27
Habían detenido las motos en una explanada, a Bjorn le había parecido ver árboles dañados por el oso, pero no, era un hueco natural de un tronco con demasiados años, además guarida de algún animal.
Aurora volvió a tropezar con Blum, o él siempre estaba en medio o ella iba perdiendo las pocas facultades que le quedaban. Ni apoyándose en el perro fue capaz de recobrar el equilibrio, iba directa al suelo, pero un brazo la sostuvo con fuerza.
—El Kyrax tiene trabajo contigo —le dijo él con ironía mientras Aurora se aferraba a él para no seguir cayéndose.
Y tú también.
Ella le había rodeado el cuello, lo cual hizo que la cara de Bjorn estuviese realmente cerca de la suya, casi rozándole la nariz. Lo soltó despacio intentando disimular la tensión y el bochorno.
—Ha sido Blum. —Una excusa que a Bjorn le encantó escuchar.
—Siempre cuela echarle la culpa al perro.
Aurora miró a un lado para reír. Bjorn le estaba encantando en todos los sentidos, su presencia no hacía más que aumentar el carácter extraordinario de aquel extraño cuento de nieve, en lo que todo parecía misterioso, atrayente y mágico. Él ponía de su parte, mucho.
No podía culpar a las del pueblo por advertirle que no volviese a tocar al guardabosques. Le encantaba a unos niveles que no podía ni digerir con aquella hilera de sucesos a cada momento.
Pero le estaba encantando hasta el punto de desear una nueva tormenta. Y una cueva. Y un fuego. Y él.
Contuvo la respiración y apoyó la mano en el pecho de Bjorn para retirarse de él, como si tuviese que darle una ayuda a su cuerpo empujándolo hacia atrás, lejos del guardabosques, si quería que se moviera de su sitio.
No sabía si él lo había notado, no quería ni mirarlo a la cara. Solo sabía que él se había quedado completamente quieto, sin hacer intento de separarse un palmo.
Y ese gesto la empezó a poner nerviosa.
—¿Los Ballahios lo habrán visto? —Necesitaba decir algo, aunque fuera una estupidez que quizás ya la habría dicho antes. Pensar que repetía una frase hizo que sus nervios y vergüenza aumentasen.
—¿Al Kyrax o al oso?
—A Nanook. —Le gustaba más por su nombre, al fin y al cabo todas las ilustraciones tenían un nombre y pronto Tom comenzaría a dibujarlo a él.
—No, es muy difícil verlo y si traen perros huirán de él. Pensarán que es por el oso.
—¿Al oso sí lo habrán visto?
—Claro que sí, tendrán las mismas ganas que nosotros de atraparlo. —Bjorn se giró hacia el otro lado del claro, habría oído algo, por allí había muchos zorros—. Un oso real rompe en parte sus planes y nos beneficia a nosotros.
—Ha sido una suerte que un oso atravesase el hielo, entonces. —Aunque pareciese una locura.
—El oso puede hacer hasta que desistan este invierno —respondió Bjorn—. Por eso mi padre vota por no seguir con las batidas para atraparlo.
Escuchar decir «mi padre», sabiendo quién era su verdadero padre, hizo que el peso del secreto de Bjorn pesase en ella sobremanera. Que se sintiera culpable por no decirle la verdad. Pero no le correspondía a ella. Sino a tía Agnes.
Aun así era imposible no sentir nada. Una especie de traición a su confianza. Se apartó de él y se llevó la mano a la sien.
—¿Estás bien?
No, no lo estaba. Había ido allí con una tara personal y aquel pueblo le iba a quitar lo poco que le quedaba de cordura.
—Debes tener en cuenta que todo esto es extraño para mí —le dijo bajando la cabeza hacia la nieve mientras arrastraba el pie para echarla a un lado.
Eran nuevos los peligros, eran nuevos los secretos familiares, las rencillas familiares, el oso, los criminales acechando.
Los perros, los trineos, las motos de nieve, el frío, las tormentas.
Él. Ese sentimiento de fascinación y admiración absoluta también era nuevo.
Y su pecho no podía soportarlo. A ratos la ansiedad hacía que sus pulsaciones se aceleraran y le provocasen un leve mareo desagradable.
—¿Tienes miedo? —preguntó él.
Tenía miedo. Eso también era nuevo para ella. Miedo al pueblo y a sus reacciones, miedo a fallar de nuevo y poner a alguien en peligro por su culpa, miedo a lo que pudiese pasarle en el bosque, miedo a que aquel animal sufriese por su culpa. Miedo a decepcionar a Bjorn.
—Es normal tener miedo. —Escuchar su voz no sabía si aumentaba aún más su angustia.
No quería decepcionarle, no quería ponerlo en peligro.
Dios unos pasos alejándose de Bjorn y cerró los ojos para intentar coger aire.
No era un Viken, pero él no lo sabía. Y los Ballahios tampoco.
Y eso no era bueno.
Tía Agnes le dijo que los Ballahios irían a por Henrik Viken el primero. Pero a ojos de todos, Bjorn era tan hijo suyo como Hakum.
Claro que tenía miedo. Miedo de cargar con demasiadas cosas.
—Y no estás sola.
Tú tampoco.
Ella no lo dejaría solo.
Se giró despacio, Bjorn se había acercado a ella.
—Si te digo la verdad, no sé cómo no saliste corriendo el primer día. —Lo vio intentar sonreír y eso hizo que ella sonriese levemente también.
No he salido corriendo.
Por suerte no eché a correr.
Que desapareciesen los trenes y los aviones. No pensaba irse allí.
