27 #2
La sostuvo agarrada hasta que ella descendió lo suficiente para seguir sola. No fue tan aparatoso como creía y no rodó. Por fin una bajada con un poco de estilo y no haciendo el ridículo o lastimándose.
Miró a Bjorn desde abajo y le hizo una señal con el pulgar arriba. Luego se llevó el silbato a la boca y lo hizo sonar.
Fue avanzando y adentrándose entre vegetación nevada, restos de agua helada y roca. Y avanzó junto a la poca corriente haciendo sonar el silbato una y otra vez.
La humedad del agua hacía más intenso el frío.
—Nanook. —No solo quería el silbato, quería que fuese haciéndose a su nombre—. ¡Nanook!
Silbato, llamarlo.
Sacó la corteza que tanto le gustaba. Silbato, llamarlo por su nombre.
Era más fácil y menos frustrante cuando aparecía sin esperarlo. Comenzaba a impacientarse y no sabía si se estaba alejando demasiado de Bjorn.
Pero entonces vio su silueta sobre una de las rocas que bordeaba el riachuelo.
Alzó el puntero de luz y lo accionó, como le había dicho Bjorn para avisarle de que lo había encontrado, lo apagó y lo volvió a encender unos segundos. Y luego lo apagó de nuevo.
Tener una conexión, un código con Bjorn, hizo que parte de su inseguridad se disipase. Él tampoco estaba lejos. Y tenía al Kyrax delante.
—Nanook —le dijo con voz suave mientras alargaba la mano con la corteza.
Pero él la observaba clavando sus ojos azules en ella. Por primera vez su encuentro no fue fortuito y él parecía saberlo. Sabía que lo andaba buscando y la observaba con algo de desconfianza.
Lo vio hasta hacer el ademán de apartarse, dar un paso atrás y marcharse. Pero de nuevo se colocó bien y siguió mirándola sin pestañear.
—Vale, sí, he venido a buscarte —le dijo, aunque sonase absurdo hablarle a un animal—. No sabía lo que eras, pero ahora sí. Y joder, qué pasada.
Apoyó la mano en una de las rocas, estaba llena de escarcha, y se acuclilló levemente. Nanook quedaba mucho más alto, no quería acercarse más, que el resto del camino lo hiciese él si quería.
Partió un trozo de la corteza y la dejó caer en el suelo.
—Eres una leyenda casi. Molas un montón por aquí —siguió diciendo—, pero es importante que nadie sepa que existes. —Lo miró de reojo, seguía mirándola
Qué cosa más impresionante de animal.
—Me han hablado de vosotros y me han enseñado a lo que creo que es tu familia, o antepasados o lo que sea.
—Sonaba absurdo, pero supuso que sería bueno que se acostumbrase también a su voz—.
Y que el resto de los que son como tú viven en un sitio al que no se puede ir porque te arrancan la cabeza.
—Volvió a mirarlo—. No sé cómo no me la has arrancado tú a mí.
Contuvo la sonrisa.
—No he venido sola, ya lo sabes. —Partió otro trozo y lo dejó caer en otra parte del suelo.
Las piernas ya le dolían, así que se dejó caer en la roca, sentándose como si fuese una silla. Nanook estaba en la otra alta, a un par de metros.
—He venido con Bjorn, el tío de los perros que siempre anda por el bosque, lo conoces también. —Otro trozo, esa vez se lo enseñó alzándolo en el aire y lo lanzó algo más alejado de ella—. Y espero que tampoco le arranques la cabeza, porque es el hombre más guapo que he visto en mi vida. Y me gusta.
¿En serio le estoy contando esto a un animal? No me lo creo, Aurora. Qué mal te veo.
Nanook hizo un movimiento con las orejas.
—Sí, me gusta. Y eso que dije que no quería tener a un tío a menos de doce metros. Pero este me gusta.
Ladeó la cabeza y partió otro trozo de corteza.
—Y quiero ayudarlo, en este pueblo tienen un marrón de narices con ese oso y los Ballahios. Pero soy forastera y torpe, no conozco el bosque ni los peligros —añadió—. Solo a ti —le enseñó la corteza de nuevo—, así que eres mi única esperanza para no cagarla más. Para ser útil.
Esa vez le lanzó la corteza a la roca donde estaba él, le cayó al lado de la pata izquierda. El animal movió la nariz y luego bajó el hocico para oler la corteza. Abrió la boca y la oyó crujir.
—Tom, el que entiende de los que son como tú, dice que eres enorme. —Le quedaba un último trozo en la mano, así que se lo volvió a lanzar a los pies—. Así que te has pasado el juego de tamaño. Eres un ejemplar excepcional.
