Mi ángel de la nieve 23
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La alerta de Sila la hizo ponerse en pie y fragmentos de segundo después logró escuchar a los perros que bajaban por el camino. Echó a correr hacia la puerta para abrirla.

—¡Están aquí! —le dijo a Maggie mientras las piernas comenzaban a aflojársele. Temía lo que pudiese encontrar fuera.

Sintió a Maggie levantarse y arrastrar las sillas para poder pasar mientras ella abría la puerta. Sabía que la joven estaría en una tesitura extraña, no tenía el apoyo de su familia y su padre le había retirado la palabra, pero lo quería vivo.

Las motos de nieve llegaban y pudo reconocer los faros dobles de la de Bjorn. Salió sin importarle mucho que volviesen a increparla. Sila echó a correr delante de ella hacia los que llegaban, la gente comenzaba a agolparse.

La luz de la farola no era suficiente, no veía a Bjorn tras su tía, tampoco tras Tom. Su mirada ignoró la moto roja de Vilma y la aparatosa de Henrik Viken para dirigirse hacia el remolque que arrastraba Tom.

El grito de la señora Viken fue tremendo y le heló la sangre. Con la gente no podía ver quién había dentro. Un Viken, estaba segura. Uno de los dos.

Se llevó la mano a la boca, si Bjorn estaba herido no sabía si iba a ser capaz de verlo. El temblor aumentaba de manera considerable hasta el punto de que los nervios y el nuevo ritmo de las pulsaciones la marearan levemente.

Abrió la boca para echar el aire, buscaba a Sila entre los perros y tanta gente.

—¡Sila! —gritó, no sabía bien por qué. Pero si Bjorn estaba mal herido, no quería estar sola.

La perra había regresado con ella, tenía la boca abierta y la lengua a un lado. La agarró del collar para que no volviera a irse y se abrió paso como pudo.

—Todo esto es tu culpa. —Una nueva voz de mujer. Tendría que acostumbrarse a que la increparan.

Y al fin llegó hasta el remolque, apenas en una tercera fila tras vecinos curiosos. Bjorn se incorporaba del remolque, donde seguía alguien tendido.

Y los ojos se le llenaron de inmediato. No era él. Bjorn estaba bien.

Estaba bien. No era él.

Pero quien fuera era alguien cercano, porque el guardabosques tenía el rostro completamente tensado.

Aurora bajó los ojos despacio, con la señora Viken casi encima de quien estuviera tumbado no podía verlo bien, pero la sangre era notable en la pierna.

Hakum.

Lo había maldecido desde que conoció el secreto de Maggie, desde que golpeó a Bjorn, sin embargo no se alegraba de verlo así. Nadie cuerdo lo haría.

—Los Ballahios han colocado trampas por todo el bosque —dijo Tom a la multitud—. Está impenetrable. Nadie debe adentrarse en el bosque hasta que no lo revisemos.

Vio al padre de Maggie bajarse con dificultad de otra de las motos.

Vio a Vilma y a su hermana en las suyas, ellas si parecían estar bien aunque con los rostros cansados.

Y así los fue mirando uno por uno, unos heridos, otros exhaustos, hasta el propio Viken parecía haber regresado con una decena de años de más.

Tenía que reconocer que el valor de aquella gente estaba a un nivel que solo creyó ver en las películas.

Seguía agarrando el collar de Sila, pero ella no hacía ningún intento de alejarse, así que la soltó.

Las palabras de Tom habían alterado a la muchedumbre de manera considerable. Hakum no tenía buen aspecto, toda su ropa de rodilla hacia abajo estaba impregnada de sangre.

—No podemos dejarlos pasar —dijo un hombre y la multitud comenzó a dar voces que se entremezclaban entre sí y apenas se entendían.

—Acabarán con este pueblo, tendremos que marcharnos.

—¿A dónde? No tenemos salida.

—Los enfrentaremos.

—No podemos poner en riesgo a nuestra gente.

—Ni siquiera Henrik puede con ellos. Estamos perdidos.

