Mi ángel de la nieve 25
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Recogió la cesta vacía de Bjorn que había llevado de la chocolatería y vio la etiqueta que colgaba del asa.

A las tres. Yo llevo las cortezas mágicas.

Sonrió al leerlo.

No había podido dormir más que unas leves cabezadas a pesar de que tía Agnes la había obligado a acostarse. Pero solo pudo dar vueltas en la cama, dormitar pesadillas que la hacían desvelarse y volverse a dormir para adentrarse en otro sueño acelerado y extraño.

Bostezaba cada pocos minutos y notaba el cuerpo lento y pesado.

Tampoco tenía hambre, el estómago se le había cerrado por completo.

No dejaba de mirar a través de las ventanas de toda la casa cada vez que pasaba por una de ellas.

No vivían en el mejor lugar del pueblo para los peligros que los acechaban.

Y ya no sabía qué era peor amenaza, si el oso o aquella gentuza. Quizás les temía más a estos.

Tía Agnes ya había salido del dormitorio también, tenía las ojeras marcadas, supuso que tampoco habría podido descansar mucho.

—Han traído eso —le dijo a su tía señalando la cesta vacía en la mesa.

Supuso que tía Agnes volvería a llenársela a Bjorn. La mujer se apresuró a cogerla y acercarla a la encimera de la cocina. Observaba a su tía sacando los termos vacíos de su interior.

—¿Cuándo piensas decírselo? —preguntó. No era justo para Bjorn no saberlo y era algo que la joven sabía que no debía confesar por su cuenta. Su afán de entrometerse en todo acababa con una línea de fuego en forma de secreto familiar.

Pero Bjorn debía saberlo.

—Es complicado y a veces pienso que quizás no sería mejor para él saberlo. —La mujer seguía arreglando cosas en la cocina, dándole la espalda.

Aurora ladeó la cabeza.

—Siempre es mejor saber la verdad —respondió a las palabras de su tía—. Y él la merece.

Tía Agnes abrió el frigorífico y sacó algo envuelto en papel de horno.

—Tienes aquí carne para el Kyrax. Te prepararé una cesta. —Su tía estaba intentando desviar la conversación.

Pero no iba a dejarla.

—¿Es hijo de Henrik Viken? —Le mataba la curiosidad.

—No. —Casi la oyó dar una carcajada. Su tía giró la cabeza para mirarla—. ¿En serio pensabas…

—No, no —se excusó enseguida. Pero sí, lo pensaba. Era muy novelesco que su tía hubiese tenido algo con el matón chungo del pueblo—. Su padre es Hans.

Entonces no entendía.

—¿Y cómo acaba un hijo de tu matrimonio en brazos de los Viken?

A tía Agnes se le resbaló un cazo que produjo un sonido metálico algo desagradable al chocar contra el suelo. Aurora se apresuró a cogerlo y ponerlo encima de la cocina.

Se encontró con los ojos azul gélido de su tía.

—Cuando Hans murió yo ya estaba embarazada y me ayudaron algunas familias del pueblo —comenzó—. Incluso los Viken.

Acercó el cuerpo al de su tía para no perderse nada de su relato.

—Tom era el mejor amigo de Hans, lo sabes, siempre estuvo conmigo todo el tiempo, una especie de promesa no escrita que mantenían. Pero tuvo que salir en ayuda de otro de sus amigos de un pueblo del valle que había tenido algo con los Ballahios. —La mujer ladeó la cabeza—. Y yo me puse de parto.

La mujer cogió aire por la boca y lo expulsó de golpe.

—Viken y su esposa no tenían hijos a pesar de llevar unos años casados. La señora Viken ni siquiera estaba aquí en el pueblo, llevaba un tiempo fuera, decían algunas lenguas cotillas del pueblo que estaba en la ciudad haciendo tratamientos de fertilidad —añadió.

El agua de otro de los cazos empezó a hervir.

—Y mi parto se adelantó unas tres semanas, no lo esperaba.

Así que estaba en la cabaña del lago —siguió tía Agnes—.

Tuve la suerte de que un herrero del pueblo estaba arreglando las cadenas del antiguo puente y pudo avisar al médico, pero solo llegó el propio Viken con una mujer que decía que ayudaba en los partos y que no había visto en mi vida y otro hombre que no he vuelto a ver por aquí.

Frunció el ceño al oírla. Ni hospital ni centro médico, una cama en una cabaña en medio del bosque.

—Del parto tengo pocos recuerdos, un dolor terrible, una especie de crujido de huesos y…

nada más. Dicen que me desmayé, pero de eso nada, fue algo que me dieron —dijo tía Agnes—.

El niño estaba muerto, o eso decían. Pedí verlo y solo me permitieron ver un rollo de ropa que envolvía algo que no se movía.

Lo que había allí dentro podría ser Bjorn o cualquier alimaña muerta del bosque.