Nanook la miró de nuevo antes de inclinar sus patas y dar tremendo salto para bajar al suelo, donde se encontraba ella. Aurora tuvo que hacer un esfuerzo para no moverse un ápice, y aún más para no gritar al ver tremendo bicho extender su cuerpo en el aire al dar un salto.
La corteza crujía dentro de su mandíbula, la trituraba sin esfuerzo, los perros de Bjorn tenían que reblandecerla para morderla. A este solo le hacía falta apretar.
—Te has pasado el juego en todo me parece —dijo ella conteniendo la risa—. No sé cómo serán tus hermanos, pero lo tuyo es otro nivel, eh.
Nanook acabó con las cortezas del suelo y se acercó a ella tanto que pudo alcanzarle el lomo para tocarlo, se detuvo para quitarse el guante y volvió a tocarlo, esa vez sintiendo su tacto suave y lanoso.
Para Tom y Bjorn había sido un logro que pudiera tocarlo, por lo que le decían no era fácil o era un proceso, pero eso ya lo llevaba adelantado de las otras veces.
—Te he puesto Nanook. No eres el primer Nanook del valle. Así que Tom escribirá bajo tu dibujo Nanook dos o algo así. —Pero Nanook buscaba en el bolsillo del mono con el hocico, como hacían los perros de Bjorn—. He traído más, sí.
Sacó una y se la dio entera, directa para que la cogiese de sus dedos. La enorme boca se abrió solo lo justo para cogerla con cuidado de no tocarla a ella con los dientes.
—El plan es que puedas venir conmigo en un futuro no muy lejano —siguió mientras el perro comía—. Y que me guíes para encontrar al oso y a los Ballahios.
Tenía en hocico de Nanook a la altura de su cara. Acercó las dos manos a su cabeza para acariciarlo.
—Y me va a encantar llevarte al pueblo —añadió—. Hay algunas que me están jodiendo, ¿sabes? Y quiero verles las caras cuando te vean conmigo.
Sonrió un instante al imaginarlo.
—Pero me conformo con que me ayudes con el oso y a echar a los Ballahios. Lo otro ya es una fantasía de cuento infantil. Cuando quieres darles la vuelta a los matones del colegio.
El hocico de Nanook se acercó tanto a su cara que sintió el frío de su nariz en la suya, por un momento pensó que le daría un lametazo como Blum. Pero no, el animal apartó la cabeza y volvió al bolsillo.
Aurora sacó otra corteza.
—Esta noche voy a dejarte un rodillo de carne en la entrada del bosque. Si llegas antes que otros, es tuyo —le dijo sonriendo—. Si no vas, alguien lo disfrutará. ¡Será por gente en este bosque!
Le rascó la cabeza y lo vio entornar los ojos.
— Pero es el mejor rodillo de carne que había en la carnicería, así que no tardes mucho. —El animal cerró los ojos al completo cuando las uñas de Aurora llegaron a la piel directa entre el pelo. Sonrió al verlo—. Espero que todo salga bien.
Nanook levantó la cabeza y tuvo que apartar la suya para que no le diera, la envergadura de él era considerable.
— Gracias por lo de ayer, y por lo del lago, y por cubrirme de Viken. Y por todo. —Seguía rascándole, apretándole aún más, parecía que al animal le gustaba—. Contigo no da tanto miedo este bosque —sonrió—. Ni el frío.
Bajó la otra mano hacia la barbilla del animal.
—Eres un auténtico ángel de la nieve —volvió a sonreír mirándolo—. Y me encantas.
A pesar de sus fauces, de su tamaño y de que a veces ella misma se asustase de él.
Ladeó la cabeza sin dejar de mirarlo.
—Va ser un honor —añadió imaginándolo corriendo al lado de su moto como hacía Bjorn con sus perros—. Y una vacilada, no te voy a mentir. Eres el equivalente a un coche de colección de alta gama.
Oyó el chasquido de una piedra y el animal se giró de un sobresalto, echando su cuerpo sobre ella, cubriéndola por completo y pegándole el lomo a su cara.
Oyó el rugido salir desde dentro, todo el cuerpo de Nanook vibraba al producir aquel sonido que ponía los vellos de punta. Aurora se asomó por encima del pelaje del animal y vio una cola delgada perderse entre las sombras.
La cola de un lobo posiblemente, que a pesar de ser grande, comparada con la de Nanook, se veía escuálida a más no poder. Supuso que el riachuelo era frecuentado por distintos animales. Pero con él les iba a ser difícil acercarse.