26
Intentar seguir el ritmo de Bjorn en una moto de nieve y tener cuidado de no alcanzar a ningún perro cuando se giraba hacia ellos, era una ardua tarea a la que también debía acostumbrarse, lo que iba a hacer, adquirir habilidades que seguramente ni tuviese.
Tom los esperaba en la puerta de su cabaña, iban a empezar desde el principio, y el principio era conocer y saber. Aunque cuanto más avanzaba sobre ellos, más miedo le daba volver a acercarse a Nanook.
Fue disminuyendo la velocidad imitando a Bjorn hasta que la moto se detuvo. Había ido tan tensa todo el camino siguiendo al guardabosques que tenía el cuerpo completamente entumecido.
No voy a sobrevivir al invierno, y no por el oso o por los indeseables.
Arrastró las gafas hacia la cabeza y las dejó sobre el gorro de lana blanco de la tía Agnes. Tenía congelada hasta el alma, aquel día las temperaturas habían bajado aún más, aunque le pareciera imposible.
Bjorn la miró para comprobar que ya se había bajado también y la esperó a mitad de camino hacia donde se encontraba Tom.
Aquel hombre tendría que estar muy acostumbrado al frío, cuando permanecía apoyado en la valla de su porche, como si estuviese bajo el mejor día de sol del año. Definitivamente aquella gente estaba hecha de un material mucho más duro que ella.
Aurora se restregó la nariz, casi ni la sentía. Tropezó con Blum, que se había parado a oler algo en el suelo, algo que estaría bajo la nieve. Tuvo que apartarse de él con rapidez, porque comenzó a excavar con energía y a echarle la nieve encima.
Oyó la risa de Bjorn y Tom. Tom tenía tres perros que se habían acercado hacia Bjorn, uno de ellos enseguida se dirigió a Zuko emitiendo gemidos y ambos echaron a correr. Pero Blum seguía excavando sin prestar atención al resto.
Sila se sentó erguida, parecía estar repasando con la mirada el terreno alrededor y donde se encontraba cada uno de sus hermanos.
Con ella no había vuelto del todo al carácter de antes, pero tampoco al que mantuvo en la ausencia de Bjorn.
Había cumplido su misión, pero nada más.
Así que decidió no insistir con ella y dejarle su espacio.
Vio que Blum sacaba algo bajo la nieve y echó a correr. Era un cuerpo de algo peludo con nieve pegada. Aurora hizo una mueca de asco.
Y luego me chupa la cara.
La mueca se hizo más intensa. Bjorn empezó a reír al verla, Tom solo sonreía.
Aquel hombre la observaba en silencio, quizás meditando por qué un Kyrax había hecho una elección así.
Pero eso era algo aleatorio, a lo mejor ella solo estuvo en el momento justo, podría haber sido cualquier otro.
Le dio una palmada en el hombro en cuanto estuvo cerca.
—Vamos dentro —les dijo—. Tengo todo preparado para que ella lo vea.
Le agradeció el detalle. La curiosidad sobre aquellas criaturas se saciaría al completo con Tom. Era un hombre que le resultaba más que agradable, sabía que estaba siempre pendiente de su tía Agnes, algo necesario para una mujer sola en un lugar como aquel.
Además ir acompañada de Bjorn hacía que se encontrase bien a cada lugar que fuera, que de momento solo había sido la gasolinera y ahora la cabaña de Tom.
Era muy reducida, apenas un salón con cocina y una puerta al fondo.
Todo el interior era madera, una decoración rústica y sencilla, con algunos trastos en una esquina.
Tenía una mesa grande con muchos papales encima, desde allí pudo divisar las diferentes ilustraciones.
Dibujos muy realistas pintados a mano, coloreados con lápices normales y sencillos, pero detallados y bastante cercanos a la realidad.
Tom llegó a la mesa antes que ellos.
—Tengo todos de los que hay constancia —les dijo.
No era capaz de distinguir de los lobos a alguno de aquellos animales, eran marrones grisáceos, nada que ver con el suyo. Había otro de pelaje gris y blanco, más claro que Nanook. Ojos amarillos, bicolores como Blum. Y uno de ellos con los ojos azules, pero aquel tenía el pelaje gris y negro.
—¿Es como alguno de estos? No pude verlo en la oscuridad —le dijo Tom.