La oyó expulsar aire con fuerza.

—Su nombre iba a ser Hans, por supuesto.

Casi sonrió al oírlo.

—Al tiempo yo decidí marcharme, era joven y estaba asustada y derrumbada, así que lo mejor era vender lo que tenía y salir de este pueblo y de todo lo que me recordase la pesadilla continua de haber perdido a toda mi familia.

Y fue justo entonces cuando Viken regresó con su mujer de la ciudad con un bebé de unos meses. El mío.

—Y… —Era una conversación muy difícil hasta para ella—, ¿cuándo y cómo supiste que era tu hijo?

—Cuando regresé para enseñarle el pueblo a tu tío —dijo—.

Y entonces lo vi. —Se limpió las manos en un paño—.

Henrik lo hizo todo tan bien que nadie podría sospechar una mínima parte, menos aun cuando al poco tiempo de tener a Bjorn su mujer se quedó al fin embarazada de nuevo.

Pero había algo con lo que Viken no contaba, la genética real, la que hace a la persona según los de su misma sangre.

Bjorn es exactamente igual a Hans, en físico y en carácter.

—Mi tío lo sabía.

—Claro que lo sabía y fue al primero que le dije mis sospechas. Entonces Bjorn tenía solo unos nueve o diez años. —Cogió una taza y se la acercó a Aurora—. No hay un Viken con el pelo oscuro —sonrió—. Solo él.

—¿Y qué dijo mi tío?

—Que compraríamos una casa y rondaríamos este lugar hasta comprobar que era él.

Agnes bajó la cabeza.

—No sé bien lo que pasó en ese parto, pero no pude tener más hijos después de él —añadió su tía.

—¿Tom lo sabe?

Agnes asintió con la cabeza.

—Lo que más me duele es que Viken se niegue a reconocer la verdad cuando después de que naciese Hakum nunca trataron igual a Bjorn. Lo he visto todo el tiempo y todo el que vive en este maldito pueblo lo sabe. Me robó a un hijo y a él el afecto de una familia.

Aurora contuvo la respiración de inmediato y tragó saliva. Hasta ella que acababa de llegar lo había observado, por parte de su padre y más aun de su madre, que simplemente lo ignoraba. No podía creer que desde niño le hiciesen lo mismo.

Junto a su tía Agnes y luego junto a su tío Arthur, Bjorn hubiese tenido una familia maravillosa y perfecta. Pero quedó solo en la colina, con la nieve y el hielo, y una familia de miserables que siempre pondrían a Hakum por delante.

—Así que hago lo que puedo —la mujer suspiró.

—Debe saberlo.

—No lo creerá. Viken sabe que es un delito, que podría ir a la cárcel o peor aun, el reproche del pueblo.

—¿Se atreverían?

—Hay líneas que no permiten cruzarse, ni siquiera un Viken.

—¿Antes de Bjorn te llevabas bien con él?

—No, nunca. Quizás teníamos una relación más cordial cuando estaban los Ballahios cerca, por pura supervivencia. Pero nada más.

—Te he visto discutir con Viken, pero ¿y su mujer? ¿Qué dice ella?

—¿Ella? —Tía Agnes rio levemente—. Me evita, le aterroriza que se lo mencione. Y no porque le importe mi hijo, sino por su propia familia. No lo saben.

Aurora frunció el ceño.

—¿Y esa gente que fue con él a la cabaña?

—Son gente de otro pueblo que supongo que les debería un favor grande como para hacer algo así.

—Tampoco los necesitas. Es suficiente una prueba, ¿no?

—Cada vez que Bjorn salva a alguien del bosque es una prueba —dijo tía Agnes abriendo un cajón—. Hoy mismo lo ha sido. —Buscaba algo en su interior—. Pero si lo que quieres es una prueba moderna… —Dejó caer una carpeta sobre la mesa—. Eso es.

Era una carpeta de una clínica de ADN de Milán.

—Viken ni se imagina que las tengo —dijo su tía Agnes—. Pero lo traje de una de mis visitas a tu casa. Es mi hijo.

Vio cómo le brillaban los ojos al decirlo.

—Esos desgraciados me lo robaron, me engañaron y luego me hicieron creer que me ayudaba comprándome a buen precio la cabaña del lago, para que me fuera de aquí y poder traer a su mujer de la ciudad y a su nuevo bebé.

Agnes cogió la carpeta y volvió a guardarla.

—Me lo creí como una imbécil. Estaba tan hundida por la muerte de Hans, que la muerte de mi hijo ya acabó conmigo por completo. No indagué. Solo quería huir de aquí. Me juré no regresar a este pueblo.

La tía Agnes se tomó un instante.

—De todos los sobrinos, tú eras la única que tenía la misma edad que Bjorn, siempre lo tuve presente, hasta antes de saber que él estaba vivo —sonrió—. Tuve predilectos, no lo oculto.