—Matarán a nuestros jóvenes y querrán casarse con nuestras hijas.

—Entonces tendrán que matarnos también. —Era la voz de Karina, la hermana de Vilma.

Sin ser muy consciente, su pecho se había acelerado hasta el punto de hiperventilar por la boca al escucharlos.

Y no sabía cómo, comenzaba a sentirse parte de la amenaza con un miedo atroz. Y sin saber cómo, sentía todo lo que le estaba ocurriendo a su gente y aquel sentimiento comenzaba a convertirse en furia.

Tía Agnes, Bjorn o el Kyrax, ¿cuál de ellos la metió en un agujero de hielo y nieve para verse envuelta en todo aquello sin remedio, sintiendo como si fuera parte del pueblo?

Seguía hiperventilando. Tía Agnes dijo que ahora ella tenía una responsabilidad, una responsabilidad con unas fauces enormes. Quizás podría serles de ayuda. Al fin y al cabo los Kyrax eran espíritus protectores según aquella gente.

Un animal salvaje, ¿cómo podría ayudarlos? No tenía ni idea.

Bajó los ojos hacia Sila, seguía a su lado aunque no perdiera de vista a Bjorn, esperando la mirada del amo, su reconocimiento. Le acarició la cabeza.

—Muy bien, Sila —le dijo, sabiendo que algo así tendría que conseguir con Nanook.

Porque Nanook podría llevarla a cada trampa del bosque, a cada guarida de los Ballahios, y hasta el oso salvaje. Él seguramente lo sabría todo. No podía hablar, no podía contarle. Pero podía guiarla al igual que lo hizo para salvarla.

Si conseguía que la guiase en una moto de nieve, como hacían los perros de Bjorn, podría recorrer el bosque con seguridad. Bjorn podría ir con ella, incluso Tom y alguien más. Solo tenía que evitar que él fuese un peligro para ellos, un peligro para nadie.

No tenía ni idea de cómo iba a conseguirlo. Tampoco era que tuviese mucho tiempo.

Quizás solo tendría que pasar tiempo con Nanook, acercarse una vez y otra hasta que el animal comenzase a hacerse a ella.

Alzó la mirada hacia Bjorn, ya se habían llevado a Hakum camino del centro médico y al fin había podido reparar en Sila. Contuvo la sonrisa al ver cómo la perra inclinaba sus orejas hacia atrás y cambiaba la expresión a una que reclamaba caricias sobremanera.

Y no las de ella, precisamente.

Bjorn se inclinó y la llamó, y Sila corrió hacia él a grandes zancadas.

Eso es.

Eso era lo que tenía que conseguir con el Kyrax. No sabía silbar, pero había visto que Tom llamaba a sus perros con una especie de silbato alargado que emitía un silbido uniforme y agudo, casi musical. Podría servirle a ella.

Bjorn siguió con la mirada el camino que había hecho Sila para volver a mirarla a ella y Aurora tuvo que tensar la lengua para contrarrestar el remolino de sentimientos que le sobrevivieron.

Vergüenza principalmente, por haberse quedado en casa, como una forastera más, cobarde, curiosa y entrometida. No había hecho nada por ellos.

Y no le gustaba la sensación de ser una inútil para todo lo que no fuera meter la pata y poner al resto en peligro.

—Como todos los forasteros, traen problemas y desgracias. —Oyó la voz de Vilma, la miró, la chica sonreía con una ironía chulesca.

El bochorno y la culpabilidad de no haber movido un dedo se tornó en fuego de inmediato y apretó los puños, no se había olvidado de la moto, del frío, del miedo y de todo lo que vino después, incluyendo a Bjorn y hasta el estado de Hakum.

Se giró para ponerse de cara a Vilma.

—No vuelvas a tocar mi moto —le soltó y Vilma alzó las cejas sin sentirse amenazada en absoluto.

—No vuelvas a tocar nuestro valle.

Aurora respiró hondo y contuvo el aire. No quería seguir soltando el fuego que se seguía acumulando en su pecho. Así que dio un paso adelante para pasar de largo.