—Pero me alegra que te quedases.
Eso sí que no lo esperaba y la hizo girarse del todo hasta ponerse frente a Bjorn.
—Aunque dé problemas.
Bjorn hizo un gesto extraño negando con la cabeza que hizo que llegase una corriente de hielo ombligo arriba que le dejó tiritando el pecho y las piernas.
—Bienvenida al infierno del valle. —Bjorn bajó la barbilla para mirarla.
Y una nueva corriente de hielo le atravesó el ombligo directo al pecho otra vez.
Bendito infierno.
Helado, eso sí. Pero con un fuego interno un tanto excepcional.
—No exageres —le dijo ella. Pero realmente no estaba exagerando, era un infierno. Una película de terror. No entendía cómo podía no disgustarle.
—¿Me dices que estás bien aquí? —Bjorn alzó las cejas. O aquel chico estaba cada vez más guapo o ella había resbalado por un terraplén de nieve, rodando, sin más remedio, hasta los pies de Bjorn.
Aurora asintió despacio.
—Soy torpe, ya lo has visto, y aquí puedo caerme todo lo que quiera —respondió y sus palabras hicieron que Bjorn riese levemente.
—No soportas el frío. —Era imposible que la creyese.
—No. —Tuvo que reconocerlo.
El guardabosques se alejó de ella riendo, pero no la dejó atrás. La agarró por la manga del mono y tiró de ella, que tuvo que dar dos zancadas grandes para seguirlo.
—Otra vez —le dijo y Aurora cogió la cadena del silbato y sopló en él. Llevaban haciéndolo desde que llegaron al bosque.
—Pero estás tú, no vendrá.
—No quiero que venga, quiero que lo relacione contigo y tu olor.
Valeeee.
Volvió a tocar el silbato, esa vez con más fuerza y más largo.
—Un olor, un sonido —dijo Bjorn—. Ahora aunque no te huela, cuando lo oiga sabrá que eres tú. Y te buscará donde estés.
Aurora bajó la mirada hacia el silbato, era plateado y alargado como el puntero de luz que le dio Bjorn.
Otro llamador de ángeles.
Sacó del bolsillo el puntero y buscó la argolla que tenía en el extremo, la abrió y lo enganchó en la misma cadena del silbato.
—¿Quién de los dos llegaría antes? —Se colocó bien la cadena en el cuello y los dos, silbato y puntero de luz, cayeron en su pecho.
—Ninguno de los dos estaríamos muy lejos, así que no lo sé —respondió Bjorn y Aurora intentó no sonreír un ápice.
Bjorn pasó la mano por su espalda para empujarla levemente y que pasara delante de él.
—Llevamos dos horas en el bosque y no podemos quedarnos mucho más o se hará de noche.
Le parecía gracioso escuchar lo de la noche, cuando allí había poca luz todo el tiempo.
—Así que es el momento. —Temía que dijese eso.
El momento de quedarse sola, el momento de que Bjorn se alejara.
Y la soledad en aquel bosque se hacía intensa.
—No voy a alejarme mucho, solo lo suficiente para que pueda venir.
Pero lo suficiente era demasiado lejos.
Asintió sin embargo, qué remedio. Necesitaba ver a Nanook de nuevo, ahora sabiendo lo que sabía, necesitaba verlo de nuevo.
Solo debía descender por un pequeño terraplén de nieve y seguir el riachuelo un poco. Bjorn se alejaría, pero vigilaría desde arriba. Llevaba la linterna, las cortezas, el silbato y el puntero.
—Es normal tener miedo —le repitió Bjorn.
El tembleque de piernas era considerable, él le apretó la mano mientras daba un paso hacia ella.
Por un momento lo vio acercarse tanto que no sabía si le estaba ofreciendo su pecho para que se dejase caer en él.
O era su imaginación. No se fiaba de su lucidez, no era objetiva tampoco.
El leve mareo de las pulsaciones regresó.
Y cerró los ojos.
—Voy a estar cerca —le dijo él, ahí mismo.
Asintió aún sin abrir los ojos. Luego los abrió y los dirigió a Bjorn. No le había soltado la mano, pero no era suficiente.
Se dejó caer en él y lo rodeó con los dos brazos, exhalando aire con fuerza intentando liberar la presión del pecho. La reacción de Bjorn fue inmediata, rodeándola también con los suyos.
—Va a ir bien —le dijo a media voz en el oído y fue suficiente para erizarle el vello del cuello y parte de la espalda.
Retiró la mejilla del abrigo de Bjorn y levantó la barbilla para mirarlo.
—Pues allá voy —le dijo intentando sonreír.
No era ninguna heroína, y menos al lado de aquella gente. No le llegaba a la suela ni a Vilma, ya había visto de lo que era capaz para salvar a los suyos.
No era nadie. Solo era una forastera torpe acercándose a los dos seres más mágicos del valle. El Kyrax y Bjorn.
Retiró los brazos despacio de Bjorn y se enderezó, luego se giró hacia el terraplén y avanzó unos metros.
Después de los sitios por los que ya había caído, aquello no era nada. Resbalar y rodar un poco, no tenía importancia.
Se agarró a una rama que sobresalía de la nieve y se dispuso a dejarse caer.
—Shhhh. —Bjorn la detuvo agarrándola por la cintura para que su peso no basculase. Luego alargó la mano hacia la rama y tiró de ella, arrancándola de cuajo.
—Compruébalas siempre antes —le dijo.
No había más ramas, así que solo le quedaba la mano de Bjorn. Lo prefería, una rama podría fallarle, Bjorn nunca.