Aurora se quitó los guantes y apartó algunas ilustraciones buscando una máscara de superhéroe negra como tenía él. Volvió a apartarlos, algunos rostros parecían estar diseñados para dar miedo, y con el tamaño que tenían lo harían sin ninguna duda.
—¿Todos tenían dueño?
—No siempre —respondió Tom—. Algunos siguen salvajes y solitarios siempre.
¿Podría pasar eso con el suyo? Posiblemente. Tampoco había pensado en quitarle su naturaleza, adiestrarlo y convertirlo en un caniche. Solo quería unirse más a él, que confiase más en ella, que acudiese a su llamada y que la guiase como los perros de Bjorn. Que estuviese a su lado y de su parte.
Podrían llegar hasta el oso y hasta los Ballahios.
No pensaba en otra cosa.
—Este. —Tenía los ojos amarillos, pero el mismo pelaje negro y crema casi blanco.
—Siena. Hembra, valle del norte, 1965 —leía al pie de la ilustración sur—. Unos sesenta y cinco kilos, salvaje o sin dueño conocido.
Luego vio otro de pelaje similar, pero con la parte oscura gris y no casi negro como el suyo. Ese si tenía los ojos azules. Lo cogió y lo acercó a Tom.
— El lobo , es legendario este animal —dijo—. Setenta y cinco kilos, 1972, valle del este, dueño Elaine Hank.
—¿Legendario por qué? —El animal era tremendamente impresionante. Tenía el pelaje tan espeso como el suyo.
—Elaine tenía solo cinco años cuando lo encontró. Y poco después él la salvó a ella y a sus cinco hermanos de un oso gris.
Alzó las cejas al escucharlo.
—Cinco años —repitió Aurora, no quería ni imaginar lo que sería una criatura de cinco años junto a un bicho de setenta y cinco kilos.
Tom sonrió.
—Todos habían visto al animal merodeando, algunos salieron a buscarlo y a probar suerte, llegó a atacar a un cazador y a sus perros —contaba Tom—. Nadie sabía que la niña sí tenía relación con el animal. Ella lo llamaba «El lobo».
Aurora sonrió al oírlo. El lobo o el perro, Elaine no había sido muy diferente a ella, algo bochornoso, era una niña de cinco años.
—Estuvo con ella por temporadas muchos años, tienen una vida longeva estos animales, al menos veinticinco duró El lobo .
Un día desapareció y no regresó. Elaine tenía treinta años.
Sabemos que El lobo aceptó la nueva familia de Elaine, su marido y sus tres hijos mayores.
Convivía por temporadas en su casa con todos ellos.
—¿Todos se encontraron de adultos?
—Todos. Hay lugares donde crían y solo bajan los que sobreviven o los más fuertes.
—Tom movía las ilustraciones, cada Kyrax era diferente, pero compartían la misma estructura de mandíbula.
Podían distinguirse las hembras en la forma de su cuerpo e incluso en la cara y orejas—.
Suelen llegar de adultos jóvenes recién desarrollados.
Y completamente solos —señaló hacia las montañas—.
Hay lugares unos cientos de kilómetros más allá, donde no se pude acceder más que descendiendo a cuerda, donde podían verse en manadas.
Pero hace años que nadie va por allí, es una locura meterse en la boca de unos lobos tan grandes, no regresan.
Siempre han sido muy agresivos cerca de sus manadas.
Por eso aunque tengan dueño van y vienen.
Es como una visita a la familia —Tom sonrió—.
Tendrán descendencia y luego regresan con los humanos.
Con ellos solo podemos esperar a que alguno decida aparecer, es la única forma.
Pero llevaba ya tanto tiempo que pensaba que no quedaría ninguno ya. Los inviernos son tan terribles.
Le estaba encantando la ilustración del gris y negro.
—Ese es el más grande de los documentados después del tuyo —le dijo Tom—. Casi ochenta kilos.
Tom miró a Bjorn.
—¿Este más, verdad?
—Yo diría que sí.
—Teniendo en cuenta que será muy joven, podría llegar a los cien en un tiempo no muy lejano —sonrió mirando a Aurora—. Tienes suerte.
—Pues yo me cago encima —respondió y Tom rompió en carcajadas.
—Hubo un tiempo en que era muy fácil saber si un Kyrax te elegía —le dijo Tom—. Si lo veías de cerca y salías vivo, eras su humano sin ninguna duda.
