos.

—¡Bjorn! —Oyeron la voz de un hombre que sobresaltó a Aurora.

Los dos se giraron hacia la puerta de la chocolatería.

—Tu padre te busca —añadió.

Aurora frunció el ceño. Acababa de pasar por allí y ni siquiera le había dirigido una palabra, ¿ahora lo buscaba?

Bjorn la miró a ella enseguida.

—Espérame dentro —le dijo adelantándose mientras los perros se retiraban de ella para seguirlo a él.

Lo siguió con la mirada mientras Bjorn se alejaba calle abajo.

La calle estaba inundada de cierto olor maravilloso de barbacoa.

No muy lejos había un asador de salchichas gigantes a las que se había jurado no engancharse.

Pero era olerlas y comenzar a salivar de inmediato aunque no le tocase comer, como en ese momento.

Empujó la puerta de la chocolatería. No la esperaba tan llena de gente. Tom y la tía Agnes estaban allí. Y Maggie, y hasta la hermana de esta con un grupo de chicas. También otros vecinos del pueblo.

—Me parece una locura en estas circunstancias y más aun usar a nuestra gente —decía uno.

—Los alcaldes de los tres pueblos lo han visto bien.

—Los tres deben estar locos.

Rodeó las mesas hasta llegar a Tom y a su tía.

—¿Qué pasa? —les preguntó.

—Ya está despejada una zona considerable y los tres alcaldes han decidido organizar las fiestas de las carreras ahora que el invierno ha dado margen.

Frunció el ceño. Bjorn le había explicado en qué consistían. Y le parecía una locura con los Ballahios y un oso.

Tom la miró a ella.

—Henrik Viken. —Miró a Agnes de reojo—. Housen y los Roland, otra familia de otro pueblo, habrán pensado que es la mejor ocasión.

La mejor ocasión para qué, seguía sin verle el sentido. La tía Agnes se acercó a ella para susurrarle.

—No lo sabemos a ciencia cierta, pero Tom y yo creemos que quieren ponerle una opción en bandeja a los Ballahios.

Y eso sí tenía sentido, pero le parecía una traición a los participantes.

Tom se inclinó para acercarse a la cara de la joven.

—Y sea como sea, debes participar —le dijo y Aurora se sobresaltó.

Enmudeció de inmediato, el cuerpo se le tensó sobremanera y las piernas se le aflojaron hasta el punto de tener que agarrarse a una banqueta para no bascular.

—No…

—Sí —la cortó Tom—. El recorrido estará vigilado.

—Mi moto…

—Yo me encargo de tu moto —volvió a cortarla.

Tragó la saliva mirando los pequeños ojos de Tom.

—No tengo ni idea —susurró a Tom en un intento desesperado de que cambiase de opinión.

No era una carrera tipo circuito. Era un recorrido a distancia con nieve, hielo, ascensos y descensos en el que la mayoría solían llevar perros para no perderse con la poca luz. No era una carrera segura por mucha vigilancia, menos aun con Ballahios y con un oso salvaje.

No era su lugar, solo los experimentados del pueblo solían correr, su tía Agnes lo había hecho en otra época, Tom, Henrik Viken…

Supuso que los alcaldes, desconfiando de los Ballahios, habían decidido aunar fuerzas congregando a los tres pueblos. Pero aun así le parecía una locura y una forma salvaje de poner a los vecinos en peligro.

—Ballahios y un oso salvaje, eso no va a ser una carrera, va a ser un suicidio —dijo uno en la barra.

Tía Agnes lo miró enseguida.

—El tonto este dando ánimos.

Lleva razón.

—Pues se van a apuntar muchos —dijo otro—. Dicen los Valcaham que cuenten con ellos.

Aurora bajó la mirada.

—¿Cuándo es?

—Poco más de una semana, el tiempo de preparar el terreno y los puntos de control —dijo Tom—. Yo seré parte de la comisión, no te preocupes. Y tendrás también a Bjorn.

Aurora alzó la mirada.

—¿Él no correrá? —Era el idóneo.

Tom negó con la cabeza.

—No creo que lo dejen —respondió—. Viken propondrá a Hakum como suele hacer siempre.

—Pero si aún cojea.

—Ni que lo fuera a hacer a pie.

Aurora negó con la cabeza.

—Esto es de locos. —Miró de reojo cómo protestaba la gente, se había iniciado una discusión acalorada entre dos.

—¡Tan fácil como que tu familia no participe si no lo ves bien! Por Dios santo, si hasta Housen va a presentar a sus hijas.

Joder con la Vilma.

—No voy a dejar que expongan a nuestra familia —dijo otro—. Por primera vez en más de doscientos años, la mía no participará.

Aurora giró la cabeza de nuevo hacia la tía Agnes y Tom.

—¿Y si no me permiten participar? —preguntó. Le resultaba extraño que lo hiciesen siendo tan cerrados.

—Lo harías por mí, es mi derecho y eres mi sobrina —dijo tía Agnes.

Aurora volvió a bajar la mirada. No tenía ni idea de cómo lo iba a hacer si apenas podía avanzar con una moto por la nieve si no era por caminos ya hechos o siguiendo a Bjorn.

Era verdad que en las últimas dos semanas había mejorado, pero había visto a Vilma y las otras, a Hakum… no estaba ni de lejos al nivel.

—Es de locos. —Se retiró de los dos hacia la puerta.

Sabía que Bjorn no estaba de vuelta, aún no sabía nada de la carrera, ahora podía imaginar para qué lo quería su padre. Y no le iba a gustar en absoluto aquella locura de idea.

Era el peor escenario para una celebración de aquella envergadura. Pero estaba claro que las familias más fuertes del valle querían acabar por fin con la amenaza de los Ballahios por la fuerza.

Le daba miedo, no podía negarlo. Un recorrido así por la nieve, con contrincantes, con posibles incisos de los Ballahios, con la posibilidad del ataque de una bestia.

Ni siquiera contaba con una jauría.

Y su vínculo con Nanook aún no era suficiente.

Era de locos.

Salió y se dirigió hacia las motos de nieve. La suya, la blanca, apenas era la mitad que la de Bjorn, ligera y rápida, sí, pero no con la suficiente fuerza como para atravesar montículos y otras muchas cosas que se encontraría por el camino.

Ni siquiera sabía si sería capaz de escaparse de los indeseables, del oso… Las piernas se le habían aflojado tanto que tuvo que apoyarse en la moto.

Joder. Joder. Joder.

Quería ayudar, pero era demasiado pronto.

No lo esperaba.