—Ni a nuestro guardabosques —añadió Vilma.

Pero el fuego pudo más que su autocontrol.

Así que se giró hacia Vilma y sus amigas.

—El valle, el lago, las montañas y el que las guarda están en este pueblo —le dijo sabiendo que con «quien los guarda» no solo se refería a Bjorn—. Pero no os pertenecen.

A tomar por culo.

No esperó a que le respondiera, se giró de nuevo y siguió adelante.

—Ojalá la próxima vez no salgas de ahí. —La oyó decir.

—Ojalá la próxima vez estés en primera fila para verlo —le respondió girando solo la cara.

Y se chocó contra algo alto y duro. Era el pecho de Bjorn, que enseguida la sujetó de ambos brazos.

—Ya —le dijo.

¿Le estaba regañando a ella? ¿Solo a ella?

Y la otra, qué.

—Pues dile que se calle —se apresuró a contestar.

Me tiene hasta el mismísimo coño.

Bjorn bajó la mirada hacia ella, con una expresión de intentar por todos los medios echarle una paciencia que hizo que volviese a sentir el bochorno de sus torpezas y meteduras de pata.

—¿Puedes no entrar en eso?

—No puedo no entrar en eso. —Miró de reojo a Vilma, Karina tiraba de ella alejándola de allí.

—Creo que tienes cosas más importantes en las que pensar ahora —le dijo él.

—¿Como qué?

El Kyrax, supuso.

—Como ayudarme con un oso y con unos indeseables.

¿Bjorn pidiéndole ayuda a ella? Acababa de ver a Vilma y al resto de chicas regresar de un rescate y le estaba pidiendo ayuda a ella.

El comodín del Kyrax, supongo.

Moto de nieve, conocimiento y ganas tenían muchos, Kyrax solo había uno y lo tenía ella.

Se irguió y alzo la mirada hacia Bjorn. Tenía que reconocer que tener un Kyrax, bicho del que no sabía ni de su existencia el día anterior, era una buena vacilada ante el guapo del pueblo.

Y estoy a punto de empezar a venirme arriba.

Contuvo la sonrisa.

—Te ayudo si tú me ayudas a mí —le dijo ella.

—Contaba con ello. —Ver que a Bjorn no le suponía un suplicio, sino todo lo contrario, hizo que aquella sensación de orgullo aumentase. La sonrisa de Bjorn hizo que ella sonriese también—. No pensaba dejarte sola con uno de esos.

—Voy a necesitar más de esas cortezas mágicas. —Provocar la leve risa del guardabosques, en medio de aquel caos, hizo que su cuerpo comenzase a aislar el miedo y a notar cierta sensación de seguridad.

—Las que necesites. —Bjorn se alejó de ella.

Era extraño mirarlo ahora que sabía que no era realmente un Viken, a no ser que la guerra de su tía con Henrik fuese más allá de la propia diferencia de caracteres.

No lo creía, Bjorn no tenía nada que le recordase a Henrik ni a ningún otro Viken del pueblo.

Pero tenía exactamente la misma piel que la tía Agnes, teniendo en cuenta que la de Bjorn era más joven, y quizás un color similar de ojos.

Pero su pelo era oscuro.

Quizás el pelo de Hans no era muy diferente al de Tom.

—Descansa unas horas y hablamos —le dijo a media distancia.

Ella alzó la mano para decirle adiós.

Madre del amor hermoso, bendito Kyrax. De esos no hay en Milán.

Se giró hacia la casa de tía Agnes sin dejar de mirar cómo Bjorn se marchaba.

Ni de estos tampoco.

Descansar unas horas, no sabía si sería capaz.

Buffff.

Había ido a recuperarse, o eso solía decir.

Buffff.

Vio a tía Agnes acercarse a ella para encaminarse a su lado hacia la puerta de la casa. Parecía satisfecha con lo que fuese que había pasado en el bosque y lo que vio al regresar.

No sabía cómo el pueblo iba a salir de aquella. Pero pondría de su parte.

El invierno era largo y ya no quería que acabase.