La joven contuvo la sonrisa.
—La mayor parte de veces observan de lejos y no se acercan —añadió Tom—. Les gusta mucho observar a distancia.
—Y de cerca también —replicó ella y ellos sonrieron.
Cogió la ilustración de la hembra salvaje que tenía el pelaje de Nanook, podrían ser parientes, o del lobo, o de algunos de los que estaban allí.
Seguramente tenía delante un árbol genealógico de su familia pasada.
Una forma de conocerlo más también a él—.
Lo que más me ha llamado la atención de él es su serenidad.
De cómo sabía qué hacer en cada momento —comenzó a decir—.
Lo que yo necesitaba en cada momento: guiarme, no dejarme acercarme, esconderse, alejarme o no romper el hielo del lago.
Tom alzó las cejas.
—¿Estaba en el lago? —preguntó Bjorn y ella hizo una mueca—. ¿A metros de mí?
Aurora ladeó la cabeza y encogió la nariz. Tom estaba en silencio, pero pudo ver que contenía la risa.
—Me hubiese caído al agua —se excusó ella—. Me hubiese caído sin ninguna duda. Él me mostró que el suelo se rompía.
—No sabes lo que te envidio en este momento —dijo Tom con ironía.
Ella encogió los hombros.
—Me ha dicho Bjorn que necesitas esto. —Se sacó un silbato del bolsillo—.
Este es diferente al mío, así no le confundirá el sonido —añadió dándoselo—.
Tiene que relacionarlo con tu presencia, no le costará.
Tu animal debe ser tremendamente inteligente.
—Aurora lo cogió—. Si aprende a acudir cuando lo llames, puedes evitar que aparezca cuando no te conviene que lo vean.
Así se quedará a una buena distancia aunque te vea.
La joven asintió con la cabeza.
—Hasta que no lo tengas del todo, es mejor que nadie lo sepa.
Luego Tom miró a Bjorn.
—En cuanto a ti, has tenido suerte todas las veces, pero no la tientes. Tú no le gustas —dijo Tom y Aurora empezó a reír.
—A lo mejor sí que le gusta.
—A él solo le gustas tú, pero puede aprender a resignarse con el resto —dijo Tom—. Y cuando lo haga, me encantará estar en primera fila.
Aurora le sonrió, ojalá pudiera hacerlo alguna vez. Llevarlo a la casa de la tía Agnes, llevarlo al pueblo, que todo el mundo pudiese sentir aquella estela de seguridad cuando estaba cerca. Estaba convencida de que parte de los miedos de aquella gente se disiparía.
—Me preocupan las trampas de los Ballahios —dijo, era uno de los motivos que le perturbaba el sueño.
—No caerá, es su bosque, sabe cuándo se manipula el terreno.
Si Tom lo decía, se quedaba más tranquila en ese sentido.
—Ni las trampas, ni la nieve y la tormenta ni el oso. Tranquila por ese lado.
Aurora asintió con la cabeza.
—Recuerda que solo le gustas tú, ten cuidado con este loco —dijo Tom señalando a Bjorn.
Aurora sonrió levemente. Ahora entendía por qué el perro de Hans desapareció con él. Si el Kyrax sobrevivió a su dueño, ya no tendría motivos para estar entre humanos y regresaría a su manada.
—No lo trates como a un perro y ni se te ocurra tratarlo como a un lobo —le dijo Tom—. Suerte estos días.
Le dio una palmada en el hombro.
Le resultaba extraño que no le contase nada más de ellos, su carácter, sus costumbres… Supuso que consideró que era mejor no crearle prejuicios, que descubriese su animal por ella misma.
Y era lo mejor.
Todos aquellos animales tenían nombre y algunos dueños. No eran el suyo. El suyo era único, como cada perro de Bjorn.
Siguió a Bjorn hasta la puerta de Tom. Le dio las gracias y se colocó las gafas. Ya no había más paradas, iban directos al bosque. Un bosque prohibido, con trampas, con una bestia y con indeseables con los que no debían cruzarse.
Un paseo por un lugar mágico y tenebroso.
Con Bjorn y en busca de un Kyrax salvaje.
No era lo que pudiese considerar una cita agradable objetivamente. Pero estaba deseando ver el resultado.