Aurora sonrió levemente.

—¿Bjorn es la razón por la que me invitaste a venir?

Tía Agnes alzó la mirada hacia ella.

—No solo era la edad, algo en ti me hacía pensar que aquí no te iría tan mal —confesó la mujer—. Pero no encontraba la ocasión de traerte.

Aurora dejó caer la cadera en la encimera de la cocina.

—Pues me alegro de haber venido. —Rodeó a su tía para abrazarla.

—Gracias. —Su tía la apretó.

Se apartó del cuerpo de su tía.

—Pero a partir de ahora intenta contarme las cosas y no dejar que meta la pata. —Se cruzó de brazos y miró a su tía con ironía—. Por cierto, fui a la cabaña a buscarte porque vi a Henrik y a otro hombre en el bosque, que iban buscándote. Pensé que te harían algo.

—Henrik está desesperado por asustarme, porque agache la cabeza y lo olvide. Desde que llegué no sabe cómo echarme de aquí —exhaló el aire con fuerza—. Pero ha llegado una fuerza mayor para él, los Ballahios.

—¿Qué nos pueden hacer?

—Las trampas son para mermar los pocos que haya fuertes y con conocimiento del bosque. Luego harán arder almacenes, comercios, matarán las reses… al menos ha sido su forma siempre.

—¿Y la policía? Quiero decir… ¿aquí vivís sin ley?

Tía Agnes contuvo la sonrisa.

—Vivimos tan aislados que a veces se nos olvida que hay mundo más allá de esa nieve. Las tormentas nos lo tapan. Estamos solos.

—No puedo llegar a creérmelo, en el siglo que estamos, imposible.

—Para cuando llegue alguien esto ya habría ardido al completo. Nunca avisamos para estos asuntos. En el invierno solo estamos nosotros mismos.

—Y un oso.

—Y un Kyrax.

Aurora cogió aire despacio. Cada vez le pesaba más la responsabilidad y el miedo atroz de que le saliera mal.

—Tom es el mayor especialista que encontraras de los Kyrax. Conoció al de Hans y ha recopilado todo lo que hay de ellos desde siglos atrás —le dijo Agnes—. Y tienes a Bjorn, que conoce el bosque y cómo funcionan los animales.

Aurora asintió con la cabeza, pero recibió un escalofrío que hizo que tuviese que abrazarse el cuerpo con los brazos.

—Puedes hacerlo —le dijo tía Agnes.

La joven bajó la cabeza.

—Era mejor cuando no sabía lo que era. —La intención de su tía al principio era la correcta—. Dejó de darme miedo en parte… Pero ahora…

—Sigue siendo el mismo animal.

—No a mis ojos.

—Es el animal que te ayudó a salir viva del bosque —replicó su tía.

Pero no era lo mismo. Ahora sabía de dónde venía, lo que significaba.

—Tú puedes.

Aurora se apretó el cuerpo con los brazos. No había sido capaz de conservar el trabajo, no había sido capaz de conservar a su novio. ¿Qué posibilidades tendría con un Kyrax? Ella no era nada extraordinario.

—Nos entiendo por qué yo.

—¿Qué tienes de malo?

—Todo —respondió la joven—. Soy torpe, miedosa…

Tía Agnes negó con la cabeza.

—Nada de eso es malo, ¿qué más?

Aurora encogió los hombros.

Se oyó el sonido de un motor, aun no era la hora, pero el ladrido de los perros confirmaba que era Bjorn.

—Ahí tienes a tu guardabosques —le dijo tía Agnes riendo.

Aurora frunció el ceño, quizás Bjorn solo pasaba de largo, pero no. El motor se detuvo justo en la puerta.

Enseguida se llevó la mano al pelo, la trenza estaba completamente deshecha de dar vueltas en la cama, así que se apresuró a quitar la gomina y soltarla al completo, tía Agnes rompió en carcajadas al verla.

Corrió hacia la puerta, cuando Bjorn llamó ya ella estaba abriendo.

Pero no pudo ni ver al guardabosques. Una masa de pelo y unas patas anchas marrones y crema se echaron sobre ella.

Los ojos bicolor de Blum fueron lo último que pudo ver antes de caer de espaldas al suelo.

Y allí ya solo pudo apreciar mantas de pelo sobre ella y lenguas rasposas en la nariz y la mejilla.

Bjorn se apresuró a ayudarla, la tía Agnes reía aún más fuerte.

—Lo siento —dijo Bjorn apartando a los perros de encima de Aurora.

Si no puedo con estos cinco, menos con un Kyrax.

Suspiró desde el suelo y miró a Bjorn en cuanto su manada se lo permitió.

Y con un guardabosques.

Contuvo la sonrisa. Aquello parecía una locura, pero no le quedaba otro camino que intentarlo.